lunes, 27 de febrero de 2017

Introducción a "Problemas actuales de Derecho Penal. Dogmática penal y perspectiva político-criminal" de Luis Alberto Pacheco Mandujano







Un singular fenómeno en el ámbito de los credos religiosos de masas acontece en el Perú de los últimos veinticinco años, poco más o menos: las confesiones cristianas no católicas, histórica, tradicional y precisamente llamadas evangélicas o protestantes, usan los términos cristiano y cristianismo de manera tal que, arramblándolos de modo forzadamente excluyente, casi los han convertido en patrimonio conformante de sus bienes inmateriales. Merced a ello, los feligreses de tales comunidades se identifican a sí mismos diciendo “soy cristiano” cuando desean marcar la diferencia entre lo que ellos asumen lo que es ser cristiano –corro que estaría conformado, según propio parecer, por supuesto, exclusivamente por ellos– y lo que es ser católico, creyente al que conciben –y con lo que propalan esta idea– como un seguidor de una confesión no cristiana, militante de credo ajeno a la cristiandad, semejante, más bien, a alguna secta mefistofélica.[1]

Esta arrogante forma de usurpar los conceptos y apropiarse de ellos, con lo que se olvida[2] que la legendaria evolución del cristianismo de línea recta está íntimamente aparejada con el catolicismo[3] que no es sino, por antonomasia, el cristianismo por excelencia, además de generar la natural distorsión conceptual de las tales nociones –cristianismo y cristiandad–, ha terminado produciendo entre los miembros de la grey protestante, cualquiera fuere su matiz y forma comunitaria adoptada, la falaz idea según la cual no hay en el mundo más cristianos que ellos y solamente ellos, y que todas las demás personas –católicos sobre todo– no son sino hermanos equivocados, en el mejor de los casos, o hermanos perdidos, en el peor de ellos. Qué mala manera de proceder.

Pero a cuento de qué viene este asunto en un libro que trata cuestiones de Derecho penal, se preguntará el lector. Pues bien, la presencia de este comentario inicial en este lugar es más bien sencilla: en paragón con este hecho, dado que el Derecho y la política son los excelsos herederos y sucesores de la religión y de la teología,[4] no resulta difícil verificar que aún en nuestros días las viejas prácticas y usanzas de éstas trascienden actuantes y supérstites, aunque aggiornadas, eso sí, en aquellos fenómenos sociales, esto es, en el Derecho y la política. De ahí que la antes reseñada jactancia, presente en el uso de las definiciones, no resulte práctica exclusiva del mundo de la religión, o al menos de cierto sector dogmático religioso. En realidad, sucede también en el campo de la teoría del Derecho donde, al menos en Perú y a lo largo de las últimas poco más o menos tres décadas, se viene usando un concepto central de definición del Derecho en un convenientemente errado sentido y sin la menor precisión epistemológica que el caso requiere. El yerro en el uso de ese concepto compromete gravemente, tanto en su contenido como en su forma, el significado real del término “positivismo”.

En efecto, si el día de hoy un informado catedrático desease examinar a un estudiante promedio de alguna Facultad de Derecho en cualquier universidad peruana –con seguridad, con las excepciones propias del caso–, deseoso de sondear el grado y nivel de sus conocimientos generales en materia jurídica, inquiriéndole qué es el positivismo, como casi todos sus compañeros respondería –en el caso que pudiese hacerlo y no se quedase mudo en el intento– diciendo más o menos así: “el positivismo es la ley escrita”. Esa sería su respuesta, “el positivismo es la ley escrita”. Dos mil años de evolución del pensamiento filosófico en línea positivista y esta es la conclusión de la casi totalidad de nuestros sesudos estudiantes de Derecho: “el positivismo es la ley escrita”.

Esta es la contestación que se ofrece, y cada vez en mayor número, desde hace al menos tres décadas, ya lo dije, tiempo durante el cual los estudiantes de ayer se han ido convirtiendo en los profesionales de hoy. Por lo mismo, he ahí la respuesta que, muy probablemente, recibiríamos también de parte de cualquier profesional del Derecho de nuestros tiempos que, evaluado de la misma forma que nuestro hipotético estudiante, sin ningún problema de consciencia académica expondría con total y absoluto desenfado: “el positivismo es la ley escrita”.

Salvo las honrosas pocas excepciones propias del caso, ya lo dije, cualquier abogado de proporcional antigüedad en el medio y ya en ejercicio de la profesión, ora en la actividad independiente, ora en desempeño de funciones públicas como magistrado judicial o funcionario de Estado, ¡e incluso como profesor universitario que, a su turno, enseña lo que aprendió sobre este particular!, ofrecería, sin temor ni lugar a duda alguna, el mismo precepto: “el positivismo es la ley escrita”.

¡Una auténtica tragedia! No hay nada que hacer, el hecho de ser abogado no implica necesariamente ser jurista al mismo tiempo.

Es más, con tan patética circunstancia,[5] que va de la mano de la desgraciada situación que atraviesa el Perú[6] en materia educativa, los conceptos “positivimo” y “Derecho positivo” se vienen usando, pues, de manera tal que, en el mundo del foro al que pertenecemos, se ha llegado a considerar, ya casi de manera exclusiva y excluyente, que ambos términos designan el mismo asunto y, peor aún, que están circunscritos de manera estricta, única y patente al ámbito de lo jurídico, ni más ni menos. Así como se lee.

Es esta la consideración que se tiene al respecto –así como sucede con los conceptos de cristiano y cristianismo, deformados ambos por el protestantismo nacional e internacional– aun a pesar de que ella no sea cierta ni válida, aunque resulte imposible negar que, en sí misma, refleje la lamentable realidad de lo que en este tópico acontece.

Mas quienes así proceden también olvidan[7] y, peor aún, ignoran, en primer término, que el positivismo no es una concepción que provenga del mundo del Derecho. Muy por el contrario, como debiera ser sabido por todos –cosa que, desgraciadamente, no sucede–, con este nombre, positivismo, se llama a una escuela filosófica de antigua data que, propulsada por el francés A. Comte hacia 1830,[8] y continuada por el Wiener Kreis de M. Schlick, R. Carnap, H. Hahn y O. Neurath a partir de 1929,[9] se constituyó como la corriente filosófica que se empeñó en conocer de manera real, objetiva y racional, es decir, de manera científica, la naturaleza, la sociedad y al propio hombre,[10] premunida del uso de métodos y criterios epistemológicos, en claro, necesario y justo desprecio por la sordidez y el oscurantismo que históricamente ofrecía la metafísica evolucionada de fines del siglo XIX que, habiendo sido ya antes herida de muerte con el pensamiento kantiano,[11] llegó redivivo hasta inicios del siglo XX para procurar seguir teniendo cierta presencia en el medio filosófico, como si se tratase de un importante y valeroso sobreviviente de guerra posado de pie en los campos europeos de batalla de hace poco más o menos un siglo atrás.

Pero en puridad, qué es el positivismo y para qué ha servido o sirve aún en los ámbitos de la ciencia y de la filosofía. La respuesta nos la ofrece uno de los más destacados positivistas del siglo XX, K. R. Popper, quien ha explicado muy bien el asunto diciendo así:

“… El interés científico por las cuestiones sociales y políticas no es menos antiguo que el interés científico por la cosmología y la física; y hubo períodos en la Antigüedad (estoy pensando en la teoría política de Platón y en la colección de constituciones de Aristóteles) en los que podía parecer que la ciencia de la sociedad iba a avanzar más que la ciencia de la naturaleza. Pero con Galileo y Newton la física hizo avances inesperados, sobrepasando de lejos a todas las otras ciencias; y desde el tiempo de Pasteur, el Galileo de la biología, las ciencias biológicas han avanzado casi tanto. Pero las ciencias sociales no parecen haber encontrado aún su Galileo.
Dadas estas circunstancias, los estudiosos que trabajan en una u otra de las ciencias sociales se preocupan grandemente por problemas de método; y gran parte de su discusión es llevada adelante con la mirada puesta en los métodos de las ciencias más florecientes, especialmente la física. Un intento consciente de copiar el método experimental de la física fue, por ejemplo, el que llevó, en la generación de Wundt, a una reforma de la psicología; de la misma forma que, desde Stuart Mill, ha habido repetidos intentos de reformar a lo largo de líneas parecidas el método de las ciencias sociales. En el campo de la psicología puede que estas reformas hayan tenido algún éxito, a pesar de muchas desilusiones. Pero en las ciencias sociales teóricas, fuera de la economía, poca cosa, excepto desilusiones, ha nacido de estos intentos. Cuando se discutieron estos fracasos, pronto fue planteada la cuestión de si los métodos de la física eran en realidad aplicables a las ciencias sociales. ¿No era quizá la creencia obstinada en su aplicabilidad la responsable de la muy deplorada situación de estos estudios?
La pregunta sugiere una sencilla forma de clasificar las escuelas que se interesan por los métodos de las ciencias menos afortunadas. Según su opinión sobre la aplicabilidad de los métodos de la física, podemos clasificar a estas escuelas en pronaturalistas o antinaturalistas; rotulándolas de «pronaturalistas» o «positivistas» si están a favor de la aplicación de los métodos de la física a las ciencias sociales, y de «antinaturalistas» o «negativistas» si se oponen al uso de estos métodos.
El que un estudioso del método sostenga doctrinas antinaturalistas o pronaturalistas, o el que adopte una teoría que combine ambas clases de doctrinas, dependerá, sobre todo, de sus opiniones sobre el carácter de la ciencia en cuestión y sobre el carácter del objeto de ésta…”[12]


Se comprueba, pues, de puño y letra de un positivista más que autorizado, en principio, que el positivismo no es “la ley escrita” porque el positivismo no es escuela ni instrumento que se haya originado en los ámbitos de dominio del Derecho o que pertenezca al foro de manera exclusiva; y, en segundo término –y esto es lo más significativo del asunto–, el positivismo es la escuela en la que la filosofía se superó a sí misma, elevándose a la categoría de pensamiento epistemológico,[13] esto es, llegó a engendrarse una filosofía de la ciencia inclinada a considerar, en ciertos casos, que la aplicación de algunos de los métodos de investigación y de conocimiento propios de la ciencia física podrían también ser aplicados, con matices propios de cada caso, a la investigación y al conocimiento de los objetos de las ciencias sociales, con lo que se obtendría –según los seguidores de esta doctrina– una concepción científica del mundo.[14] Eso es el positivismo en realidad, no otra cosa ni mucho menos.

Ahora bien, que en esta parcela del conocimiento filosófico se haya desarrollado una corriente de entendimiento que, influenciada por el pensamiento positivista,[15] se propusiera aplicar los criterios de análisis e investigación propios de dicha escuela al campo del Derecho, generando un positivismo jurídico,[16] esa es otra cosa. Pero aun así, por razones de orden general, no podría considerarse que tal derivación especial de positivismo debiera ser definida como sinónimo de “ley escrita” porque, como lo proclamara el mismo Kelsen en su teoría pura del Derecho, el positivismo jurídico por él fundado “trata solamente de facilitar un poco el desenvolvimiento de la ciencia jurídica a la luz de los resultados obtenidos por la filosofía de las ciencias, de tal modo que el Derecho deje de ser un pariente pobre de las otras disciplinas científicas y no siga el progreso del pensamiento con paso lento y claudicante”.[17]

Es sobre tal sólida base lógico-gnoseológica que el positivismo jurídico se desarrolló potente y vigoroso hasta casi un siglo después, demostrando considerables avances epistemológicos en pos de alcanzar y consolidar para el Derecho el tan anhelado grado de ciencia. Y fue en esta línea de acción que el juspositivismo encontró en el decurso de los años posteriores a mediados del siglo pasado al más destacado representante contemporáneo de esta corriente del pensamiento jusfilosófico,[18] el inglés H. L. A. Hart, cuyo pensamiento floreció y se arraigó entre muchos juristas hasta hoy.

Pero tras esas largas décadas que, después de Kelsen, siguieron para llegar hasta Hart, el pensamiento juspositivista en particular –no necesariamente el positivista que, por el contrario, parece seguir avanzando firme y galopante[19]– entró en una profunda crisis operada, fundamentalmente, en razón de su propia incapacidad para comprender el Derecho como el resultado del complejo movimiento dialéctico de la sociedad y el conjunto de sus variopintos elementos constituyentes en la historia, incapacidad derivada de lo que constituyó una extraña paradoja nacida en el seno mismo de la teoría del Derecho positivo: su afán de construir un instrumento bien dotado de artículos y herramientas epistemológicas para conocer y regular la conducta de los hombres generó un producto que se anquilosó en estructuras puramente lógico-formales sumamente insuficientes para entender al hombre en un contexto de base fáctico-social tridimensional, históricamente determinado, creador del Derecho, contexto que se licúa en caminos muchas veces sinuosos y que parecen ser inescrutables e incluso hasta ininteligibles;[20] un producto desnudo de contenido ético, de política y de historia, elementos insoslayablemente concomitantes al Derecho; es decir, se creó una teoría que por ser verdaderamente pura, no ha tenido la capacidad de aprehender el χάος del mundo social. Y es que una cosa es contemplar y otra contemplar para actuar y transformar.[21]

Un ejemplo de esta anotada incapacidad comprensiva de la compleja realidad social que se convierte en objeto de estudio y atención del Derecho se encuentra, por ejemplo, en uno de los más notables juspositivistas de inicios del siglo pasado, G. Radbruch, quien, como lo reseñaba atinadamente H. Welzel en su célebre Derecho Natural y Positivismo Jurídico, “consagró ética y filosóficamente en su conocida Filosofía del Derecho (cuya tercera edición apareció en 1932), el positivismo jurídico de ese momento: la justicia, escribía, es sólo la misión secundaria del Derecho, la seguridad jurídica es la primaria. ‘Quien puede imponer el Derecho demuestra de esta manera que es quien está llamado a dictar el Derecho’. ‘El juez tiene la obligación profesional de hacer valer la voluntad de la validez de la ley, sacrificar el propio sentimiento jurídico ante la orden autoritaria del Derecho, preguntar únicamente qué es lo que es Derecho y nunca si también es justo’. ‘Despreciamos al párroco que predica en contra de sus convicciones, pero honramos al juez que no se deja engañar en su fidelidad a la ley por una sensibilidad jurídica contraria a aquella’ (Philosophie des Rechts, ps. 83 y ss.)”.[22]

Esta forma de concebir el Derecho sería adoptada casi de inmediato, como era obvio suponer, por los círculos académico-jurídicos en la Alemania de Hitler.[23] Con suma precisión histórica, nuevamente Welzel recuerda al respecto que “El Tercer Reich tomó el positivismo jurídico al pie de la letra. Llevó hasta sus últimas consecuencias la teoría positivista de que el Estado –tal como escribía en 1917 el teórico húngaro del Derecho Somló–, ‘puede ordenar cualquier contenido jurídico, aún aquel que carezca absolutamente de ética’… una orden de matar a todos los niños de ojos azules podía ser válida siempre y cuando emanara de quien detentase el poder supremo del Estado…”[24]

Y aunque después de 1945, tras el fin de la guerra, Radbruch se desdijera de sus afirmaciones de 1932, diciendo que “La ciencia del Derecho debe reflexionar nuevamente sobre la milenaria sabiduría que afirma que existe un Derecho divino, un Derecho nacional, según el cual la injusticia es siempre injusticia aun cuando se la vacíe en las formas de una ley; un Derecho ante el cual el fallo pronunciado de acuerdo con una ley injusta, no es justo sino injusto”,[25] quedaba claro que el positivismo jurídico se había mostrado como un tótem teórico incapaz de aprehender y conocer la realidad social, a la cual, por el contrario, tergiversaba y deformaba clamorosamente.

Por eso es que R. Hernández Arteaga, profesora de la Universidad de La Habana, jurista cubana de notables reflexiones, cavila al respecto y dice con precisión que el principal problema de la teoría juspositivista estriba en “la ineficacia de su método para explorar las nuevas situaciones de la vida en sociedad; la imposibilidad de sus fines e insuficiencia para mantenerse vigente y efectivo en el decursar de la historia y el desarrollo de la humanidad. Esto conlleva a la revisión de sus orígenes y postulados, lo que sirve de simiente a los detractores, modificadores o perfeccionistas de sus contenidos para negar la suficiencia de esta forma de concebir al Derecho, la cual entra en conflicto con las nuevas metas e intenciones del hombre, siendo así su obstáculo e impedimento”.[26]

A pesar de todo lo anterior, el positivismo jurídico ha seguido evolucionando y hoy, a pesar de la seria crisis que lo afectó severamente, goza aún de mucho prestigio por sus notables avances en el campo de la epistemología aplicada al Derecho, aunque sus detractores, marcadamente los jusnaturalistas que ahora se disfrazan con nuevos ropajes y han adoptado la denominación de “neoconstitucionalistas” para engañar con galimatías viejas que presentan con lenguajes novedosos, se empeñen en negarlo.

Empero, independientemente de esta particularidad propia del debate teórico, quede claro que el positivismo jurídico no es “la ley escrita”. Y también apréciese que a pesar de sus fracasos de fondo, esto no nos puede inclinar a asumir posturas del Derecho Natural, teoría rebalsada de metafísicas provectas que, lejos de permitir el avance de la ciencia del Derecho, la retrasa y estanca. Por eso, mi apuesta es por la aplicación del análisis dialéctico en este apartado del conocimiento humano: el Derecho.[27]

La presente publicación, que no constituye una obra concebida en función de una estructura orgánica que implique suponerla en el sentido ordinario que presenta un libro para ser leído, necesariamente, de principio a fin, en realidad viene a ser una miscelánea de diversos artículos[28] independientes entre ellos, cuyos únicos rasgos comunes y distintivos son, por un lado, el abordaje profundo de problemas de preocupación para la dogmática penal contemporánea y, por otro, el uso de la metodología aplicada, de cabo a rabo, a los objetos que han sido estudiados en tales ensayos. Y es particularmente este segundo aspecto de semejanza el que habrá de demostrar ante el justo tribunal de la razón del lector, en significativo grado, la formidable utilidad del método dialéctico para el análisis y comprensión de cuestiones propias del Derecho penal,[29] a la vez que repondrá en valor y vigencia la aplicación de la más elevada concepción metodológica que posee hasta hoy la ciencia, en su afán de procurar un mejor entendimiento de los fenómenos propios de la naturaleza, la sociedad y del pensamiento.

Después de la publicación de cientos de trabajos especializados en la metodología dialéctica, podría parecer redundante repetir aquí qué es y en qué consiste dicho método. No obstante, como bien señalara A. Gide, aun cuando “todo está ya dicho, pero como nadie atiende, es preciso repetir todo cada mañana”.[30]

Por eso, me parece necesario recordar aquí que la dialéctica es, como se sabe, la ciencia que estudia las leyes más generales de la transformación del ser y del pensamiento y, como tal, se caracteriza por abordar sus objetos de estudio de manera integral, totalizante, holística. De ahí la potencia del método dialéctico, su valor y validez como instrumento de investigación para la obtención de un conocimiento científico, también, en esta parcela del mundo jurídico.

Esto último es importante resaltar en esta parte: que el abordaje clásico que de los problemas del Derecho penal se ha venido dando a lo largo de los últimos 150 años implica asumir el proceso y contenido del Derecho penal a partir de concepciones jusnaturalistas que centran su atención en el epicentro mismo del racionalismo filosófico kantiano, por un lado, y del positivismo de Comte y, sobre todo, del derivado correspondiente al Wiener Kreis después. Pero el grave problema de las bases filosóficas de tales definiciones teóricas consiste en lo ya indicado brevemente líneas arriba: mientras por un lado el Derecho Natural propone una concepción metafísica y, por tanto, infértil y anticientífica del Derecho, el juspositivismo, por el otro, se anquilosa en su desarrollo conforme lo detallé líneas antes.

Mientras tanto, la dialéctica, como método de análisis y síntesis científico, exhibe la bondadosa ventaja de comprender integral, totalizante y dialécticamente el Derecho en general y el Derecho penal en particular, lo que coloca a esta metodología muy por encima de las anteriores que tienen visiones parciales, estáticas, solipsistas y metafísicas de la realidad de la que se nutre el estudio del fenómeno jurídico, del fenómeno criminal y de la legislación que lo combate, objetos de estudio estos dos últimos del Derecho penal.

No voy a dedicar mi atención en este lugar para ofrecer una explicación detallada de cómo es posible aplicar la metodología dialéctica científica al Derecho y al Derecho penal. Para ello, permítaseme remitirme in toto a mi “Teoría dialéctica del Derecho”,[31] con la que he explicado con detenimiento y rigurosidad epistemológica la valía de la dialéctica en estos campos del conocimiento humano. Así, si también se me permite hacerlo, recomiendo, para quienes tengan interés en conocer esta teoría y descubrir en ella su fuerza y precisión teórica para la comprensión del fenómeno social al que llamamos “Derecho” y la ciencia que aborda su estudio, la lectura de ese libro que publiqué en Lima en 2013 y que tiene sus orígenes en “La dialéctica del hecho social, valor y norma como definición ontológica del Derecho. Crítica marxista de la ‘Teoría tridimensional del Derecho’ del señor M. Reale”, publicada en la ciudad de Huancayo, Perú, en 2008.[32]

Con todo, sólo quiero recordar con gratitud académica y científica, ya para terminar esta breve Introducción, que es al profesor Jakobs a quien debe el Derecho penal la reintroducción del pensamiento dialéctico en el seno de su ámbito, aunque tal reintroducción haya implicado un retorno a la dialéctica hegeliana, matizada con elementos propios del funcionalismo luhmanniano. Pero ello no obsta, sino por el contrario, atiza el camino para avanzar, desde el portento de aquel gran legado del pensamiento alemán –la dialéctica del maestro Hegel–, hasta la dialéctica científica que es la que he aplicado en mis trabajos y reflexiones jurídicas y filosóficas desde hace más de dos décadas y con la cual he logrado obtener, al decir de los especialistas y conocedores que han lecturado mis textos, significativos resultados que pueden contribuir –y ese es mi afán último en mi trabajo como jurista– con el desarrollo serio y auténticamente científico del Derecho y su estudio en general, y del Derecho penal en particular.

Inicié la redacción de esta Introducción en marzo de 2015 y circunstancias de trabajo y particulares momentos de mi vida personal reciente demoraron su culminación. Pero llegado ya a este punto, cuando termino de escribir este breve introito, mantengo aún la fe y la esperanza de que las siguientes generaciones de abogados que habrán de convertirse en juristas serios y verdaderos tenga muy en cuenta la necesidad de depositar especial atención y énfasis en el método científico a la hora de elaborar las estructuras teóricas de nuestra ciencia del Derecho penal. De lo contrario, como solía decir Kant al referirse al ejercicio mundano del Derecho, seguirá sucediendo que “la práctica del Derecho puede ser bella como las cabezas de la fábula de Fedro, pero adolecen de un defecto y es que carece de sesos”.

Veritas facta est.

Prof. Dr. H. C. y Master D. C. Luis Alberto Pacheco Mandujano

          Lima, otoño de 2015 – verano de 2017






[1] Vid., v. gr., entre cientos de ejemplos de este tipo de mendacidades: www.youtube.com/watch?v=dcpVrtv2t-M, consultada el 8 de febrero de 2016.

[2] Olvido doloso que sombrilla intereses de una bien montada política social de ropaje religioso que consiste, básicamente, en operar un franco despliegue propagandístico e ideológico desarrollado por ciertas cofradías protestantes para lograr una mayor expansión de influencia espiritual y de sus doctrinas en las consciencias de los hombres, a costa del empañamiento y la vapulación del catolicismo. El fin último de este objetivo no dista, evidentemente, de preclaros objetivos de control político, social y económico de los hombres.

[3] Cfr. Ray, S., “Upon this Rock”, San Francisco, California, Ignatius Press, 1999, pág. 119.

[4] Cfr. Marx, C., “Crítica de la Filosofía del Derecho”, título del original en alemán: “Zur Kritik der Hegelschen Rechtsphilosophie”, traducción directa de A. R. y M. H. A. Notas aclaratorias de R. Mondolfo. Ediciones Nuevas. Segunda edición. Buenos Aires, 1968, págs. 3 y 5.

[5] En el sentido de la tercera acepción que el DRAE, en su 23.ª edición [2014], otorga al artículo “circunstancia”.

[6] Y por lo que he podido saber y verificar en mi propia experiencia a mi paso por diversos países de nuestro sub-continente, la cosa se expande vigorosa por todas las latitudes de América Latina.

[7] Olvido resultante, unas veces, de intereses muy similares a los precisados en la tercera nota de pie, sólo que, en este caso en concreto, desde el ámbito de la influencia jusfilosófica, canal a través del cual buscó imponerse este error desde mediados del siglo pasado sobre los hombres del foro; y otras tantas, proveniente de la ignorancia que deviene consecuencia de lo anterior, evidente por desgracia en la mayoría de los miembros de esa grey que terminó por no saber separar el trigo de la paja en este y en otros campos del conocimiento.

[8] A. Comte comenzó a escribir su famoso “Curso de filosofía positiva” en 1830, obra en la que, publicada en seis gruesos tomos, potenció el desarrollo del pensamiento científico [tratando de responder a los avances de la ciencia de su tiempo con la intención de que ésta contribuyese a mejorar la suma del conocimiento humano y la sociedad en su conjunto] e introdujo el método de observación, buscando siempre la objetividad total. El Curso terminó de publicarse en 1842.

[9] La partida de nacimiento del Wiener Kreis se encuentra en el célebre manifiesto titulado “La concepción científica del mundo – El Círculo de Viena”, publicado en la capital austriaca en agosto de 1929. A la corriente filosófica continuada por el Wiener Kreis, cuya influencia se extendió hasta Inglaterra [donde brillaron con luz propia B. Russell y G. E. Moore], se le ha conocido indistintamente con los nombres de positivismo lógico, neopositivismo, empirismo lógico y filosofía analítica.

[10] Respecto de este tema, cfr. Pacheco Mandujano, L. A., “¿Cómo debe entenderse el positivismo jurídico en la práctica judicial?”, discurso de bienvenida a los nuevos fiscales nombrados por el Consejo Nacional de la Magistratura en 2012, asistentes para realizar una estancia de prácticas en los Despachos Fiscales del Distrito Judicial de Lima, el 05 de diciembre de 2012; en: http://www.luispachecomandujano.blogspot.pe/2014/08/como-debe-entenderse-el-positivismo.html

[11] Cfr. Mantilla Pineda, B., “Filosofía del Derecho”, Editorial Temis S. A., Santa Fe de Bogotá, Colombia, 1996, págs. 54-55. Asimismo, Cfr. Pacheco Mandujano, L. A., “Teoría dialéctica del Derecho”, Ideas Solución Editorial, Lima, 2013, págs. 33 y ss.

[12] Sic. Popper, K. R., “La miseria del historicismo”, título original “The poverty of historicism”, traducción de P. Schwartz, segunda reimpresión de la Primera Edición en «Área de conocimiento: Humanidades» [2002], Alianza Editorial, S. A., Madrid, 2008, págs. 15-16.

[13] Magistralmente desarrollado y representado en el siglo XX por el Wiener Kreis de M. Schlick, R. Carnap, H. Hahn y O. Neurath, e influenciado significativamente por los trabajos de Wittgenstein y Popper, sobre todo.

[14] Cfr. “Wissenschaftliche Weltauffassung – der Wiener Kreis”; en: O. Neurath, “Wissenschaftliche Weltauffassung Sozialismus und Logischer Empirismus”, editado por R. Hegselmann, Francfort del Meno, Suhrkamp, 1995, págs. 81-101.

[15] Si se considera que Kelsen vivió y estudió en Viena durante el primer tercio del siglo XX, “no sería, después de todo, tan extraño –intuye Cofré– que Kelsen fuese influido, si no directamente, al menos indirectamente por el ambiente intelectual de la Viena de su época y que esa influencia se reflejase en su concepción –nunca abandonada– de una teoría pura (formal) del Derecho. Y si bien es cierto que Kelsen en su obra no da señas de haberse interesado por los debates del ‘Círculo’ y claramente no demostró conocimiento de la lógica matemática, se sabe que no fue ajeno a las discusiones organizadas por los filósofos del ‘Círculo’. Según noticias del bien informado Diccionario de Filosofía de J. Ferrater Mora, estos pensadores alteraron con economistas como J. Schumpeter y juristas como Hans Kelsen… Desde esta perspectiva quizá se pueda sugerir que la teoría kelseniana está inspirada en las investigaciones lógicas, epistemológicas y semánticas de principios de siglo originadas en la Escuela de Viena” [sic. Cofré, J. O., “Kelsen, el formalismo y el ‘Círculo de Viena’”, en: http://mingaonline.uach.cl/scielo.php?pid=S0718-09501995000100002&script=sci_arttext, link consultado el 8 de febrero de 2016, págs. 3, 4 y 7]. Por otro lado, no está demás relevar comparativamente la presencia de una gran similitud operante en el espíritu de comprensión de sus respectivos objetos de estudio que, actuante desde la formación de las respectivas escuelas, expusieron el Círculo de Viena y el positivismo jurídico kelseniano. En efecto, mientras Hahn, Neurath y Carnap, representantes ilustres del Wiener Kreis, señalaban formalmente en el prólogo de su celebérrimo manifiesto denominado “La concepción científica del mundo – El Círculo de Viena” que “este círculo no tiene junta directiva, sino que la conforman hombres con la misma actitud científica básica. Cada miembro trata de obtener la integración, cada uno trata de llevar la unión al primer plano, ninguno quiere perturbar la cohesión a través del individualismo. En muchos aspectos uno puede representar a otro, el trabajo de uno puede ser continuado por otro”; Kelsen precisaba en el prefacio de la edición en alemán de 1934 de su “Teoría pura del Derecho” que “un grupo de juristas preocupados por los mismos problemas ha constituido lo que se denomina ‘mi escuela’, que solamente lo es en el sentido de que cada uno de sus miembros trata de aprender de los otros sin renunciar a su individualidad propia” [sic. Kelsen, H., “Teoría Pura del Derecho. Introducción a la ciencia del Derecho”, traducido por Moisés Nilve, 18ava. edición de la edición en francés de 1953, Buenos Aires, EUDEBA 1982, págs. 9 y 10]. La coincidencia de perspectivas anunciadas para el trabajo futuro de ambas escuelas, en este punto de inicio de labores, es más que reveladora.

[16] Básicamente gracias a las soluciones epistemológicas introducidas por H. Kelsen –llamado por muchos, y con justicia, “Maestro vienés”– en la teoría del Derecho, sobre todo, a través de su celebérrima “Teoría pura del Derecho”.

[17]  Sic. Kelsen, H., opus cit., pág. 11.

[18] En Inglaterra, el positivismo jurídico es conocido con el nombre de “jurisprudencia analítica”, para la cual, como en el caso anterior, el análisis del lenguaje deviene elemento fundamental para obtener una mejor y más adecuada comprensión del Derecho.

[19] Cfr. Hawking, S. W. y L. Mlodinow, “El Gran Diseño”, título original de la obra: “The Grand Design”, tercera impresión (diciembre de 2010) de la primera edición (noviembre de 2010), Editorial Crítica, S. L., Barcelona. Asimismo, Hawking, S. W., “El universo en una cáscara de nuez”, traducción castellana de David Jou, Editorial Crítica / Planeta, Barcelona, 2002.

[20] El gran pensador italiano U. Eco, al referirse a la “sociedad líquida” en la que vivimos actualmente, resalta con exacta precisión que los movimientos que pululan en ella y con ella “saben lo que no quieren, pero no saben lo que quieren”. Sic. Eco, U., “De la estupidez a la locura. Crónicas para el futuro que nos espera”, título original “Pape Satàn aleppe”, traducción de H. Lozano Miralles y M. Pons Irazazábal, Lumen, Editorial Penguin Random House Grupo Editorial España, octubre de 2016, pág. 5.

[21] Cfr. la Tesis XI sobre Ludwig Fuerbach, de K. Marx.

[22] Sic. Welzel, H., “Derecho natural y positivismo jurídico”, en: Welzel, H., “Estudios de Filosofía del Derecho y Derecho Penal”, Editorial B de f, Buenos Aires, 2014, págs. 177 y 178.

[23] Lo que contrastó manifiestamente con la postura valiente y consecuente de los filósofos positivistas del Círculo de Viena, tales como Carnap y Schlick. “Ellos y el movimiento entero fueron dejados de lado y reprimidos por la orientación espiritual del nacionalsocialismo”, sic. Kraft, V., “El Círculo de Viena”, título original “Der Wiener Kreis”, versión española de F. Gracia, Editorial Taurus, Madrid, primera edición 1966, reimpresiones 1977, 1986, pág. 8.

[24] Ídem, pág. 178.

[25] Ídem, pág. 179.

[26] Sic. Hernández Arteaga, R., “La crisis del positivismo jurídico”, en: Âmbito Jurídico, Rio Grande, Brasil, XVII, n. 128, setiembre de 2014.

[27] Cfr. Pacheco Mandujano, L. A., “Quodlibetum IX: Breves consideraciones sobre la relación existente entre el Lenguaje y el Derecho”, en: Díaz Revorio, F. J. y Ma. E. Rebato Peño, “La justicia constitucional en Iberoamérica: Una perspectiva comparada”, Coordinadores: J. López de Lerma Galán y W. M. Jarquín Orozco, Universidad de Castilla – La Mancha, España; Ubijus Editorial S. A., Ciudad de México, 2016, páginas 98 y 99.

[28] Siete trabajos, para ser exactos, varios de los cuales fueron difundidos en lugares y momentos diferentes, por motivos diversos. Otros textos recogidos en este libro son hasta ahora inéditos.

[29] Tales como la concepción de la acción, crucial punto de partida de la teoría del delito que ha originado las teorías causalistas, finalistas y funcionalistas del delito; la teoría de la pena que procura comprender y explicar la naturaleza y legitimidad de la sanción penal; el error de comprensión culturalmente condicionado; o el principio de la irretroactividad de la ley penal –una de las piedras angulares sobre las que se edifica el moderno Estado de Derecho y su sistema de gobierno democrático–, el mismo que debe ser entendido en un sentido racional y no político partidario.

[30] Cfr. Cela, C. J., “El arte de repetir”, en: ABC de Madrid, edición del 24 de agosto de 1979, pág. 5.

[31] Cfr. Pacheco Mandujano, L. A., “Teoría dialéctica del Derecho”, Ideas Solución Editorial, Lima, 2013.

[32] Cfr. Pacheco Mandujano, L. A., ““La dialéctica del hecho social, valor y norma como definición ontológica del Derecho. Crítica marxista de la ‘Teoría tridimensional del Derecho’ del señor M. Reale”, Centro de Investigaciones y Fondo Editorial de la Universidad Alas Peruanas, Sede Huancayo, octubre de 2008.

martes, 11 de octubre de 2016

¿Es un fracaso el delito de feminicidio en el Perú?

Anticipo de un trabajo de investigación





Una de las más importantes razones que originan el problema de la impunidad que se viene registrando en los casos de feminicidio que se tramitan en el Sistema de administración de decisión jurisdiccional en el Perú estriba en el uso del método de análisis de los hechos al que recurren jueces y fiscales a la hora de calificar y enjuiciar las denuncias por dicho delito. Ese método se llama finalismo y proviene de la teoría finalista de la acción creada por el alemán Hans Welzel a lo largo del primer tercio del siglo XX. Esta es la teoría con la que los estudiantes de Derecho hemos sido tradicionalmente formados en América Latina desde inicios de los años 70 del siglo pasado hasta la década inicial de la presente centuria, período de tiempo del cual provienen los actuales magistrados judiciales y fiscales.

Según esta teoría, la conducta humana consiste en la ejecución de una serie de acciones tendientes a la realización de fines predeterminados de manera consciente. Por ejemplo, el que carga un arma de fuego, apunta con su mira a alguien y le dispara con conocimiento del hecho y voluntad de realización del mismo, perpetra un conjunto de actos con el fin de matar a ese alguien. Es evidente que la realización de estas acciones tiene la finalidad de matar a quien se convierte en víctima del homicidio. No se puede entender algo diferente.

En la práctica, la teoría finalista de la acción tiende a solucionar satisfactoriamente una significativa serie de problemas en la vida real, pero encuentra serias limitaciones y hasta se revela inútil cuando se la aplica a las modernas y complejas figuras delictivas sociales tales como, por ejemplo, los delitos de feminicidio. En este particular caso, cuando la fórmula legal del artículo 108-B del Código penal [que prescribe que será reprimido con pena privativa de libertad "el que mata a una mujer por su condición de tal"] es sometida a un riguroso análisis finalista, uno se encuentra con que este tipo penal –tal como lo reconocen nuestros propios magistrados y tantos juristas internacionales– ofrece un serísimo problema de interpretación probatoria a los operadores jurídicos, pues en este caso su redacción apunta a que la finalidad del homicida sea la de matar a una mujer, “por ser mujer”. He ahí el detalle. ¿Cómo habrá de probarse en los hechos, por tanto, que alguien que mata a una mujer obra así porque ésta “es mujer”? Dicho de otra manera, ¿cómo habrá de quedar claramente establecido ante un juez y un fiscal que el homicidio de una mujer tuvo por finalidad darle muerte a ésta por ser mujer y no para asaltarla, o para callarla eternamente después de violarla, o para quedarse con su dinero y sus bienes [caso Miriam Fefer, v. gr.], por venganza, celos, por amor enfermizo o por alguna otra razón final? ¿Cómo se prueba, en fin de cuentas, esta finalidad: matar a una mujer “por ser mujer”?

Como el lector podrá suponer, este problema deviene difícil –cuando no imposible– de resolver, porque para conocer tal finalidad, habría que penetrar en el alma del hombre que asesina a una mujer para conocer cuáles fueron sus intenciones, precisamente su finalidad. Pero a ese lugar sólo ingresan Dios y la propia consciencia de ese hombre; y como no es posible citar en juicio ni al Creador ni a la consciencia del imputado, la supuesta finalidad de “matar a una mujer por su condición de tal” no puede probarse, con lo que el denunciado debe ser absuelto por imposibilidad probatoria, mientras el crimen queda impune. Esto es lo que se repite permanentemente en el Poder Judicial en casos de esta naturaleza.[1] El tema, por esta razón, no obedece necesariamente a causas de corrupción ni de incompetencia profesional de parte de nuestros magistrados; tampoco se trata de insensibilidad judicial. No. Se trata de un asunto de metodología interpretativa y de la pésima redacción que ofrece el tipo penal de marras,[2] paquete que genera que la figura legal del feminicidio, por vía del finalismo, resulte siendo un verdadero fracaso para el sistema de protección penal.

No obstante, según los resultados de una exhaustiva investigación que acabamos de llevar a cabo sobre el particular –la que será publicada próximamente en una importante revista jurídica en Lima–, coincidiendo en algunos significativos puntos con las exploraciones efectuadas por importantes investigadores sociales nacionales y extranjeros, esto no tiene por qué ser así.

El problema presentado quedaría resuelto satisfactoriamente si jueces y fiscales echaran mano de la teoría del rol social propuesta y desarrollada por el profesor germano Günther Jakobs a mediados de los pasados años 90, para quien la imputación es el resultado de la constatación del quebrantamiento de los deberes legales que se imponen sobre cada persona, los cuales están determinados por el rol social que ella cumple en determinados ámbitos y momentos de su vida. En efecto, los deberes no son los mismos si el rol que se ha de cumplir es el de chofer, de peatón, funcionario público, periodista, padre de familia o de varón [en la relación de género varón/mujer], entre otros cientos de roles que ejercemos diariamente, dependiendo de las circunstancias sociales en las que nos encontremos. Si por un momento debo ejercer el papel de chofer, por ejemplo, debo cumplir en ese momento los deberes que me imponen la ley y el reglamento de tránsito; si después de conducir mi vehículo debo desempeñar el rol de funcionario público porque ese es mi trabajo principal, entonces tengo que conducirme de acuerdo a los deberes que me imponen la Constitución y las demás normas relativas a la función pública. Y así sucesivamente.

Sin modificar la redacción del artículo 108-B del Código penal,[3] el cual presenta cuatro escenarios de realización del delito y ocho circunstancias de ejecución del mismo, los resultados a ser obtenidos con el uso de la teoría del rol social en los casos de feminicidio, como lo demostramos en el referido trabajo de investigación,[4] serían muy distintos a los fracasos que se han venido registrando gracias al entrampamiento teleologista que produce el finalismo welzeliano y que, por extensión, también están llevando al desastre la implementación de esta figura criminal.

La inclusión del delito de feminicidio en el Código penal no tiene por qué ser un fracaso. Por el contrario, puede ser de veras un instrumento muy bueno de prevención y sanción de este repudiable delito. Pero para que ello sea así, es hora de ponerle coto a la impunidad que se genera por un asunto de interpretación metodológica y castigar severa y ejemplarmente a los cobardes feminicidas que merecen ser sancionados con todo el rigor de la ley y el repudio de la sociedad. La propuesta que, convencidos, alentamos y que es feminista de esencia mas no fanática ni sectaria, contribuirá sin duda alguna a tales fines.





[1] Por eso mismo es que los fiscales prefieren formular denuncias por delitos de homicidio, asesinato o parricidio, en lugar de feminicidio, para evitar la impunidad. Al respecto: cfr. Observatorio de Criminalidad del Ministerio Público, “Estadísticas sobre feminicidio según las características de las víctimas y el presunto victimario”, Cuadro Nº 1 del Registro de Feminicidio, Lima, julio de 2016.

[2] En la redacción del tipo penal del artículo 108-B del Código penal, el feminismo fanatizado quiso dejar su huella de género. Lo que logró con ese sello [matar a una mujer “por su condición de tal”], lejos de propiciar la protección de las mujeres y relevar su igualdad, fue el grave problema que ahora atenta contra los intereses de ellas, a quienes en teoría debían defender. ¡Gran ejemplo de testarudez política!

[3] A pesar de ser el resultado de un resabiado trasplante propiciado por cierto feminismo fanatizado y mórbido que presionó política y socialmente al Congreso de la República de 2012-2013, por el cual la categoría política de feminicidio, propia del campo de las ciencias sociales, fue trasladada al ámbito jurídico-penal.

[4] Donde parte importante de lo central ha sido determinar cuáles son los deberes impuestos al hombre a partir del ejercicio de su rol social de varón en las relaciones de género varón/mujer, tras lo cual el resto casi ha sobrevenido por añadidura.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Contestación a las "Reflexiones biyectivas teológico-jurídicas a favor de la pena de muerte" (*)

Por la Sra. Dra. Dña. Elena Núñez Castaño (**)




Señor Director, señoras y señores académicos, señoras y señores:

L
a primera impresión que tengo del trabajo que nos presenta el profesor Luis Alberto Pacheco Mandujano, es que me encanta cómo escribe; me recuerda mucho a un profesor mío del curso de filosofía que jugaba con las palabras y las ideas de una forma absolutamente maravillosa. Lo mismo hace el profesor Pacheco. Me parece fantástico el juego que hace.

Ahora bien, al margen de que este ensayo se encuentre magníficamente escrito y el recurso a argumentos religiosos e incluso literarios presente un enfoque magistral, supongo que sabrá bien el doctor Luis Pacheco que en absoluto comparto la idea que mantiene. Pero eso es lo bello de la sociedad del pensamiento, que podemos estar en las antípodas en algunos temas, y seguir siendo amigos.

Dicho esto, y sentado que no comparto ni siquiera la idea base, quisiera, de todos modos, formular algunas reflexiones que pueden servir en este caso.

En primer lugar, todos los que me conocen de cerca saben bien que religiosa no soy, pero tampoco puedo declararme atea, porque eso, como suele decir mi padre, significaría que, antes, tengo que creer en Dios para poder negarlo; me quedo en el mero agnosticismo por mi propia ignorancia al respecto. Sin embargo, de niña estudié la primaria en un colegio de monjas y tantos años después, semejante experiencia algo nos ha dejado. Por eso, no comparto la interpretación que hace Pacheco respecto a la frase “hacer bajar al Abismo” que él equipara con la muerte; yo, con mis cortos conocimientos sobre el tema, entiendo que esta expresión se refiere, más bien, a la muerte, pero entendida como muerte espiritual, esto es, la que conlleva la condenación eterna, la lejanía del seno de Dios, del Paraíso, la muerte del alma [de esa que ya hablaban los filósofos griegos, pero que era una esencia distinta de la física de nuestro cuerpo] y esa muerte del alma trae causa de una condena a la separación del seno de Dios y de los justos, quedando abandonada en la más profunda soledad que implica no contar con el amor, el perdón y el consuelo divino.

No creo, por tanto, que esto se pueda identificar con la muerte física, es decir, que el convencimiento de que determinados “pecadores” deban ser condenados al Abismo no justifica que haya que matarlos, o condenarlos a muerte, sino abandonarlos dejándolos separados del resto de la comunidad, sin amor, sin consuelo, es decir, la “muerte del alma” que nunca más verá a Dios.

Algo similar se me ocurre en relación con Jakobs. Creo que ni siquiera en sus momentos más radicales ha llegado éste a defender la pena de muerte como opción en el caso de los enemigos. De hecho, él ha hablado de inocuizar al delincuente, es decir, de impedir que pueda suponer nuevos peligros para la sociedad. Esta anulación o inocuización es social, no física, y si bien pudiera fundamentar la cadena perpetua [con una exacerbación de la prevención especial, convirtiéndola en casi el único fin de la pena], en mi opinión no puede sustentar la defensa de la pena de muerte.


Obviamente, en estas reflexiones que formulo a las interesantes ideas del profesor Pacheco no está ajena mi ideología y convicciones al respecto: creo firmemente en los fines de la pena, creo que es necesaria la retribución, la prevención general y la especial, pero creo que lo más necesario de todo es la reinserción. Porque como también se dice en la Biblia, aunque no sé bien dónde porque no la manejo igual de bien que el doctor Pacheco, “todo el mundo merece una segunda oportunidad”, incluso el peor de los pecadores o el peor de los criminales. Todo el mundo tiene derecho a poder arrepentirse, si quiere, y a dejar de estar en el Abismo o a ser inocuizado. Pero estas son reflexiones mías que obviamente no tienen por qué ser las correctas.

De todos modos, debo reconocer que no deja de sorprenderme la fina pluma que don Luis Alberto Pacheco utiliza para escribir, así como la capacidad tan impresionante que tiene de argumentar.

Desde la más absoluta discrepancia respecto de sus opiniones, y desde el más absoluto respeto a las mismas, sólo puedo felicitarle por su magnífica exposición y sus agudos [aunque para mí rechazables] argumentos.

He dicho.


_________________________________________________

(*) Cfr. PACHECO MANDUJANO, Luis Alberto, "Reflexiones biyectivas teológico-jurídicas a favor de la pena de muerte", Discurso leído para la Sociedad Internacional de Intelectuales Sartreanos en Defensa de la Humanidad, en su recepción pública, en Lima, el día 10 de marzo de 2016.

(**)  Abogada. Profesora titular de Derecho penal en el Departamento de Derecho Penal y Procesal de la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla, Campus Ramón y Cajal, Sevilla, Reino de España.



miércoles, 27 de julio de 2016

Premian a jurista peruano en evento internacional de Derechos Humanos



Barra Interamericana de Abogados de México
Lima, jun. 20 (Thomson-Reuters).- El renombrado jurista y filósofo peruano Luis Alberto Pacheco Mandujano, quien saltó a la fama en 2008 tras la publicación de su ya célebre “Teoría dialéctica del Derecho”, descollante trabajo que forma parte de sus varios e importantes aportes teóricos realizados a la ciencia del Derecho, acaba de ser premiado nuevamente por el foro internacional.

Esta vez, el laureado connacional recibió el “Premio al Mérito Jurídico” que anualmente concede la Barra Interamericana de Abogados, con la certificación oficial de la Secretaría de Educación Pública de la República de México; galardón con el que la comunidad jurídica sudamericana reconoce a juristas e investigadores destacados cuyos trabajos científicos y quehacer público han contribuido significativamente al progreso de la ciencia del Derecho para la consolidación del Estado de Derecho y el sistema democrático.

Cabe resaltar que el mismo premio fue otorgado en 1998 a la memoria del insigne profesor mexicano de la UNAM, Eduardo García Máynez, patricio cultor de la filosofía del Derecho en Hispanoamérica y formador de valiosas generaciones de juristas que hoy resaltan en diversos países de la región y del mundo.

La ceremonia oficial de premiación, en la que también fueron distinguidos otros cuatro juristas latinoamericanos de entre los cuales sobresalió la presencia de Fernando Cruz Castro, notable Magistrado de la Corte Constitucional del Poder Judicial de Costa Rica, hombre de leyes de una larga y muy distinguida trayectoria en defensa de los derechos humanos en su país, tuvo lugar el pasado 14 de junio de 2016 en el auditorio “Adrian Gibert” de la Universidad

La Salle en la ciudad de México D. F., ante las autoridades de esta casa superior de estudios, representantes del Instituto Latinoamericano de las Naciones Unidas para la Prevención del Delito y el Tratamiento del Delincuente [ILANUD] y magistrados de la judicatura mexicana, así como frente a una concurrencia de más de doscientos académicos y estudiantes de Derecho procedentes de diversas universidades del continente, donde resaltó la participación de las delegaciones de Chile, Colombia, Costa Rica, México, Perú y Venezuela.


Estos actos de reconocimiento se realizaron en el marco de las jornadas académicas que formaron parte del “1er. Congreso Interamericano sobre Sistema Acusatorio y Derechos Humanos”, evento organizado por la Barra Interamericana de Abogados y el ILANUD, realizado del 14 al 16 de junio pasado.

Los trabajos de este congreso, que coincidieron con el fin de la vacatio legis de la reforma constitucional hecha para el sistema de justica penal de México y por lo cual a partir del 17 de junio el proceso adversarial es obligatorio para todas las entidades federativas de ese país, centraron su atención, con especial enfoque en derechos humanos, en el análisis del proceso de implementación del modelo procesal penal acusatorio en América Latina, así como sus logros y vicisitudes durante los últimos 20 años.

Pacheco Mandujano también participó el día final de este cónclave académico, jornada en la cual demostró el valor teórico-práctico de la “Teoría dialéctica del Derecho” aplicada a la teoría de los Derechos Humanos para comprender de manera científica, objetiva y precisa la esencia, evolución y desarrollo de la más significativa doctrina jurídica de protección de la raza humana, celosa guardiana de avanzada de los sistemas políticos, jurídicos y procesales penales.



(FIN) NDP/EPM


miércoles, 6 de abril de 2016

Violación sexual y pena de muerte en el Perú



A propósito de la grosera protección que brinda hoy el "Sodalicio de Vida Cristiana" a Luis Fernando Figari, favoreciendo su fuga del Perú y presentando una hipócrita y forzada "condena" a dicho perverso delincuente vestido indignamente con sotana, quiero recordar lo que ya habíamos dicho y propuesto al respecto en febrero de 2011, cuando los sodálites se desvivían para proteger a semejante monstruo que hoy se ríe de tutti quanti. Luis Fernando Figari es un criminal que merece la pena capital al menos siete veces por sus repudiables y nauseabundos delitos.

Y aunque hoy goce de la impunidad que sus "hermanos" le han reservado, más temprano que tarde comparecerá ante el tribunal de justicia terrena para rendir cuenta por sus asquerosos delitos, como paso previo al tribunal de justicia eterna donde se verá cara a cara con el Creador. Veremos entonces si en ese momento le quedan ganas de seguir riendo.

Condenemos a este miserable y a todos aquellos que, como él, deben ser ejecutados en nombre de la justicia y la seguridad colectiva. Hagamos memoria sempiterna de actos de esta execrable naturaleza que no merecen perdón: http://www.voltairenet.org/article168426.html