viernes, 21 de agosto de 2026

Discurso de Agradecimiento de la Mag. Elena Beatriz Pacheco Mandujano, en representación de sus hermanos, en la Ceremonia de Graduación de los estudiantes de la Promoción 2026-I “Golden Lagacy Luis A. Pacheco Acero” y Homenaje al Dr. Luis Antonio Pacheco Acero

Facultad de Ingeniería Metalúrgica Universidad Nacional del Centro del Perú (UNCP) Huancayo, 20 de agosto de 2026



Señor Decano de la Facultad de Ingeniería Metalúrgica de nuestra Primera Casa Superior de Estudios, la Universidad Nacional del Centro del Perú;

Señores profesores ordinarios y docentes contratados presentes en este acto;

Estudiantes todos, miembros de la promoción;

Señores padres de familia;

Muy querido doctor Luis Antonio Pacheco Acero, mi papá;

Damas y caballeros, muy buenas tardes.



Al iniciar estas palabras, quiero en primer lugar expresar mi gratitud a Dios por haberme bendecido, a mí y a mis hermanos, con dos padres maravillosos: el aquí presente, el doctor Luis Pacheco Acero, y mi madre. Pero el día de hoy quiero hablar exclusivamente de mi padre porque es vuestra promoción la que lleva su nombre.

Mis hermanos y yo nacimos en el seno de un hogar, si bien humilde en lo económico, en lo social y en lo cultural, sin embargo, siempre supimos, gracias a las enseñanzas ejemplificadoras que recibimos de nuestro progenitor y de nuestros abuelos, que son sus padres, siempre supimos —repito— llevar muy en alto el sentido más profundo y el significado más hondo de lo que significa ser digno en la pobreza.

 Recuerdo que de niña, tanto mi abuelito como mi abuelita —el primero de ellos que en paz descanse y mi abuelita, la madre de mi padre, que está a punto de cumplir 98 años de edad, gracias a Dios, y gozando de muy buena salud—, al igual que mi papá, siempre nos enseñaron que el hecho de ser pobres no tenía por qué significar ser desaseados, desordenados, mentirosos o ladrones; sino más bien, por el contrario, teniendo como ejemplo a la Sagrada Familia, es en la pobreza es donde se encuentra la mayor posibilidad de hacer grande la dignidad del ser humano.

Y guiados por ese norte ético, insobornable bajo todo punto de vista, mi padre, mi madre y mis abuelos supieron conducirnos por un camino de rectitud.

Fíjense ustedes —y hago una confesión pública aquí ante todos los que me están escuchando—, mi abuelo, don Lucio Pacheco Pozo, padre de mi padre, que ya se encuentra al lado del Señor, fue un hombre que solamente tuvo segundo grado de primaria y fue obrero textil, tejedor de la hoy desaparecida fábrica Los Andes, que creaba esas maravillosas frazadas que ya no existen, llamadas frazadas “Tigre”. Mi abuelita, todavía entre nosotros, que solamente llegó a tener tercero de primaria, era campesina hija de una también campesina, que a la vez era devota madre y esposa, y de un ferrocarrilero de trato hosco y difícil. Ellos se unieron muy jóvenes y tuvieron tres hijos: el mayor de ellos, mi padre aquí presente, seguido de mi tía Rosa María y luego de mi tía Ana Berta, llamada cariñosamente Anita. Como obrero y campesina, ambos, buscando un mejor futuro para sus hijos, lograron que los tres descendientes llegaran a ser profesionales universitarios: mi padre ingeniero químico, mi tía María trabajadora social y mi tía Anita contadora pública.

Ese enorme salto dialéctico generacional, sin embargo, no significó para ninguno de ellos una expresión de arribismo alguna vez en su vida. ¡Nunca! Por el contrario, significó el motivo de mayor impulso para quienes luego vendrían a llevar en tercera generación adelante el apellido de nuestros abuelos. Nosotros somos Pacheco. Y fue de esa manera entonces que mi padre, al igual que mi madre, nos inculcaron los mejores ejemplos de disciplina y de valores que pudimos haber recibido en una era que ya no existe y que se ha perdido por la relativización en la que vivimos en este anárquico siglo de nihilismo moral; pero que nosotros, y particularmente yo, recuerdo siempre con mucha presencialidad.

Mi padre, ni bien egresó de la Facultad de Ingeniería Química, trabajó en mina. Fue superintendente de planta en Castrovirreyna Huancavelica, una mina ubicada a 5,200 metros sobre el nivel del mar, y como tal, fue secuestrado por las primeras huestes de Sendero Luminoso en 1979, cuando incursionaron en la mina Julcani —que él dirigía— para robarse la dinamita y dejar a mi padre y a los demás ingenieros sumergidos en uno de los socavones más profundos de las galerías de mina, sin linternas, que en aquella época funcionaban en base al fuego que producía el gas acetileno. Y en esas circunstancias, premunido únicamente de los conocimientos que portaba en su maravillosa mente que siempre he admirado, mi padre, muy joven, golpeando con una piedra las tuberías de alimentación de aire de los socavones, y en medio de una oscuridad absoluta, teniendo presente en su recuerdo los planos de la mina, logró salir y guiar a todos sus colegas ingenieros hacia el exterior, logrando salvar la vida. La intención de los terroristas era matarlos y no lo lograron. Por eso fue reconocido y premiado por el Colegio de Ingenieros del Perú tempranamente.

Luego de esas experiencias, más tarde, fue superintendente de planta de una mina llamada Farallón, la cual recuerdo con un poco más de claridad por la edad —era ya el año 1981 hasta el 83—, esta mina estaba ubicada en Chosica, en las alturas de la serranía del departamento de Lima. Y allí, como en Castrovirreyna, Huancavelica, mi padre tuvo la oportunidad de demostrar una y mil veces el profesionalismo que caracterizaba al joven ingeniero que se había forjado con mérito propio, en medio de la escasez, como un gran profesional que se proyectaba a ser, además también, un gran ingeniero.

Después de esas experiencias que forjaron en el campo industrial regresó a Huancayo hacia 1983 y decidió convertirse en profesor auxiliar en la Facultad de Ingeniería Química originalmente, para luego pasar a la Facultad de Ingeniería Metalúrgica. Y desde ese entonces nunca dejó de ser lo que esencialmente ha sido siempre: más que un profesor, un maestro de vida. Y el ejemplo que yo ya veía en la medida en la que iba creciendo era siempre un ejemplo de disciplina, constancia y pundonor. Mi padre se levantaba muy temprano para ir a la universidad a dictar las clases; regresaba por las tardes cargado siempre de una gran cantidad papeles, que eran los exámenes y las prácticas que dejaba a sus estudiantes, los cuales revisaba con pulcro y detallista detenimiento, pues no sólo examinaba en ellos las complejas matemáticas físico-químicas y termodinámicas que quedaban plasmadas en esas hojas, sino también la ortografía de la cual siempre fue un obseso cultor. Esa era su rutina cotidiana de calificación. Al final, por las noches, preparaba sus clases del día siguiente. Generalmente él terminaba esta labor, que era su tarea, hacia las 11 y algo más de la noche, cuando ya nosotros estábamos durmiendo, en una época en la que el movimiento tumultuoso de nuestra aún entonces pequeña ciudad se apagaba alrededor de las 8 ó 9 de la noche. Pero a pesar de la hora, él no se iba a dormir. Era realmente inagotable. ¡Y lo sigue siendo aún! Él se quedaba a estudiar hasta alrededor de las 3 de la mañana porque decía que cada día debía uno actualizarse en los conocimientos. Y luego, muy temprano, despertaba a las 6 de la mañana para alistarse y después de que tomáramos el desayuno antes de que nosotros nos fuéramos al colegio, él partía rumbo a la universidad. Era una vida metódica, una vida disciplinada, plena de horarios casi ingleses.

En medio de esa cotidianidad, cuando alguna vez algunos estudiantes díscolos se atrevieron a ir a mi casa a buscar a mi padre para pretender sobornarle y quebrar su honorabilidad para que les cambiara de notas y los aprobara de mala manera, mi padre los trató como correspondía: con el desprecio que solamente se puede tener por la gente que no respeta los valores de la honestidad. Estos ejemplos están impregnados muy profundamente en mi espíritu, al igual que en el espíritu de cada uno de mis hermanos. Somos cinco: el mayor Luis Alberto, seguido de Víctor Antonio, luego yo, quien les habla, Elena Beatriz, Ana Cecilia y finalmente Jorge Luis. Los cinco también profesionales universitarios.

Hay tanto que decir de mi padre, pero no quiero yo pretender hacer aquí un panegírico biográfico, cosa que corresponderá todavía dentro de algún tiempo más porque, Dios mediante, tenemos Luis Antonio Pacheco Acero todavía para rato y su biografía todavía está escrita hasta la mitad, creo yo. Hay, por tanto, mucho más que decir y escribir. Así que esta es una tarea que queda pendiente.

Pero lo que sí quiero manifestar aquí públicamente en nombre propio y en nombre de mis hermanos, a quienes represento en este acto, es nuestra profunda gratitud a nuestro papá por todo lo que significa para nosotros en nuestra vida, en nuestra existencia. Nosotros somos su reflejo, nosotros somos el barro que fue moldeado por sus comportamientos más disciplinados y tan llenos de eticidad.

Me quedo corta con las palabras y ya no digo más porque la emoción me embarga. Y el día de hoy, que es un día de felicidad, permítanme solamente expresar mi profunda gratitud, en nombre propio y el de mis hermanos, a ustedes, miembros de la promoción, que han decidido honrar a mi padre de la manera como lo han hecho, designando el nombre de la promoción con el nombre entero de mi papá. Muchas gracias por ello. Muchas, muchas gracias. De corazón esperamos que no solamente las enseñanzas técnicas y científicas que han recibido de él y de cada uno de sus profesores sirvan para hacerlos buenos profesionales, sino, sobre todo y ante todo, buenos seres humanos, que es lo que más necesita el país.

El país ha logrado generar, gracias a la proliferación de universidades —una peor que la otra cada vez, y donde son excepciones las verdaderas Casas Superiores de Estudio como nuestra gloriosa UNCP—, mucha más gente que ostenta ahora título profesional. Pero el título profesional no significa necesariamente que también se trate de buenas personas, de buenos seres humanos. Ello viene por otro canal.

Seamos buenos profesionales, pero seamos, y no dejemos jamás de serlo, buenos y mejores seres humanos. Muchos éxitos para vosotros. Reciban nuestros mejores deseos y que Dios y la Virgen los bendiga sempiternamente.

Muchas gracias.







EBPM/lapm



lunes, 20 de abril de 2026

Les guste o no, ¡el APRA nunca muere!

 

“Este no es un día triste para nosotros, es el día inicial de una etapa de prueba para el Partido. Vamos a probar, una vez más, en el crisol de una realidad dolorosa quizá, la consistencia de nuestra organización, la fe en nuestras conciencias y la sagrada perennidad de nuestra causa.

Quien en esta hora de inquietud, de sombrías expectativas inmediatas para nosotros, se sienta acobardado o sin fortaleza, no es aprista. Nosotros no queremos en el Partido apristas que duden de su causa o duden de sí mismos en los momentos de peligro. Nosotros no queremos cobardes. No queremos traidores. Y ser traidor en esta hora, es no sólo ser el Judas que nos vende, sino el cobarde que da paso atrás. Para uno y otro no hay lugar en nuestras filas. Aunque el Partido quedara reducido a lo que fue durante la tiranía de Leguía, nuestro deber nos impone eliminar despiadadamente a todo aquel que atemorizado por la victoria fugaz del fraude y de la usurpación crea que estamos perdidos.

¡No estamos perdidos!... Yo afirmo que estamos más fuertes que nunca. Porque gobernar no es mandar, no es abusar, no es convertir el poder en tablado de todas las pasiones inferiores, en instrumento de venganza, en cadalso de libertades; gobernar es conducir, es educar, es ejemplarizar, es redimir. Y eso no lo harán jamás quienes van al poder sin título moral, quienes carecen de la honradez de una inspiración superior, quienes capturan el Estado como botín de revancha. Ellos mandarán, pero nosotros seguiremos gobernando. Porque nosotros continuamos educando, organizando y dando ejemplo, vale decir, nosotros continuamos redimiendo.”

(V. R. Haya de la Torre. Discurso ante el proceso electoral)[1]

 

 

 

En su reciente columna publicada en el diario Expreso y en su propio blog (https://huevosdeesturion.com/2026/04/20/fin-de-una-epoca/), Fernando Rospigliosi dice que “tres partidos que jugaron un papel determinante en la política peruana desde la década de 1960, han desaparecido en las últimas elecciones y es poco probable que vuelvan a renacer. El Partido Aprista Peruano (PAP), Acción Popular (AP) y el Partido Popular Cristiano (PPC) han perdido su inscripción y, con las nuevas reglas, será muy difícil que recobren vigencia”.

He compartido con Fernando Rospigliosi la enorme, necesaria e histórica tarea de defender –desde la atalaya que me tocó ocupar– a los héroes de la Patria que, desde sus posiciones de miembros de las FF.AA., defendieron al Estado, al sistema democrático y a los mismos peruanos del cruel embate que el terrorismo demencial y asesino planificó y perpetró durante los años ’80 del siglo pasado, sobre todo, y parte de los ’90. Inclusive, desde los márgenes infranqueables que me impone la honrosa condición de ser militante del Partido del Pueblo, llegué a compartir con él muchas de sus atinadas expresiones políticas que me parecieron bien pensadas y encaradas contra el oprobioso y corrupto accionar de los principales enemigos del Perú en estos tiempos: el caviarismo. Y como jurista que soy, también me indigné, como muchos otros peruanos de bien, ante la írrita sentencia impuesta en su contra a petición de la notoriamente psicasténica –en sentido metafórico, por supuesto (no vaya a ser que también quiera querellarme)– exfiscal Delia Espinoza, sentencia carente de contenido jurídico pero pulposamente rebosante de decisión política disfrazada de judicialismo torvo. Pero fue todo ello, repito, y siempre, desde mi posición política de militante aprista. Porque es grandeza política que, entre opuestos, uno pueda convenir en determinados aspectos con el adversario político y hasta trabajar juntos por un bien mayor cuando se ha encontrado afinidad principista de pensamiento y acción. Sin embargo, este no es el caso de ahora, dado que tras haber leído su políticamente innecesaria –me parece– y tremendamente equivocada opinión en su columna semanal, tengo que decir lo que al caso corresponda, manteniendo el mismo respeto que ya he expresado por el oponente, mas siempre guiado por la luz de la ortodoxia doctrinaria que define mi pensamiento y mi conducta.

Según el recientemente electo senador, la derrota del APRA, como la de AP y el PPC, demuestra su eliminación de la historia. Según él, la razón de esa desaparición obedece a que “el Perú sufrió cambios sustanciales en las décadas de 1970 y 1980 en lo económico y lo social, y eso se reflejó inevitablemente en la política. El surgimiento de caudillos al margen de los partidos establecidos, como Ricardo Belmont en 1989 (alcalde de Lima) y Alberto Fujimori en 1990, expresaron esos cambios”. Y líneas más abajo remata diciendo: “la desaparición legal de esos partidos probablemente signifique, esta vez sí, su extinción definitiva”.

Sin embargo, en el mismo texto de su artículo reconoce que “Las izquierdas populistas, desde pro senderistas hasta caviares, carecen de un partido y de líderes consistentes, pero tienen un electorado relativamente estable”. Pero, cómo es posible hablar hoy de prosenderistas vivos y actuantes en el escenario político nacional si, siguiendo la misma lógica de los “cambios sustanciales en las décadas de 1970 y 1980 en lo económico y lo social” que operaron en el Perú y que llevaron a la extinción del APRA, de APP y del PPC, ¿no deberían haber extinguido, también, a Sendero Luminoso y a la izquierda que debieron sucumbir ante tales “cambios”? ¡Por supuesto que sí! Pero al referir su aparentemente bien oxigenada existencia, el señor Rospigliosi dice que no y por eso aún están bastante vivos.

Entonces, si ello es así, ¿cómo se explicaría que el APRA, AP y el PPC sí hayan acabado de ser extinguidos –Rospigliosi dixit–, mientras que Sendero y la izquierda que tienen el mismo origen etario que el APRA, AP y PPC, no hayan sido borrados de la historia, habiendo también ellos experimentado los mismos “cambios sustanciales” a los que nuestro articulista se ha referido en relación a éstos?

¿Qué extraña forma de universalidad nacional podría encontrarse en el hecho de que esos “cambios sustanciales” sólo hubiesen afectado al APRA, AP y PPC, pero no a Sendero ni a la izquierda? ¡Absolutamente ninguna!

La verdad del asunto es que el razonamiento de Fernando Rospigliosi está totalmente equivocado y por eso resulta así de procazmente contradictorio consigo mismo.

El APRA –no voy a referirme a AP ni al PPC– no ha sido eliminado de la historia, como cree Rospigliosi. El APRA ha tenido un duro revés, ciertamente, pero ese revés, que puede hasta identificarse con una contundente derrota –tampoco vamos a tapar el sol con un dedo–, no implica su eliminación de la historia. ¿Por qué? Pues porque el APRA cuenta con tres cosas que ningún otro movimiento político peruano posee: primero, el APRA y el aprismo cuentan con una verdadera doctrina filosófica (plasmada en la Teoría del Espacio-Tiempo Histórico, básicamente, pero también en El Antiimperialismo y el APRA, y Treinta Años de Aprista, entre otros textos producidos por Haya y otros grandes pensadores apristas como Seoane, Heysen, LAS, Townsend, Villanueva, García Salvatecci, Alan García, et al.) que sirve, básicamente, como método para conocer la heterogénea realidad peruana y, a partir de ese conocimiento, proponer auténticas alternativas de solución a los grandes problemas nacionales. Díganme con honestidad, por favor, ¿qué otro movimiento político tiene algo así? ¡Ninguno!

Ese método, en segundo lugar, por su alto grado de efectividad gnoseológico, ha sido sublimado en las consciencias de sus portadores, llegando a convertirse en auto de fe político que unifica, cual cemento articulador, a una gran masa de hombres, mujeres y adolescentes, en torno a un credo que efluvia mística orgánica que cohesiona diferentes personalidades que, sin embargo, se identifican como integrantes de una misma grey. He allí el origen de una militancia que actúa como feligresía. Y que no se desdeñe su número actual, porque el cristianismo nació primero con doce seguidores y, a pesar de sus corsi e ricorsi, a pesar de sus subidas y caídas como aquellas que le fueron brutalmente asestadas por Diocleciano, hoy, tras 20 siglos de historia a cuestas, y pese a los arteros golpes que con potente furia le ha propinado el demonio a la Iglesia Eterna durante los años que van desde el Concilio Vaticano II de 1962 hasta nuestros días, la feligresía sigue siendo. Y cuando Rafael (el Arcángel, por supuesto) derrote al innombrable, la inmarcesibilidad de la cristiandad se impondrá en definitiva sobre el orbe.

Ahora bien, no quiero que se me malentienda y se me acuse de comparar al Partido del Pueblo con el cristianismo. No, no he dicho eso. Y es que el APRA no es religión, ciertamente, pero su doctrina y mística las erigen como si fuera tal. Y es por eso, justamente por eso, que siendo dialéctica como es, volverá a constituir el credo vital que unificará a las masas. ¿Qué otro movimiento político en el Perú, fuera del APRA, posee algo así de potentemente místico como la doctrina que militifica a los apristas? ¡Ninguno! Es más, los otros no tienen militancia vera, porque no tienen credo. Tienen intereses. Y los intereses jamás mistifican ni mucho menos unifican porque, por el contrario, únicamente sirven para crear jaurías en las que el grupo no es sino medio convenido que opera como catapulta del oportunismo individualista que es el fin que cada cual posee en sí mismo. Y el mejor ejemplo contemporáneo de esta verdad incontrovertible es Fuerza Popular, donde no se encuentran sino empleados domesticados –ni siquiera disciplinados– que obran en espera de una retribución por la prestación de sus servicios. En el APRA, por el contrario, es la entrega más absoluta a la causa lo que destaca como idiosincrasia entre los miembros de sus filas, ejecutada sin egoísmos ni individualismos, sino por puro amor destilado en favor del compatriota y del objetivo patrio que, en última instancia, pudiendo ser mediato o inmediato, en fin de cuentas será igualmente, y siempre, trascendente. Por eso la entrega de los seis mil de Chan-Chan en el ’32 y por eso los más de cinco mil caídos entre 1980 y 1995 a manos del terrorismo genocida. Los once mil pudieron haber preferido conservar sus vidas y traicionar, finalmente, la fe. Al fin y al cabo, “más vale perro vivo que león muerto”, según repiten algunos que sin haber leído el Eclesiástico hacen eco de una frase que no se la entiende a cabalidad si no se la complementa con el texto de Juan 15:13, porque, en efecto, “No hay un amor más grande que el dar la vida por el prójimo”. Y el aprista de esencia conoce muy bien el significado de este versículo de bentónica axiología.

¡Eso es militancia verdadera! ¡He allí una grey forjada en crisol de una fe, de un credo que, repito, mistifica y militifica! ¿Acaso Fuerza Popular o cualquier otro movimiento político podría preciarse de algo similar? ¡Jamás!

A aprender bien, señor Rospigliosi.

Tercero, la feligresía del APRA se encuentra dispersa en todo el territorio nacional, dispersión que se concretiza en los comités distritales, provinciales y regionales presentes en todo el país. Hoy que han terminado las elecciones, ¿cuántos “comités” de las empresas políticas que participaron en este proceso quedarán en pie? Ya veremos. Pero me atrevería a anticipar que no pasarán de dos, si acaso uno solo. Y, quizás, ni de uno.

Fuerza Popular no tiene nada de eso, aunque Rospigliosi se esfuerce en escribirlo, por supuesto, sin demostrarlo, porque no podría hacerlo. “El único partido realmente existente hoy en día es Fuerza Popular. Tiene liderazgo, doctrina y equipo”, dice –y se me antoja escucharlo realizando semejante aserción con un jocoso aire de comicidad– el reelegido parlamentario.

“Tiene liderazgo”, asegura de inicio. Pero, ¿cuál, don Fernando? ¿El de Keiko Fujimori? Pero, ¡por favor!, si eso no es liderazgo sino jafatura. Un líder guía, porque inspira mientras desbroza el camino difícil con la potencia de su segadora doctrinaria y va alumbrando la senda con la luz potente de su pensamiento y de su acción. Pero Keiko Fujimori, en cambio... ¡Bueno! Qué se podría decir de una perdularia consuetudinaria que carece de luz y de brillo propios. ¿Líder ella? ¡Jamás! Ella no guía ni inspira nada. Ella ordena, y sus órdenes se ejecutan. Es una pezzonovante, una capitoste. Es la jefa de la organización. Lo que quieran, pero líder, jamás.

Fuerza Popular, “tiene doctrina”, agrega Rospigliosi a paso de caballo de carrera. ¿Ah, sí, cuál? ¿Cuál es la “doctrina” de Fuerza Popular, senador? ¿Dónde está escrita? ¿La conocen sus militantes? Perdón, ¿la conocen sus empleados? ¿Será acaso aquella que don Alberto Q.E.P.D. rezumaba en tres palabras con las que invocaba “honradez, tecnología y trabajo”, artículos lingüísticos en los que él mismo jamás creyó? ¿O será, tal vez que don Fernando esté vislumbrando esos tres fonemas, vaciados ya de contenido axiológico, conceptualmente sintetizados en un término con el que podría –si se lo propusiera– formular la apuesta ideal de un futuro programa doctrinario: pragmatismo? Como fuere, lo apodíctico aquí es que Fuerza Popular no tiene doctrina.

Una doctrina constituye una concepción científica o, por último, metafísica[2] del mundo que, con organicidad y coherencia lógica, propone una teoría gnoseológica que sirva para conocer, comprender y explicar la realidad en la que se vive. Y una vez desarrollada y puesta a prueba, es sobre esa base que se construye un programa de acción. Ni siquiera el pragma que compone el pragmatismo es ajeno a lo antedicho. Pero Fuerza Popular carece de todo esto porque dentro de sus filas no se encuentra a ningún pensador que se haya propuesto ni mucho menos encargado de formar tales ideas, tales pensamientos.

Con esto no quiero decir –faltaba más– que los empleados de Fuerza Popular no tengan inteligencia. Lo que pasa es que, desde los tiempos aurorales de don Alberto y compañía, para pragmáticos vulgares como los fujimoristas, la contemplación pausada y meditada del cosmos, de la realidad, la reflexión teórica y la formación del pensamiento siempre fueron consideradas idioteces onanistas que sólo servían para perder el tiempo. De allí que, en la enormidad de su pequeñez intelectual, el accionar del fujimorismo haya estado caracterizado, históricamente, más bien, por el cálculo oportunista, crematístico y rentista, sin que jamás haya sido guiado en base a principios axiológicos componentes de un auténtico programa doctrinario que tuviese por objetivo la Patria. Así que decir que Fuerza Popular, la versión actualizada del fujimorismo más acerado, “tenga doctrina”, es un blofeo que sabe a broma de mal gusto.

¡Ah! ¡Y “tiene equipo”!, sentenció concluyente don Fernando que, o funge de ingenuo aquí, o es que su triunfo reeleccionario le emocionó de tal manera que le generó un breve espasmo temporo-espacial de desrealización (véase DSM-5-TR, código 300.6 / F48.1).

De manera que, don Fernando, a pesar suyo, de sus correligionarios y de algunos otros oligofrénicos de los muchos que pululan últimamente en la vida política del país, el APRA no ha muerto porque no haya ganado estas elecciones. Le guste o no, ¡el APRA nunca muere!, sépalo bien. Y esto no es muletilla de arenga placera. Tampoco es haka de guerra. Es condena eviterna.

Que “el APRA nunca muere” no sea una muletilla que nos sirva a los apristas como haka, implica la recepción ontológica de una verdad de fe cuyo conocimiento y comprensión trasciende el ámbito de lo puramente material. Por eso somos militancia, porque somos feligresía. No se trata de ilusión onírica ens a se. Tampoco supone esperanza irracional de quien se ve y asume derrotado en algún momento de su existencia. No. Nada de eso. Se trata de la consigna de combate perenne del hombre de fe moderno en cuyas venas mismas discurre el espíritu que le anima a vivir sirviendo y que, con cada quingo encontrado en el camino, echa una vaharada al paso sin permitirse retroceder, porque el camino de la historia siempre es hacia adelante y no hay espacio ni tiempo para mirar atrás, salvo cuando sea necesario tomar el impulso requerido para dar el salto dialéctico.

No sé lo que irá a pasar con AP y con el PPC. Tal vez con ellos Rospigliosi no se equivoque. Pero sí que lo hace con el APRA de Haya de la Torre, es decir, con el APRA que está de vuelta, o sea, con el APRA que fue arrebatado de las manos de los pícaros y viciosos que lo usufructuaron en crematístico inmoral beneficio propio. En una palabra, se trata del APRA que no va a ser barrido de la historia porque está aquí de nuevo para quedarse, por lo menos, cien años más. Lo juro, lo prometo y lo suscribo, hoy, a 20 de abril de 2026.

Rospigliosi, que en su artículo se comporta como el equivocado y arrogante joven Eurímaco (no el de Tucídides sino el de Homero), ha cometido aquí, como en el resto de su texto, otro grave error. Mal por él.

 

 

 



[1] Sic. Haya de la Torre, Víctor Raúl. Obras completas. Tomo 5. Librería Editorial Juan Mejía Baca. Lima, 3ª ed., 1984, páginas 87-90.

[2] Para el presente caso, ya que importa.