viernes, 21 de agosto de 2026

Discurso de Agradecimiento de la Mag. Elena Beatriz Pacheco Mandujano, en representación de sus hermanos, en la Ceremonia de Graduación de los estudiantes de la Promoción 2026-I “Golden Lagacy Luis A. Pacheco Acero” y Homenaje al Dr. Luis Antonio Pacheco Acero

Facultad de Ingeniería Metalúrgica Universidad Nacional del Centro del Perú (UNCP) Huancayo, 20 de agosto de 2026



Señor Decano de la Facultad de Ingeniería Metalúrgica de nuestra Primera Casa Superior de Estudios, la Universidad Nacional del Centro del Perú;

Señores profesores ordinarios y docentes contratados presentes en este acto;

Estudiantes todos, miembros de la promoción;

Señores padres de familia;

Muy querido doctor Luis Antonio Pacheco Acero, mi papá;

Damas y caballeros, muy buenas tardes.



Al iniciar estas palabras, quiero en primer lugar expresar mi gratitud a Dios por haberme bendecido, a mí y a mis hermanos, con dos padres maravillosos: el aquí presente, el doctor Luis Pacheco Acero, y mi madre. Pero el día de hoy quiero hablar exclusivamente de mi padre porque es vuestra promoción la que lleva su nombre.

Mis hermanos y yo nacimos en el seno de un hogar, si bien humilde en lo económico, en lo social y en lo cultural, sin embargo, siempre supimos, gracias a las enseñanzas ejemplificadoras que recibimos de nuestro progenitor y de nuestros abuelos, que son sus padres, siempre supimos —repito— llevar muy en alto el sentido más profundo y el significado más hondo de lo que significa ser digno en la pobreza.

 Recuerdo que de niña, tanto mi abuelito como mi abuelita —el primero de ellos que en paz descanse y mi abuelita, la madre de mi padre, que está a punto de cumplir 98 años de edad, gracias a Dios, y gozando de muy buena salud—, al igual que mi papá, siempre nos enseñaron que el hecho de ser pobres no tenía por qué significar ser desaseados, desordenados, mentirosos o ladrones; sino más bien, por el contrario, teniendo como ejemplo a la Sagrada Familia, es en la pobreza es donde se encuentra la mayor posibilidad de hacer grande la dignidad del ser humano.

Y guiados por ese norte ético, insobornable bajo todo punto de vista, mi padre, mi madre y mis abuelos supieron conducirnos por un camino de rectitud.

Fíjense ustedes —y hago una confesión pública aquí ante todos los que me están escuchando—, mi abuelo, don Lucio Pacheco Pozo, padre de mi padre, que ya se encuentra al lado del Señor, fue un hombre que solamente tuvo segundo grado de primaria y fue obrero textil, tejedor de la hoy desaparecida fábrica Los Andes, que creaba esas maravillosas frazadas que ya no existen, llamadas frazadas “Tigre”. Mi abuelita, todavía entre nosotros, que solamente llegó a tener tercero de primaria, era campesina hija de una también campesina, que a la vez era devota madre y esposa, y de un ferrocarrilero de trato hosco y difícil. Ellos se unieron muy jóvenes y tuvieron tres hijos: el mayor de ellos, mi padre aquí presente, seguido de mi tía Rosa María y luego de mi tía Ana Berta, llamada cariñosamente Anita. Como obrero y campesina, ambos, buscando un mejor futuro para sus hijos, lograron que los tres descendientes llegaran a ser profesionales universitarios: mi padre ingeniero químico, mi tía María trabajadora social y mi tía Anita contadora pública.

Ese enorme salto dialéctico generacional, sin embargo, no significó para ninguno de ellos una expresión de arribismo alguna vez en su vida. ¡Nunca! Por el contrario, significó el motivo de mayor impulso para quienes luego vendrían a llevar en tercera generación adelante el apellido de nuestros abuelos. Nosotros somos Pacheco. Y fue de esa manera entonces que mi padre, al igual que mi madre, nos inculcaron los mejores ejemplos de disciplina y de valores que pudimos haber recibido en una era que ya no existe y que se ha perdido por la relativización en la que vivimos en este anárquico siglo de nihilismo moral; pero que nosotros, y particularmente yo, recuerdo siempre con mucha presencialidad.

Mi padre, ni bien egresó de la Facultad de Ingeniería Química, trabajó en mina. Fue superintendente de planta en Castrovirreyna Huancavelica, una mina ubicada a 5,200 metros sobre el nivel del mar, y como tal, fue secuestrado por las primeras huestes de Sendero Luminoso en 1979, cuando incursionaron en la mina Julcani —que él dirigía— para robarse la dinamita y dejar a mi padre y a los demás ingenieros sumergidos en uno de los socavones más profundos de las galerías de mina, sin linternas, que en aquella época funcionaban en base al fuego que producía el gas acetileno. Y en esas circunstancias, premunido únicamente de los conocimientos que portaba en su maravillosa mente que siempre he admirado, mi padre, muy joven, golpeando con una piedra las tuberías de alimentación de aire de los socavones, y en medio de una oscuridad absoluta, teniendo presente en su recuerdo los planos de la mina, logró salir y guiar a todos sus colegas ingenieros hacia el exterior, logrando salvar la vida. La intención de los terroristas era matarlos y no lo lograron. Por eso fue reconocido y premiado por el Colegio de Ingenieros del Perú tempranamente.

Luego de esas experiencias, más tarde, fue superintendente de planta de una mina llamada Farallón, la cual recuerdo con un poco más de claridad por la edad —era ya el año 1981 hasta el 83—, esta mina estaba ubicada en Chosica, en las alturas de la serranía del departamento de Lima. Y allí, como en Castrovirreyna, Huancavelica, mi padre tuvo la oportunidad de demostrar una y mil veces el profesionalismo que caracterizaba al joven ingeniero que se había forjado con mérito propio, en medio de la escasez, como un gran profesional que se proyectaba a ser, además también, un gran ingeniero.

Después de esas experiencias que forjaron en el campo industrial regresó a Huancayo hacia 1983 y decidió convertirse en profesor auxiliar en la Facultad de Ingeniería Química originalmente, para luego pasar a la Facultad de Ingeniería Metalúrgica. Y desde ese entonces nunca dejó de ser lo que esencialmente ha sido siempre: más que un profesor, un maestro de vida. Y el ejemplo que yo ya veía en la medida en la que iba creciendo era siempre un ejemplo de disciplina, constancia y pundonor. Mi padre se levantaba muy temprano para ir a la universidad a dictar las clases; regresaba por las tardes cargado siempre de una gran cantidad papeles, que eran los exámenes y las prácticas que dejaba a sus estudiantes, los cuales revisaba con pulcro y detallista detenimiento, pues no sólo examinaba en ellos las complejas matemáticas físico-químicas y termodinámicas que quedaban plasmadas en esas hojas, sino también la ortografía de la cual siempre fue un obseso cultor. Esa era su rutina cotidiana de calificación. Al final, por las noches, preparaba sus clases del día siguiente. Generalmente él terminaba esta labor, que era su tarea, hacia las 11 y algo más de la noche, cuando ya nosotros estábamos durmiendo, en una época en la que el movimiento tumultuoso de nuestra aún entonces pequeña ciudad se apagaba alrededor de las 8 ó 9 de la noche. Pero a pesar de la hora, él no se iba a dormir. Era realmente inagotable. ¡Y lo sigue siendo aún! Él se quedaba a estudiar hasta alrededor de las 3 de la mañana porque decía que cada día debía uno actualizarse en los conocimientos. Y luego, muy temprano, despertaba a las 6 de la mañana para alistarse y después de que tomáramos el desayuno antes de que nosotros nos fuéramos al colegio, él partía rumbo a la universidad. Era una vida metódica, una vida disciplinada, plena de horarios casi ingleses.

En medio de esa cotidianidad, cuando alguna vez algunos estudiantes díscolos se atrevieron a ir a mi casa a buscar a mi padre para pretender sobornarle y quebrar su honorabilidad para que les cambiara de notas y los aprobara de mala manera, mi padre los trató como correspondía: con el desprecio que solamente se puede tener por la gente que no respeta los valores de la honestidad. Estos ejemplos están impregnados muy profundamente en mi espíritu, al igual que en el espíritu de cada uno de mis hermanos. Somos cinco: el mayor Luis Alberto, seguido de Víctor Antonio, luego yo, quien les habla, Elena Beatriz, Ana Cecilia y finalmente Jorge Luis. Los cinco también profesionales universitarios.

Hay tanto que decir de mi padre, pero no quiero yo pretender hacer aquí un panegírico biográfico, cosa que corresponderá todavía dentro de algún tiempo más porque, Dios mediante, tenemos Luis Antonio Pacheco Acero todavía para rato y su biografía todavía está escrita hasta la mitad, creo yo. Hay, por tanto, mucho más que decir y escribir. Así que esta es una tarea que queda pendiente.

Pero lo que sí quiero manifestar aquí públicamente en nombre propio y en nombre de mis hermanos, a quienes represento en este acto, es nuestra profunda gratitud a nuestro papá por todo lo que significa para nosotros en nuestra vida, en nuestra existencia. Nosotros somos su reflejo, nosotros somos el barro que fue moldeado por sus comportamientos más disciplinados y tan llenos de eticidad.

Me quedo corta con las palabras y ya no digo más porque la emoción me embarga. Y el día de hoy, que es un día de felicidad, permítanme solamente expresar mi profunda gratitud, en nombre propio y el de mis hermanos, a ustedes, miembros de la promoción, que han decidido honrar a mi padre de la manera como lo han hecho, designando el nombre de la promoción con el nombre entero de mi papá. Muchas gracias por ello. Muchas, muchas gracias. De corazón esperamos que no solamente las enseñanzas técnicas y científicas que han recibido de él y de cada uno de sus profesores sirvan para hacerlos buenos profesionales, sino, sobre todo y ante todo, buenos seres humanos, que es lo que más necesita el país.

El país ha logrado generar, gracias a la proliferación de universidades —una peor que la otra cada vez, y donde son excepciones las verdaderas Casas Superiores de Estudio como nuestra gloriosa UNCP—, mucha más gente que ostenta ahora título profesional. Pero el título profesional no significa necesariamente que también se trate de buenas personas, de buenos seres humanos. Ello viene por otro canal.

Seamos buenos profesionales, pero seamos, y no dejemos jamás de serlo, buenos y mejores seres humanos. Muchos éxitos para vosotros. Reciban nuestros mejores deseos y que Dios y la Virgen los bendiga sempiternamente.

Muchas gracias.







EBPM/lapm



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