martes, 14 de julio de 2020

La estulticia del llamado "lenguaje inclusivo"


3.4.       La necesaria interpretación lingüística de su tratamiento especial[1]

El lenguaje, independientemente del idioma que adopte, no sólo implica un uso funcional expresado en la comunicación destinada al proceso de socialización entre seres humanos, sino que, por sobre encima de tal fin práctico, tiene una connotación ontológicamente determinada en un sentido mucho más profundo, porque el lenguaje es directamente proporcional a nuestros pensamientos; esta es una verdad tan hondamente cierta que, entendido en su manifestación proposicional, es posible por ello afirmar que el lenguaje es el reflejo mismo del mundo o, como mejor lo precisara el propio Wittgenstein, “es una figura de la realidad”.[2] En efecto, el lenguaje refleja en palabras (orales y escritas) lo que el pensamiento, a su vez, viene a ser: el reflejo del mundo, el reflejo de nuestro entorno.

Siendo esto así, sea de manera oral o escrita, el lenguaje revela el pensamiento que nos define como seres humanos, como personas, a la par de materializar el enorme conjunto de conceptos, juicios y raciocinios que cotidianamente producimos[3] hasta el infinito.

En una palabra, el lenguaje revela el grado de desarrollo eidético –desde el punto de vista de sus estructuras– de una persona. Por tanto, la corrección del lenguaje no viene a ser un tema de exquisitez ni de vana soberbia personal. La corrección del lenguaje implica, de manera sinalagmática, la corrección del pensamiento y de sus estructuras ontológicas. Por eso mismo Denegri decía que “las cosas dichas tienen que ser bien dichas porque toda lengua tiene una normatividad, un estatuto, un conjunto de reglas y principios, y por eso uno no puede hablar como le parece, o como se le ocurre, o como le da la gana”.[4]

En ese marco de naturaleza lógica, semiótica y lingüística, cabe preguntar, por tanto, ¿de qué sombrero salió ese estilo de escritura tan estólido y también mal llamado lenguaje inclusivo según el cual debe[5] hablarse y escribirse “evitando las definiciones de género o sexo, abarcando a mujeres, varones, personas transgénero e individuos no binarios por igual”?[6] Obviamente, salió del sombrero negro de propiedad de los militantes de una ideología que, para sobrevivir e imponerse socialmente, se guarece bajo el manto protector de un concepto inventado por ellos mismos que responde al nombre de criterio de lo políticamente correcto, concepto, a juicio propio, que constituye la expresión más palurda de una diplomacia tremendamente hipócrita, farisea, que concibe al mundo como el escenario donde sólo se perciben dos colores políticos, jurídicos, lingüísticos, culturales en general: blanco y negro, y donde, si no se forma parte de ese criterio de vida, entonces se está en contra de lo correcto. ¡Qué manera más estrecha de ver al mundo! Pero es lo que se nos ha impuesto a viva fuerza.

Un día, convirtiendo este criterio en dogma de fe, un citadino irresponsable consigo mismo y con la cultura, contratado en el sector público no para beneficiar a la sociedad con un sano ejercicio productivo de mayores dosis de sinapsis, sino para ejecutar órdenes sin dudas ni murmuraciones, publicó en la intranet del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos del Perú, por encargo de su Oficina General de Administración, un mensaje de saludo institucional que decía así: “El trabajo en equipo, las metas altas, la perseverancia en el esfuerzo de servir a nuestras/os hermanas/os y la honestidad, nos ayudarán a construir el país que todos queremos. Está en nuestras manos. El Ministerio de Justicia y Derechos Humanos hace llegar un caluroso saludo a todas/os[7] sus servidoras/es al conmemorarse el Día del Servidor Público el próximo 29 de mayo…”

El escritor de marras, de la misma manera que casi todos aquellos sujetos que tienen la misión de redactar todo tipo de textos oficiales, ignoró con supina contumacia, que en el idioma castellano, el adjetivo posesivo plural en primera persona nuestro, descendiente directo del latín noster, incluye semánticamente en la oración –como sucede de igual manera con muchos otros términos del idioma castellano– tanto al género masculino como al femenino, y precisamente ello hace que resulte inadmisible escribir en una sola proposición, v. gr., “Convocamos a nuestros y nuestras…”, como tampoco es lícito redactar un texto de la siguiente forma: “Convocamos a nuestros/as…”

Algo similar sucede con el adjetivo indefinido plural todos,[8] del latín totus, cuyo significado es, precisamente, “todo entero”. En consecuencia, cuando en la oración se dice, por ejemplo, “Saludamos a todos los trabajadores de esta institución”, la partícula todos, como en el caso anterior, incluye significativamente en sí misma a los trabajadores de ambos sexos, varón y mujer. Por tanto, no es necesario ni admisible escribir, en la línea del ejemplo anterior, “Saludamos a todas y todos los trabajadores de esta institución”[9] porque, como en el caso relievado en el párrafo precedente, con semejante forma de escribir, lo único que hacemos es colaborar con la producción de un literal barbarismo fraseoclasta y logocida que avergonzaría y llenaría de rabia al propio Cervantes al verificar lo que ciertas gentes están haciendo con su lenguaje.

Las mismas anteriores reglas operan en el caso del término servidor, de manera que basta con escribir “Saludamos a los servidores de nuestro centro de labores”, siendo incorrecto hacerlo así: “Saludamos a las y los servidoras y servidores de nuestro centro de labores”.[10]

Si en el idioma castellano, por ende, quisiese hacer usted una diferenciación precisa, desde el punto de vista del género –dicho sea de paso, inextricablemente vinculado a la naturaleza sexual del individuo–, para distinguir al varón de la mujer, lo correcto sería escribir, por ejemplo, “En este importante día, saludamos de manera especial a las damas y caballeros que, como servidores públicos, laboran en nuestra institución”.Por el contrario, la forma escritural “En este importante día saludamos de manera especial a todas y todos las y los trabajadoras y trabajadores que laboran en nuestra institución”, además de constituir una flagrante violación a las reglas del idioma, revelando la desorganización conceptual que se tiene del mundo a la hora de construir y fijar las estructuras del razonamiento, el pensamiento y las ideas, semejante redacción deviene, como solemos decir muy bien en el Perú para casos como estos, una auténtica huachafada.

El sandio –y mal llamado– lenguaje inclusivo, bajo el que se cobija y en el que se sustenta la redacción de ese comunicado oficial en comentario, además de ser procaz e irrespetuoso con el lenguaje debido, es en esencia tautológico, pues todo lenguaje, desde el más simple hasta el más complejo, en cualquier parte del mundo, es inclusivo; por lo tanto, semejante engendro no contribuye en ninguna mejora de ninguna clase. Por el contrario, sólo perjudica el buen y correcto sentido del hablar y del escribir; y como el lenguaje es reflejo del pensamiento, deformando y perjudicando al lenguaje se deforma y perjudica también al pensamiento.[11]

Además, desde una perspectiva ontológica, no existe ningún lenguaje que sea exclusivo;[12] ni siquiera en las sociedades de castas más reaccionarias, aún supérstites en algunas latitudes del orbe. En términos generales, pues, el lenguaje es inclusivo.

Que se sepa entonces, y de una vez por todas, que cuando se trata de usar términos verdaderamente inclusivos, todos los términos que en el lenguaje castellano aparentemente se manifiestan neutros, todos ellos nombran intrínsecamente al varón y la mujer. De manera tal que es torpe la percepción según la cual el no nombrar un artículo, un sustantivo o un verbo en versión de género femenino, implica invisibilizar a la mujer. Eso no es cierto, pues el lenguaje no tiene ninguna intención de tal índole. Contrario sensu, semejante variación, irregular de todo punto de vista, constituye una deformación fraseoclasta del lenguaje, además de resultar convenidamente ignorante de las normas y significados que lo rigen.

De esta manera, cuando, v. gr., el artículo 106° del Código Penal, disposición normativa que inaugura el libro segundo de dicho código y, con él, da inicio al catálogo de crímenes que el Estado peruano pena, prescribe que:

“El que mata a otro, será reprimido con pena privativa de la libertad no menor de seis ni mayor de veinte años”


el artículo el, actuante en esta fórmula legal ab initio, constituye un artículo neutro de apariencia que involucra, sin embargo, por igual razón y sin discriminación de ninguna especie, al varón y a la mujer en la condición de potenciales sujetos activos del homicidio simple. Lo mismo sucede en todos los casos que siguen el estilo de redacción de dicho dispositivo legal. No cabe ni pensar siquiera, por tanto, una redacción como la que figura a continuación:

“El/la que mata a otro u otra, será reprimido/a con pena privativa de la libertad no menor de seis ni mayor de veinte años”


Ahora bien, sin embargo a todo lo demostrado en este acápite de mi trabajo y por las razones expuestas poco antes, téngase claro que cuando el artículo 108-B° del Código Penal prescribe que:

“Será reprimido con pena privativa de libertad no menor de veinte años el que mata a una mujer por su condición de tal,…”


no cabrá sino entender que el artículo determinativo el, presente en el texto del tipo penal, se refiere únicamente a el varón que mata a la mujer por su condición de tal.[13] No cabe pues, en dicho artículo lingüístico, por todo lo ya explicado en este trabajo, una comprensión inclusiva de los géneros masculino y femenino. Además, de haber sido esa la idea de quienes redactaron el texto legal,[14] o sea, de haberse querido implicar que el artículo de marras incluyese indistintamente al varón y a la mujer, como sucede con el artículo determinativo que da inicio a la redacción del tipo penal del delito de homicidio simple, entonces, con ayuda de su adelantado lenguaje inclusivo, las autoras del texto legal lo habrían redactado en los siguientes términos:

“Será reprimido/a con pena privativa de libertad no menor de veinte años el/la que mata a una mujer por su condición de tal,…”


Pero el texto, como bien sabemos, no fue redactado así, hecho evidente que da cuenta ens a sé que ni en el pensamiento feminista de las autoras de este tipo penal pasó la idea de que el delito de feminicidio contemplase la posibilidad de tener por sujeto activo del mismo a la mujer.

Esa pérfida ideología, pues, que, siendo inconsecuente consigo misma, y que se ha propuesto destruir valores e instituciones que llevan avanzando con la humanidad misma siglos y siglos de historia –y que, con y por ello, contienen sólidas razones dialécticas, axiológicas y naturales[15] en las cuales sustentan su existencia– quiere también ahora destruir el lenguaje. ¿Lo vamos a permitir? Evidentemente que no. Pero, qué hacer ante semejante acción extremista, fanática y violenta que dirige su batería destructora contra el λóγος. Pues bien, por lo pronto en este punto, respondamos con el mismo maestro Denegri, polígrafo sin par, reiterando que “las cosas dichas tienen que ser bien dichas porque toda lengua tiene una normatividad, un estatuto, un conjunto de reglas y principios, y por eso uno no puede hablar como le parece, o como se le ocurre, o como le da la gana”. Y, después, ofrezcamos la razón contra la barbaridad. Esta ha sido siempre, y seguirá siendo, una buena medida de lucha contra la misología.

Tengamos consciencia, además, que, desde la existencia de los australopithecus, a  la naturaleza le ha tomado alrededor de 4.5 millones de años para realizar exitosamente el proceso de hominización. Básicamente, han sido 4.5 millones de años los que han tenido que pasar para que se logre desarrollar la evolución del muy bien organizado cerebro humano. Este es el mismo tiempo que la madre natura invirtió para crear y evolucionar el lenguaje humano. Con qué derecho, pues, aparecen esos gaznápiros anticultura que vienen a maltratar y querer destruir uno de los más grandiosos logros del universo, el lenguaje, desnaturalizándolo con guarradas creadas por gestores de la inversión,[16] que convierten lo malo en bueno y viceversa.

Integrantes de enfermas corporaciones, tales administradores de la podre y de la bajeza intelectual no son sino expertos en crear la falsa imagen según la cual lo correcto es sinónimo de decrepitud y que ésta, la decrepitud, a la cual temen por su cercanía al juicio final en el cual deberán rendir cuentas por sus dolosos desórdenes vitales, es merecedora del desecho. Personajes ajenos a la verdadera intelectualidad que, errando con tan falaz lógica, identifican confusionistamente (de la misma manera como identifican sus [in]consciencias morales con acomodadas posiciones rentistas en sus quehaceres cotidianos de supuesta –pero falsa– labor de reivindicación social[17]) el concepto de lo clásico por el de reaccionario, mientras construyen –agazapados en galimatías llenas de palabrejas tremendistas y de terminejos carentes de contenido vital– verdades que terminan siendo mentiras. Comerciantes de derechos, traficantes de esperanzas ajenas, obran en procura de intereses propios, mas no de intereses realmente colectivos ni sociales. Con su despreciable presencia nos advierten que los tiempos actuales, definitivamente, ¡son tiempos del homo stupidus![18]




Bonus episteme




[1] Tomado de: Pacheco Mandujano, Luis Alberto, Contribución a la crítica dogmático-penal del delito de feminicidio. Prólogo de Elena Núñez Castaño, Profesora Titular de Derecho Penal de la Universidad de Sevilla. Editorial A&C, 1ra. edición, tiraje 1000 ejemplares, Lima, febrero de 2019.

[2] Sic. Wittgenstein, Ludwig, Tractatus lógico-philosophicus, § 4.01 y § 5.6, traducción, introducción y notas de Luis M. Valdés Villanueva, 3.ª edición, Editorial Tecnos, España, 2007, páginas 147 y 234, respectivamente.

[3] Aunque, por cierto, cada vez menos, para desgracia de la raza y de la cultura humana. Denegri parificó axiomáticamente esta insólita circunstancia involucionante del ser humano sosteniéndose en las demostraciones efectuadas por el premio Nobel de Medicina de 1960, Sir Peter Brian Medawar, quien concluyó que “desde la década de 1940… la inteligencia está disminuyendo en el mundo y consiguientemente está aumentando la estupidez” (sic. Denegri, Marco Aurelio, Esmórgasbord, Fondo Editorial de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega, Serie Obras escogidas / Humanidades, Lima, 2011, página 136), “sobre todo, la estupidez activa y no tanto la estupidez pasiva ni la estupidez crónica” (sic. Denegri, Marco Aurelio, en: El Comercio, edición del 8 de enero de 2015). He allí, precisamente, lo peligroso del problema: el incremento de la estupidez activa. Peligroso y problemático este fenómeno porque la estupidez activa es, por la brutalidad inherente a su naturaleza, inmovilizante. Dice también al respecto Denegri, en clave de sorna desgarrada, que “la brutalidad pesa toneladas; y la brutalidad paraliza y detiene absolutamente” (sic. Denegri, Marco Aurelio, Esmórgasbord, página 117); y ahondando en profundidad su análisis de la brutalidad y del bruto, dice el desaparecido polígrafo en su artículo “El mayor mal de los males”: “En un escrito de Antonio Sánchez Pérez, incluido en el Parnaso Español, en edición de Bastinos, hallé un excelente refrán de la sabiduría popular que dice así: «El mayor mal de los males es tratar con animales.» Mi tía Carolina, que en paz descanse, solía repetir un refrán que se emparienta (no que «se emparenta», como creen los ignorantes), que se emparienta, repito, con el anterior y que a la letra dice: «Si quieres morir sin saber de qué, amárrate un bruto al pie.» (Esto mismo consta en la Ña Catita, de Segura, sólo que don Manuel Ascencio no dice bruto, sino tonto.) Miguel Agustín Príncipe, insigne fabulista zaragozano (1811-1863), refiere en su fábula «El hombre y el burro», que un buen día convinieron un hombre y un burro en enseñarse el respectivo idioma, y el burro, ¡suerte impía!, en dos años de estudio y de porfía, no aprendió ni un solo vocablo, mientras que el hombre, en un sólo día, aprendió a rebuznar perfectamente. Moraleja: «No trates con el burro ni un minuto, / pues no conseguirás la alta corona / de hacerle tú persona y puede suceder que él te haga bruto.» Es casi perogrullesco afirmar que los brutos, necios e insensatos pululan, y su pululación abruma y marea juntamente. En cambio, los juiciosos, inteligentes y sabios escasean mucho, hasta el punto de que ya comenzamos a figurárnoslos miembros de una sociedad secreta o individuos de una especie en extinción…” (sic. Denegri, Marco Aurelio, Esmórgasbord, páginas 59-60). Cuánta verdad, entonces, la expresada por Medawar, sin duda alguna: la inteligencia está disminuyendo en el mundo y está aumentando la estupidez. Con esta clase de gente, ¿cómo combatir la disminución de la inteligencia, la brutalidad, en un sistema que, además, enseña a ser bruto?

[4] Sic. Denegri, Marco Aurelio, en: El Comercio, edición del 19 de enero de 2015. Esta determinación, sin embargo, no opera para el lenguaje chabacano, porque, como precisaba el mismo Denegri, “en el lenguaje coloquial, en las conversaciones, en las charlas de café, las permisiones lingüísticas son mayores. Los lingüistas alemanes llaman a esto Ungebunde Rede, el habla sin trabas” (sic. ídem).

[5] Según los aniquiladores de la cultura, el lenguaje debe hablarse como lo plantea, no la tendencia ni el desarrollo de la lengua misma que usa una sociedad dada, sino una ideología en particular: la ideología de género, una ideología que impone a patadas al nuevo establishment mundial el deber de hablar y escribir como esta ideología dice que tenemos que hacerlo. Por eso es que, por semejante brutalidad, y con justa razón, como muchos otros especialistas en el tema, Mario Vargas Llosa también ha calificado, correctamente, ese engendro bastardo llamado lenguaje inclusivo, de aberración (vid. https://www.youtube.com/watch?v=kgoW0jtXZdU, revisada el 28 de marzo de 2019). Se trata de una aberración porque, en las propias palabras del nobel de literatura, “la lengua necesita de la libertad, ejercita la libertad, la lengua se va renovando, se va adaptando, y no se la puede forzar sin provocar traumas lingüísticos y a eso me refiero y sobre eso la Academia de la Lengua Española ha sido consultada por el gobierno y se ha pronunciado de una manera, yo creo, muy sensata, sabia y efectiva. La Academia de la Lengua dice ‘las Academias no crean el lenguaje, las Academias recogen un lenguaje que lo crean los hablantes y los escribientes’…[por tanto] no podemos forzar el lenguaje desnaturalizándolo completamente por razones ideológicas; eso no funciona así, porque los lenguajes no funcionan de esa manera y entonces el llamado ‘lenguaje inclusivo’ es una especie de aberración dentro del lenguaje que no va a solucionar el problema de la discriminación de la mujer al que sí hay que combatir, pero de una manera que sea realmente efectiva” (sic. ídem; la aclaración es mía). Mejor dicho, imposible.

[6] Sic. https://definicion.de/lenguaje-inclusivo/, revisada el 28 de marzo de 2019.

[7] Ahora, los misólogos que propician ese deformado y mal llamado lenguaje inclusivo ya ni siquiera se preocupan de forzar el uso diferenciador de los pronombres indefinidos todos y todas. En estos momentos, a esos cultores de la estupidez se les ha ocurrido fusionar ambos términos, de lo que les ha resultado el pseudoglifo “todxs”, esperpento que, resultando manifiestamente impronunciable, pretenden vocearlo con el sonido “todex”, aunque evidentemente no le corresponda. Empero, a pesar de ello, quienes así escriben y hablan aseguran que con esa amorfa mezcla de grafemas obtienen un término neutro que permitiría incluir en su semántica a varones, mujeres, transexuales, transgéneros, travestis, etc. ¡Qué dialécticos habían resultado esos sujetos! No, en absoluto; en verdad, en semejante idiotez no existe ninguna dialéctica y, constituyendo más bien una auténtica huachafada más, no merece siquiera darle mayor atención.

[8] No sin extrañeza, quiero hacer notar que, en relación a dicho adjetivo, el redactor del saludo terminó apuntado en su texto lo siguiente: “nos ayudarán a construir el país que todos queremos”, expresión con la que desechó, en la lógica de su lenguaje –si acaso alguna lógica tuviera y si, siendo así, cupiese la calificación epistemológica de lógica a la pautación aberrante que ilumina ese lenguaje–, la inadmisible construcción gramatical “nos ayudarán a construir el país que todas/todos queremos”. Es decir, en el texto del saludo encontramos que, además de aberrante, es al mismo tiempo inconsecuente.

[9] Sobre el particular, el Diccionario Panhispánico de Dudas dice bien al precisar que “por razones de corrección política, que no de corrección lingüística, se está extendiendo la costumbre de hacer explícita… la alusión a ambos sexos: «Decidió luchar ella, y ayudar a sus compañeros y compañeras»…  en el ejemplo citado pudo –y debió– decirse, simplemente, «ayudar a sus compañeros»” (sic. Real Academia Española, Diccionario Panhispánico de Dudas, 5.º texto consensuado por la Comisión Interacadémica, 5 - 10 de julio de 2004, Santiago de Chile, página 184).

[10]  Cfr. ídem.

[11] Esto es así no porque la exigencia del escribir y hablar correctamente implique una vanidosa expresión de exquisitez y refinamiento escritural; no, más bien, como ha quedado establecido de manera objetiva por la ciencia contemporánea especializada en estos menesteres, se trata de lo siguiente: si bien el lenguaje resulta ser el instrumento materializador del pensamiento, sobre éste, a su vez, reacciona el lenguaje para generar en el ser humano una adecuada comprensión dialéctica del mundo. En mi noveno quodlibetum titulado “Breves consideraciones sobre la relación existente entre el lenguaje y el Derecho”, sobre la base de consideraciones dialécticas científicas, sostuve, y no sin razón, que “el lenguaje materializa el pensamiento, sin lugar a dudas; pero el pensamiento, a su vez, ha sido formado, definido, consolidado y estructurado, asimismo, de manera significativa por las innumerables formas de relación social actuantes entre los hombres, como también gracias a la relación de éstos con el mundo que los contiene y rodea, en el activo proceso de transformación de la naturaleza operado a través del trabajo, donde la [re]acción del lenguaje define aquel cosmos y desempeña un manifiesto papel en la formación de la cultura” (sic. Pacheco Mandujano, Luis Alberto, “Quodlibetum IX: Breves consideraciones sobre la relación existente entre el lenguaje y el Derecho”, página 102, en: López de Lerma Galán, Jesús y Wendy Mercedes Jarquín Orozco (coordinadores), La justicia constitucional en Iberoamérica: Una perspectiva comparada, Ubijus Editorial, S. A. de C. V., México, 2016, páginas 97-113). En el mismo lugar, desarrollando el sentido relacional de dependencia presente en el lenguaje hacia el pensamiento, ya había ampliado el asunto señalando que “no se trata de una dependencia causal mecánica, por supuesto, sino dialéctica, donde el lenguaje [instrumento mediador por excelencia que le permite al ser humano darse cuenta de que es un ser social porque puede comunicarse con los demás] es condición necesaria del pensamiento [construcción social que se hace posible, en el plano de lo abstracto, a través de la interacción con el medio que nos rodea], pero no suficiente, pues éste, a su vez, sin llegar a tener una cualidad de bicondicionalidad, reacciona influyente y hasta determinante en otras tantas ocasiones sobre el lenguaje, lo que permite al ser humano completar el conocimiento que posee del mundo que lo rodea, construyendo esquemas mentales en espacio y tiempo determinados por factores sociales históricamente determinados” (sic. Pacheco Mandujano, Luis Alberto, ibídem, §14, página 101).

[12] En el caso del idioma castellano, dice por eso –y con suma precisión lingüística– el Diccionario Panhispánico de Dudas, que “en la lengua está prevista la posibilidad de referirse a colectivos mixtos a través del género gramatical masculino, posibilidad en la que no debe verse intención discriminatoria alguna, sino la aplicación de la ley lingüística de la economía expresiva” (sic. Real Academia Española, Diccionario Panhispánico de Dudas, ídem).

[13] En el mismo sentido, el f. j. 33 del Acuerdo Plenario Nº 001-2016/CJ-116 señala con certeza que “… En el tipo penal vigente, el sujeto activo es también identificable con la locución pronominal ‘El que’. De manera que una interpretación literal y aislada de este elemento del tipo objetivo, podría conducir a la conclusión errada que no interesaría si el agente que causa la muerte de la mujer sea hombre o mujer. Pero la estructura misma del tipo, conduce a una lectura restringida. Sólo puede ser sujeto activo de este delito un hombre, en sentido biológico, pues la muerte causada a la mujer es por su condición de tal. Quien mata lo hace, en el contexto de lo que es la llamada violencia de género; esto es, mediante cualquier acción contra la mujer, basada en su género, que cause la muerte. Así las cosas, sólo un hombre podría actuar contra la mujer, produciéndole la muerte, por su género o su condición de tal. Esta motivación excluye entonces que una mujer sea sujeto activo”.

[14] Que fueron las más preclaras representantes del feminismo peruano más reactivo y radical que conocemos.

[15] Un conocido comunista activo peruano, Vladimir Cerrón, presidente del Gobierno Regional de Junín, ha mostrado recientemente su abierto rechazo y desprecio contra el denominado “enfoque de género”, eufemismo con el que las activistas radicales del post-feminismo llaman a lo que en verdad constituye una auténtica ideología de género (cfr. Correo, edición Huancayo, 18 de febrero de 2019). La decisión del señor Cerrón da cuenta de dos cosas concretas: en principio, su consciencia ética marxista –seguramente enraizada en las tradiciones y valores más profundos del pueblo que no necesariamente son la expresión de posiciones reaccionarias y tampoco se oponen con ninguna revolución social– le impide aceptar un programa tan antihumanista, retorcido y deformado como el que propone el minúsculo –pero escandaloso– grupúsculo de sus camaradas más radicales; y, en segundo lugar, no todos los comunistas aceptan mansamente y como corderos las apuestas de un sector tan pequeño de la izquierda radical que, con singular capacidad para escandalizar con la bulla que hacen, enarbola postulados que avergonzarían a los mismos Marx, Engels y Lenin. Es que, como diría don Camilo José Cela, ciertamente “es siempre mayor el número de los escandalizables que el de los escandalizadores”.

[16] En el sentido de la segunda acepción que el DRAE 2014 le reconoce a esta palabra.

[17] Lo acabamos de verificar con el vergonzoso caso de Susana Villarán.

[18] Cuánta razón tenía M. A. Denegri cuando denunciaba, indignado como nosotros, que “en épocas de depresión como la nuestra, en que todo está hundido y deshecho y en que reina soberano lo que se ha llamado «el resentimiento atávico de la bestia contra la cultura», razón por la cual la oligofrenia es meritoria, la animalidad cotizadísima y el embrutecimiento galopante… la verdad [es] muda y la mentira trilingüe, según frase gracianesca; [es decir, vivimos una] época de absoluta bajura existencial…” (sic. Denegri, M. A., opus cit., página 93; el agregado aclaratorio es mío).

jueves, 21 de mayo de 2020

Despedida de la entrevista-homenaje al Dr. Carlos Fernández Sessarego




Elogiosas palabras de despedida expresadas por el Dr. Carlos Fernández Sessarego al finalizar la entrevista-homenaje conducida por el Prof. Luis Alberto Pacheco Mandujano en agosto de 2017, manifestaciones absolutamente honrosas para su interlocutor.

La entrevista fue difundida en el programa "Referente Jurídico", el miércoles 30 de agosto de 2017, a través del Canal 516 de Movistar cable, Canal JNE-TV, en Lima, Perú (vid.: www.youtube.com/watch?v=z95opxBUuUY&t=164s).

Descanse en paz, querido y gran maestro.






miércoles, 22 de abril de 2020

Tratado sobre la tolerancia





Con ocasión de la muerte de Jean Calas[1]


Voltaire[2]



CAPÍTULO PRIMERO
Historia resumida de la muerte de Jean Calas

El asesinato de Calas, cometido en Toulouse con la espada de la justicia, el 9 de marzo de 1762, es uno de los acontecimientos más singulares que merecen la atención de nuestra época y de la posteridad. Se olvida con facilidad aquella multitud de muertos que perecieron en batallas sin cuento, no sólo porque es fatalidad inevitable de la guerra, sino porque los que mueren por la suerte de las armas podían también dar muerte a sus enemigos y no caían sin defenderse. Allí donde el peligro y la ventaja son iguales, cesa el asombro e incluso la misma compasión se debilita; pero si un padre de familia inocente es puesto en manos del error, o de la pasión, o del fanatismo; si el acusado no tiene más defensa que su virtud; si los árbitros de su vida no corren otro riesgo al degollarlo que el de equivocarse; si pueden matar impunemente con una sentencia, entonces se levanta el clamor público, cada uno teme por sí mismo, se ve que nadie tiene seguridad de su vida ante un tribunal creado para velar por la vida de los ciudadanos y todas las voces se unen para pedir venganza.

Se trataba, en este extraño caso, de religión, de suicidio, de parricidio; se trataba de saber si un padre y una madre habían estrangulado a su hijo para agradar a Dios, si un hermano había estrangulado a su hermano, si un amigo había estrangulado a su amigo, y si los jueces tenían que reprocharse haber hecho morir por el suplicio de la rueda a un padre inocente, o haber perdonado a una madre, a un hermano, o a un amigo culpables.

Jean Calas, de sesenta y ocho años de edad, ejercía la profesión de comerciante en Toulouse desde hacía más de cuarenta años y era considerado por todos los que vivieron con él como un buen padre. Era protestante, lo mismo que su mujer y todos sus hijos, excepto uno, que había abjurado de la herejía y al que el padre pasaba una pequeña pensión. Parecía tan alejado de ese absurdo fanatismo que rompe con todos los lazos de la sociedad, que había aprobado la conversión de su hijo Louis Calas y tenía además desde hacía treinta años en su casa una sirvienta católica ferviente que había criado a todos sus hijos.

Uno de los hijos de Jean Calas, llamado Marc-Antoine, era hombre de letras: estaba considerado como espíritu inquieto, sombrío y violento. Dicho joven, al no poder triunfar ni entrar en el negocio, para lo que no estaba dotado, ni obtener el título de abogado, porque se necesitaban certificados de catolicidad que no pudo conseguir, decidió poner fin a su vida y dejó entender que tenía este propósito a uno de sus amigos; se confirmó en esta resolución por la lectura de todo lo que se ha escrito en el mundo sobre el suicidio.

Finalmente, un día en que había perdido su dinero al juego, lo escogió para realizar su propósito. Un amigo de su familia y también suyo, llamado Lavaisse, joven de diecinueve años, conocido por el candor y la dulzura de sus costumbres, hijo de un abogado célebre de Toulouse, había llegado de Burdeos la víspera [el 12 de octubre de 1761] y cenó por casualidad en casa de los Calas. El padre, la madre, Marc-Antoine su hijo mayor, Pierre, el segundo, comieron juntos. Después de la cena se retiraron a una pequeña sala: Marc-Antoine desapareció; finalmente, cuando el joven Lavaisse quiso marcharse, bajaron Pierre Calas y él y encontraron abajo, junto al almacén, a Marc-Antoine en camisa, colgado de una puerta, y su traje plegado sobre el mostrador; la camisa no estaba arrugada; tenía el pelo bien peinado; no tenía en el cuerpo ninguna herida, ninguna magulladura.

Pasamos aquí por alto todos los detalles de que los abogados han dado cuenta: no describiremos el dolor y la desesperación del padre y la madre: sus gritos fueron oídos por los vecinos. Lavaisse y Pierre Calas, fuera de sí, corrieron en busca de los cirujanos y la justicia.

Mientras cumplían con este deber, mientras el padre y la madre sollozaban y derramaban lágrimas, el pueblo de Toulouse se agolpó ante la casa. Este pueblo es supersticioso y violento; considera como monstruos a sus hermanos si no son de su misma religión. Fue en Toulouse donde se dieron gracias solemnemente a Dios por la muerte de Enrique III[3] y donde se hizo el juramento de degollar al primero que hablase de reconocer al gran, al buen Enrique IV.[4] Esta ciudad celebra todavía todos los años, con una procesión y fuegos artificiales, el día en que dio muerte a cuatro mil ciudadanos heréticos, hace dos siglos. En vano seis disposiciones del consejo han prohibido esta odiosa fiesta, los tolosanos la han celebrado siempre, lo mismo que los juegos florales.

Algún fanático de entre el populacho gritó que Jean Calas había ahorcado a su propio hijo Marc-Antoine. Este grito, repetido, se hizo unánime en un momento; otros añadieron que el muerto debía abjurar al día siguiente; que su familia y el joven Lavaisse le habían estrangulado por odio a la religión católica: un momento después ya nadie dudó de ello; toda la ciudad estuvo persuadida de que es un punto de religión entre los protestantes el que un padre y una madre deban asesinar a su hijo en cuanto éste quiera convertirse.

Una vez caldeados los ánimos, ya no se contuvieron. Se imaginó que los protestantes del Languedoc se habían reunido la víspera; que habían escogido, por mayoría de votos, un verdugo de la secta; que la elección había recaído sobre el joven Lavaisse; que este joven, en veinticuatro horas, había recibido la noticia de su elección y había llegado de Burdeos para ayudar a Jean Calas, a su mujer y a su hijo Pierre, a estrangular a un amigo, a un hijo, a un hermano.

El señor David, magistrado de Toulouse, excitado por estos rumores y queriendo hacerse valer por la rapidez de la ejecución, empleó un procedimiento contrario a las reglas y ordenanzas. La familia Calas, la sirvienta católica, Lavaisse, fueron encarcelados. Se publicó un monitorio no menos vicioso que el procedimiento. Se llegó más lejos: Marc-Antoine Calas había muerto calvinista y, si había atentado contra su propia vida, debía ser arrastrado por el lodo; fue inhumado con la mayor pompa en la iglesia de San Esteban, a pesar del cura, que protestaba contra esta profanación.

Hay en el Languedoc[5] cuatro cofradías de penitentes, la blanca, la azul, la gris y la negra. Los cofrades llevan un largo capuchón con un antifaz de paño con dos agujeros para poder ver: quisieron obligar al señor duque de Fitz-James, comandante de la provincia, a entrar en su cofradía, pero él se negó. Los cofrades blancos hicieron a Marc-Antoine Calas un funeral solemne, como a un mártir. Jamás Iglesia alguna celebró la fiesta de un mártir verdadero con más pompa; pero aquella pompa fue terrible. Se había colgado sobre un magnífico catafalco un esqueleto al que se imprimía movimiento y que representaba a Marc-Antoine Calas llevando en una mano una palma y en la otra la pluma con que debía firmar la abjuración de la herejía y que escribía, en realidad, la sentencia de muerte de su padre.

Entonces ya no le faltó al desgraciado que había atentado contra su vida más que la canonización: todo el pueblo lo miraba como un santo; algunos le invocaban, otros iban a rezar sobre su tumba, otros le pedían milagros, otros contaban los que había hecho. Un fraile le arrancó algunos dientes para tener reliquias duraderas. Una beata, algo sorda, dijo que había oído un repicar de campanas. Un cura apoplético[6] fue curado después de haber tomado un emético.[7] Se levantó acta de aquellos prodigios. El que escribe este relato posee una atestación de que un joven de Toulouse se volvió loco después de haber rezado varias noches sobre la tumba del nuevo santo sin obtener el milagro que imploraba.

Algunos magistrados eran de la cofradía de los penitentes blancos. Esta circunstancia hacía inevitable la muerte de Jean Calas.

Lo que sobre todo preparó su suplicio fue la proximidad de esa fiesta que los tolosanos celebran todos los años en conmemoración de una matanza de cuatro mil hugonotes;[8] el año 1762 era el año centenario. Se levantaba en la ciudad el tinglado para esta solemnidad; aquello inflamaba más aún la imaginación ya caldeada del pueblo; se decía públicamente que el patíbulo en que Jean Calas sufriría el suplicio de la rueda constituiría el mayor ornato de la fiesta; se decía que la Providencia traía ella misma aquellas víctimas para ser sacrificadas a nuestra santa religión.

Veinte personas han oído este discurso y otros aún más violentos. ¡Y esto en nuestros días! ¡Y en una época en que la filosofía ha hecho tantos progresos! ¡Y en un momento en que cien academias escriben para inspirar mansedumbre en las costumbres! Parece que el fanatismo, indignado desde hace poco por los éxitos de la razón, se debate bajo ella con más rabia.

Trece jueces se reunieron diariamente para sustanciar el proceso. No se tenía, no se podía tener prueba alguna contra la familia; pero la religión engañada hacía veces de prueba. Seis jueces persistieron mucho tiempo en condenar a Jean Calas, a su hijo y a Lavaisse al suplicio de la rueda, y a la mujer de Jean Calas a la hoguera. Otros siete más moderados querían que por lo menos se reflexionase. Uno de los jueces, convencido de la inocencia de los acusados y de la imposibilidad del crimen, habló vivamente en su favor; opuso el celo del humanitarismo al celo de la severidad; se convirtió en el abogado público de los Calas en todos los hogares de Toulouse, donde los gritos continuos de la religión equivocada reclamaban la sangre de aquellos desgraciados. Otro juez, conocido por su violencia, hablaba en la ciudad con tanto arrebato contra los Calas como el primero mostraba entusiasmo en defenderlos. Finalmente el escándalo fue tan fuerte que uno y otro tuvieron que declararse incompetentes; se retiraron al campo.

Pero por una extraña desgracia, el juez favorable a los Calas tuvo la delicadeza de persistir en su recusación, mientras que el otro regresó a la ciudad para dar su voto contra aquellos que debía juzgar; fue este voto el que decidió la condena al suplicio de la rueda, ya que sólo hubo ocho votos contra cinco, después de que uno de los seis jueces opuestos a la sentencia se pasó finalmente, tras muchas discusiones, al partido más implacable.

Parece que, cuando se trata de un parricidio y de condenar a un padre de familia al más espantoso suplicio, el juicio debería ser unánime, porque las pruebas de un crimen tan inaudito deberían ser una evidencia perceptible para todo el mundo: la menor duda en un caso semejante debe bastar para hacer temblar la mano de un juez que se dispone a firmar una sentencia de muerte. La debilidad de nuestra razón y la insuficiencia de nuestras leyes se dejan notar todos los días, pero, ¿en qué ocasión se descubre mejor su defectuosidad que cuando la preponderancia de un solo voto hace morir en el suplicio de la rueda a un ciudadano? En Atenas se necesitaba una mayoría de cincuenta votos para osar dictar una sentencia de muerte. ¿Qué se deduce de esto? Que sabemos, muy inútilmente, que los griegos eran más sensatos y más humanos que nosotros.

Parecía imposible que Jean Calas, anciano de sesenta y ocho años, que tenía desde hacía tiempo las piernas hinchadas y débiles, hubiese estrangulado y ahorcado él solo a un hijo de veintiocho años, de una fuerza superior a la corriente; era absolutamente preciso que hubiese sido ayudado en esta ejecución por su mujer, por su hijo Pierre Calas, por Lavaisse y por la criada. No se habían separado un solo momento la noche de aquella fatal aventura. Pero esta suposición era también tan absurda como la otra: porque, ¿cómo una sirviente que era fervorosa católica habría podido tolerar que unos hugonotes asesinasen a un joven criado por ella para castigarle de amar la religión de aquella misma sirviente? ¿Cómo Lavaisse habría venido expresamente de Burdeos para estrangular a su amigo, de quien ignoraba la pretendida conversión? ¿Cómo una madre amante habría puesto las manos sobre su hijo? ¿Cómo todos juntos habrían podido estrangular a un joven tan robusto como todos ellos, sin un combate largo y violento, sin gritos espantosos que habrían alertado a toda la vecindad, sin golpes repetidos, sin magulladuras, sin ropas desgarradas?

Era evidente que, si se había podido cometer el parricidio, todos los acusados eran igualmente culpables, porque no se habían separado ni un momento; era evidente que no lo eran; era evidente que el padre solo no podía serlo; y, sin embargo, la sentencia condenó sólo a este padre a expirar en la rueda.

El motivo de la sentencia era tan inconcebible como todo lo demás. Los jueces que estaban decididos a condenar al suplicio a Jean Calas persuadieron a los otros de que aquel débil anciano no podría resistir el tormento y que, bajo los golpes de sus verdugos, confesaría su crimen y el de sus cómplices. Quedaron confundidos cuando aquel anciano, al morir en la rueda, tomó a Dios por testigo de su inocencia y le conjuró a que perdonase a sus jueces.

Se vieron obligados a dictar una segunda sentencia, que se contradecía con la primera, poniendo en libertad a la madre, a su hijo Pierre, al joven Lavaisse y a la criada; pero al hacerles notar uno de los consejeros que aquella sentencia desmentía a la otra, que se condenaban ellos mismos, que habiendo estado siempre juntos todos los acusados en el momento en que se suponía haberse cometido el parricidio, la liberación de todos los sobrevivientes demostraba indefectiblemente la inocencia del padre de familia ejecutado, tomaron entonces el partido de desterrar a Pierre Calas, su hijo. Este destierro parecía tan inconsecuente, tan absurdo como todo lo demás: porque Pierre Calas era culpable o inocente del parricidio; si era culpable había que condenarle a la rueda, como a su padre; si era inocente, no debía ser desterrado. Pero los jueces, asustados del suplicio del padre y de la enternecedora piedad con que había muerto, pensaron salvar su honor haciendo creer que concedían la gracia al hijo, como si el perdonarle no hubiese sido una nueva prevaricación; y creyeron que el destierro de aquel joven, pobre y sin apoyo, al carecer de consecuencias, no era una gran injusticia, después de la que habían tenido la desgracia de cometer.

Se empezó por amenazar a Pierre Calas, en su celda, con tratarle como a su padre si no abjuraba de su religión. Esto es lo que atestigua este joven bajo juramento.

Pierre Calas, al salir de la ciudad, encontró a un cura dedicado a hacer conversiones que le hizo volver a Toulouse; fue encerrado en un convento de dominicos y allí se le obligó a practicar todos los ritos del catolicismo: era en parte lo que se quería, era el precio de la sangre de su padre; y la religión, a la que se había creído vengar, parecía satisfecha.

Le fueron quitadas las hijas a la madre, encerrándolas en un convento. Esta mujer, casi regada por la sangre de su marido, que había tenido a su hijo mayor muerto entre los brazos, viendo al otro desterrado, privada de sus hijas, despojada de todos sus bienes, se encontraba sola en el mundo, sin pan, sin esperanza, muriendo de los excesos de su desgracia. Algunas personas, después de un meditado examen de todas las circunstancias de aquella horrible aventura, quedaron tan impresionados que presionaron a la viuda Calas, retirada en su soledad, para que osase acudir en demanda de justicia a los pies del trono. En aquellos momentos aquella mujer no podía tenerse en pie, se extinguía; y además, habiendo nacido inglesa, trasplantada a una provincia de Francia desde su juventud, el mero nombre de la ciudad de París le espantaba. Imaginaba que la capital del reino debía ser aún más bárbara que la del Languedoc. Finalmente, el deber de vengar la memoria de su marido pudo más que su debilidad. Llegó a París a punto de expirar. Quedó asombrada al verse acogida, al encontrar socorros y lágrimas.

En París la razón puede más que el fanatismo, por grande que éste pueda ser, mientras que en provincias el fanatismo domina siempre a la razón.

El señor de Beaumont, célebre abogado del parlamento de París, tomó primero su defensa y redactó una consulta que fue firmada por quince abogados. El señor Loiseau, no menos elocuente, compuso un memorial en favor de la familia. El señor Mariette, abogado del tribunal, escribió un recurso jurídico que llevó la convicción a todas las mentes.

Estos tres generosos defensores de las leyes y la inocencia renunciaron en favor de la viuda al beneficio de las ediciones de sus alegatos. París y Europa entera se conmovieron y pidieron justicia juntamente con aquella mujer infortunada. La sentencia fue pronunciada por todo el público mucho antes de que pudiera ser dictada por el tribunal.

La compasión penetró hasta el ministerio, a pesar del ininterrumpido torrente de los negocios, que a menudo excluye la piedad y, a pesar de la costumbre de ver desgraciados, que puede endurecer aún más el corazón. Las hijas fueron devueltas a la madre. Se vio a las tres, cubiertas de crespón y bañadas en lágrimas, haciéndolas verter a sus jueces.

Pero esta familia tuvo todavía algunos enemigos, porque se trataba de religión. Varias personas, que llaman en Francia devotas,[9] dijeron con altivez que era preferible someter al tormento de la rueda a un viejo calvinista inocente que exponer a ocho consejeros del Languedoc a reconocer que se habían equivocado: se utilizó incluso esta expresión: “Hay más magistrados que Calas”; y se infería de esto que la familia Calas debía ser inmolada en honor a la magistratura. No se pensaba que el honor de los jueces consiste, como el de los demás hombres, en reparar sus faltas. No se cree en Francia que el papa, asistido de sus cardenales, sea infalible: se podría creer igualmente que ocho jueces de Toulouse tampoco lo son. Todo el resto de la gente sensata y desinteresada decía que la sentencia de Toulouse sería anulada en toda Europa aunque consideraciones particulares impedirían la casación en el tribunal.

Éste era el estado de esta asombrosa aventura, cuando ha hecho nacer en la mente de personas imparciales, pero sensibles, el designio de presentar al público algunas reflexiones sobre la tolerancia, sobre la indulgencia, sobre la conmiseración, que el padre Hauteville llama dogma monstruoso, en su declamación ampulosa y errónea sobre estos hechos, y que la razón llama atributo de la naturaleza.

O bien los jueces de Toulouse, arrastrados por el fanatismo del populacho, han hecho morir en la rueda a un padre de familia inocente, lo que es algo sin ejemplo; o bien este padre de familia y su mujer han estrangulado a su hijo mayor, ayudados en este parricidio por otro hijo y un amigo, cosa que no existe en la naturaleza. En uno u otro caso, el abuso de la religión más santa ha producido un gran crimen. Interesa por lo tanto a la humanidad examinar si la religión debe ser caritativa o bárbara.








[1] Transcripción realizada por el Prof. Dr. H. c. Mult. Luis Alberto Pacheco Mandujano, Mg. Sc., profesor de Derecho Penal en la Escuela de Posgrado de la Universidad de San Martín de Porres. El transcriptor quiere aprovechar esta oportunidad para invitar a los lectores a interesarse en conocer el caso de “El Panadero de Lyon”, caso en el cual unos jueces ordenaron la muerte de un panadero acusado de asesinato y después de su ejecución apareció “el asesinado”. Los jueces, por supuesto, nunca aceptaron ni reconocieron el error. Por este aborrecible caso, Voltaire escribió el Libelo de los oprimidos para pedir que se tipifique el delito de homicidio judicial solicitando que se castigue a los jueces con la misma condena.

[2] François-Marie Arouet (1694-1778), más conocido como Voltaire, fue un escritor, historiador, filósofo y abogado francés, que perteneció a la masonería y figura como uno de los principales representantes de la Ilustración, un período que enfatizó el poder de la razón humana y de la ciencia en detrimento de la religión. En 1746 fue elegido miembro de la Academia francesa, en la que ocupó el asiento número 33.

[3] Enrique III de Francia (1551-1589) resultó elegido rey de Polonia en 1573 y luego sucedió a su hermano Carlos IX en el trono francés. Muchos creen que tomó parte activa en la célebre “noche de San Bartolomé” contra los protestantes. Tras haber hecho asesinar al duque de Guisa, fue asesinado a su vez por un fraile dominico llamado Jacques-Clement.

[4] Enrique IV (1553-1610) es el primer monarca de la dinastía borbónica. Estaba casado con Margarita de Valois y, al morir su cuñado –Enrique III–, fue proclamado rey por una parte del ejército. En contra suya estaban los Guisas y la Santa Liga, propiciada por Felipe II y el papa Gregorio XIV. París le cerró sus puertas y no se las abrió hasta que abjuró del protestantismo con el fin de abrazar la religión católica; de ahí la leyenda que le atribuye haber dicho: “París bien vale una misa”. Aseguró a los calvinistas la libertad religiosa con el Edicto de Nantes (revocado por Luis XIV en 1685), expulsó a los jesuitas y murió asesinado por un fanático llamado Ravaillac. Su muerte fue llorada por el pueblo francés, cuyo corazón supo conquistar a pesar del inicial rechazo que le procuraron sus convicciones religiosas. Voltaire le dedicó un poema épico, La Henriada, que compuso mientras estaba prisionero en La Bastilla.

[5] Región francesa situada entre los dominios del macizo central y el mar Mediterráneo, cuya capital era la ciudad de Toulouse.

[6]  Dícese de la persona que sufre de apoplejía, esto es, el síndrome neurológico de aparición brusca que comporta la suspensión de la actividad cerebral y un cierto grado de parálisis muscular. La apoplejía se debe a un trastorno vascular del cerebro, como una embolia, una hemorragia o una trombosis (Nota del transcriptor).

[7]  Emético es el medicamento o sustancia que provoca o estimula el vómito (Nota del transcriptor).

[8] El 17 de mayo de 1562 cuatro mil hugonotes fueron masacrados, tras habérseles engañado induciéndoles a deponer las armas con la promesa de un salvoconducto. Todavía doscientos años después el aniversario de semejante crimen era celebrado solemnemente con una procesión por los católicos, demostrando así que todavía estaban orgullosos de semejante hazaña. Diez años después, la madrugada del día 24 de agosto de 1572, se intentó exterminar a los calvinistas, y esta sanguinaria persecución ha pasado a la historia con el nombre de “la matanza del día de San Bartolomé”.

“Hugonotes” eran llamados los reformados franceses que adoptaban el credo calvinista (partidario de la predestinación), es decir, que suscribían las tesis de Calvino (1509-1564), quien desde Ginebra propagó en Francia su propio credo reformado, bastante crítico con Lutero.

[9]  Voltaire quiere jugar aquí con el significado etimológico de la palabra “devoto”, la cual se deriva del término latino devotos, con el que los romanos designaban a quien decidía sacrificar su vida en aras de la república. Los nuevos “devotos” del catolicismo preferirían sacrificar las vidas ajenas como sustento de su dogmática intolerancia.