“Este
no es un día triste para nosotros, es el día inicial de una etapa de prueba
para el Partido. Vamos a probar, una vez más, en el crisol de una realidad
dolorosa quizá, la consistencia de nuestra organización, la fe en nuestras
conciencias y la sagrada perennidad de nuestra causa.
Quien en esta hora de inquietud, de sombrías expectativas inmediatas para nosotros, se sienta acobardado o sin fortaleza, no es aprista. Nosotros no queremos en el Partido apristas que duden de su causa o duden de sí mismos en los momentos de peligro. Nosotros no queremos cobardes. No queremos traidores. Y ser traidor en esta hora, es no sólo ser el Judas que nos vende, sino el cobarde que da paso atrás. Para uno y otro no hay lugar en nuestras filas. Aunque el Partido quedara reducido a lo que fue durante la tiranía de Leguía, nuestro deber nos impone eliminar despiadadamente a todo aquel que atemorizado por la victoria fugaz del fraude y de la usurpación crea que estamos perdidos.
¡No estamos perdidos!... Yo afirmo que estamos más fuertes que nunca. Porque gobernar no es mandar, no es abusar, no es convertir el poder en tablado de todas las pasiones inferiores, en instrumento de venganza, en cadalso de libertades; gobernar es conducir, es educar, es ejemplarizar, es redimir. Y eso no lo harán jamás quienes van al poder sin título moral, quienes carecen de la honradez de una inspiración superior, quienes capturan el Estado como botín de revancha. Ellos mandarán, pero nosotros seguiremos gobernando. Porque nosotros continuamos educando, organizando y dando ejemplo, vale decir, nosotros continuamos redimiendo.”
(V. R. Haya de la Torre. Discurso ante el proceso
electoral)[1]
He compartido con Fernando ROSPIGLIOSI la enorme, necesaria e histórica tarea de defender –desde la atalaya que me tocó ocupar– a los héroes de la Patria que, desde sus posiciones de miembros de las FF.AA., defendieron al Estado, al sistema democrático y a los mismos peruanos del cruel embate que el terrorismo demencial y asesino planificó y perpetró durante los años ’80 del siglo pasado, sobre todo, y parte de los ’90. Inclusive, desde los márgenes infranqueables que me impone la honrosa condición de ser militante del Partido del Pueblo, llegué a compartir con él muchas de sus atinadas expresiones políticas que me parecieron bien pensadas y encaradas contra el oprobioso y corrupto accionar de los enemigos principales del Perú en estos tiempos: el caviarismo. Y como jurista que soy, también me indigné, como muchos otros peruanos de bien, ante la írrita sentencia impuesta en su contra a petición de la notoriamente psicasténica –en sentido metafórico, por supuesto (no vaya también a querellarme)– exfiscal Delia Espinoza, sentencia carente de contenido jurídico pero pulposamente rebosante de decisión política disfrazada de judicialismo torvo. Pero todo ello lo hice, repito, y siempre, desde mi posición política de militante aprista. Porque es grandeza política que, entre opuestos, uno pueda convenir en determinados aspectos con el adversario político y hasta trabajar juntos por un bien mayor cuando se ha encontrado afinidad principista de pensamiento y acción. Sin embargo, este no es el caso de ahora, dado que tras haber leído su políticamente innecesaria –me parece– y tremendamente equivocada opinión en su columna semanal, tengo que decir lo que al caso corresponda, manteniendo el mismo respeto que ya he expresado por el oponente, mas siempre guiado por la luz de la ortodoxia doctrinaria que define mi pensamiento y mi conducta.
Según el recientemente electo senador, la derrota del APRA, como la de AP y el PPC, demuestra su eliminación de la historia. Según él, la razón de esa desaparición obedece a que “el Perú sufrió cambios sustanciales en las décadas de 1970 y 1980 en lo económico y lo social, y eso se reflejó inevitablemente en la política. El surgimiento de caudillos al margen de los partidos establecidos, como Ricardo Belmont en 1989 (alcalde de Lima) y Alberto Fujimori en 1990, expresaron esos cambios”. Y líneas más abajo remata diciendo: “la desaparición legal de esos partidos probablemente signifique, esta vez sí, su extinción definitiva”.
Sin embargo, en el mismo texto de su artículo reconoce que “Las izquierdas populistas, desde pro senderistas hasta caviares, carecen de un partido y de líderes consistentes, pero tienen un electorado relativamente estable”. Pero, cómo es posible hablar hoy de prosenderistas vivos y actuantes en el escenario político nacional si, siguiendo la misma lógica de los “cambios sustanciales en las décadas de 1970 y 1980 en lo económico y lo social” que operaron en el Perú y que llevaron a la extinción del APRA, de APP y del PPC, ¿no deberían haber extinguido, también, a Sendero Luminoso y a la izquierda que debieron sucumbir ante tales “cambios”? ¡Por supuesto que sí! Pero al referir su aparentemente bien oxigenada existencia, el señor Rospigliosi dice que no y por eso aún están bastante vivos.
Entonces, si ello es así, ¿cómo se explicaría que el APRA, AP y el PPC sí hayan acabado de ser extinguidos –Rospigliosi dixit–, mientras que Sendero y la izquierda que tienen el mismo origen etario que el APRA, AP y PPC, no hayan sido borrados de la historia, habiendo también ellos experimentado los mismos “cambios sustanciales” a los que nuestro articulista se ha referido en relación a éstos?
¿Qué extraña forma de universalidad nacional podría encontrarse en el hecho de que esos “cambios sustanciales” sólo hubiesen afectado al APRA, AP y PPC, pero no a Sendero ni a la izquierda? ¡Absolutamente ninguna!
La verdad del asunto es que el razonamiento de Fernando Rospigliosi está totalmente equivocado y por eso resulta así de procazmente contradictorio consigo mismo.
El APRA –no voy a referirme a AP ni al PPC– no ha sido eliminado de la historia, como cree Rospigliosi. El APRA ha tenido un duro revés, ciertamente, pero ese revés, que puede hasta identificarse con una contundente derrota –tampoco vamos a tapar el sol con un dedo–, no implica su eliminación de la historia. ¿Por qué? Pues porque el APRA cuenta con tres cosas que ningún otro movimiento político peruano posee: primero, el APRA y el aprismo cuentan con una verdadera doctrina filosófica (plasmada en la Teoría del Espacio-Tiempo Histórico, básicamente, pero también en El Antiimperialismo y el APRA, y Treinta Años de Aprista, entre otros textos producidos por Haya y otros grandes pensadores apristas como Seoane, Heysen, LAS, Townsend, Villanueva, García Salvatecci, Alan García, et al.) que sirve, básicamente, como método para conocer la heterogénea realidad peruana y, a partir de ese conocimiento, proponer auténticas alternativas de solución a los grandes problemas nacionales. Díganme con honestidad, por favor, ¿qué otro movimiento político tiene algo así? ¡Ninguno!
Ese método, en segundo lugar, por su alto grado de efectividad gnoseológico, ha sido sublimado en las consciencias de sus portadores, llegando a convertirse en auto de fe político que unifica, cual cemento articulador, a una gran masa de hombres, mujeres y adolescentes, en torno a un credo que efluvia mística orgánica que cohesiona diferentes personalidades que, sin embargo, se identifican como integrantes de una misma grey. He allí el origen de una militancia que actúa como feligresía. Y que no se desdeñe su número actual, porque el cristianismo nació primero con doce seguidores y, a pesar de sus corsi e ricorsi, a pesar de sus subidas y caídas como aquellas que le fueron brutalmente asestadas por Diocleciano, hoy, tras 20 siglos de historia a cuestas, y pese a los arteros golpes que con potente furia le ha propinado el demonio a la Iglesia Eterna durante los años que van desde el Concilio Vaticano II de 1962 hasta nuestros días, la feligresía sigue siendo. Y cuando Rafael (el Arcángel, por supuesto) derrote al innombrable, la inmarcesibilidad de la cristiandad se impondrá en definitiva sobre el orbe.
Ahora bien, no quiero que se me malentienda y se me acuse de comparar al Partido del Pueblo con el cristianismo. No, no he dicho eso. Y es que el APRA no es religión, ciertamente, pero su doctrina y mística las erigen como si fuera tal. Y es por eso, justamente por eso, que siendo dialéctica como es, volverá a constituir el credo vital que unificará a las masas. ¿Qué otro movimiento político en el Perú, fuera del APRA, posee algo así de potentemente místico como la doctrina que militifica a los apristas? ¡Ninguno! Es más, los otros no tienen militancia vera, porque no tienen credo. Tienen intereses. Y los intereses jamás mistifican ni mucho menos unifican porque, por el contrario, únicamente sirven para crear jaurías en las que el grupo no es sino medio convenido que opera como catapulta del oportunismo individualista que es el fin que cada cual posee en sí mismo. Y el mejor ejemplo contemporáneo de esta verdad incontrovertible es Fuerza Popular, donde no se encuentran sino empleados domesticados –ni siquiera disciplinados– que obran en espera de una retribución por la prestación de sus servicios. En el APRA, por el contrario, es la entrega más absoluta a la causa lo que destaca como idiosincrasia entre los miembros de sus filas, ejecutada sin egoísmos ni individualismos, sino por puro amor destilado en favor del compatriota y del objetivo patrio que, en última instancia, pudiendo ser mediato o inmediato, en fin de cuentas será igualmente, y siempre, trascendente. Por eso la entrega de los seis mil de Chan-Chan en el ’32 y por eso los más de cinco mil caídos entre 1980 y 1995 a manos del terrorismo genocida. Los once mil pudieron haber preferido conservar sus vidas y traicionar, finalmente, la fe. Al fin y al cabo, “más vale perro vivo que león muerto”, según repiten algunos que sin haber leído el Eclesiástico hacen eco de una frase que no se la entiende a cabalidad si no se la complementa con el texto de Juan 15:13, porque, en efecto, “No hay un amor más grande que el dar la vida por el prójimo”. Y el aprista de esencia conoce muy bien el significado de este versículo de bentónica axiología.
¡Eso es militancia verdadera! ¡He allí una grey forjada en crisol de una fe, de un credo que, repito, mistifica y militifica! ¿Acaso Fuerza Popular o cualquier otro movimiento político podría preciarse de algo similar? ¡Jamás!
A aprender bien, señor Rospigliosi.
Tercero, la feligresía del APRA se encuentra dispersa en todo el territorio nacional, dispersión que se concretiza en los comités distritales, provinciales y regionales presentes en todo el país. Hoy que han terminado las elecciones, ¿cuántos “comités” de las empresas políticas que participaron en este proceso quedarán en pie? Ya veremos. Pero me atrevería a anticipar que no pasarán de dos, si acaso uno solo. Y, quizás, ni de uno.
Fuerza Popular no tiene nada de eso, aunque Rospigliosi se esfuerce en escribirlo, por supuesto, sin demostrarlo, porque no podría hacerlo. “El único partido realmente existente hoy en día es Fuerza Popular. Tiene liderazgo, doctrina y equipo”, dice –y se me antoja escucharlo realizando semejante aserción con un jocoso aire de comicidad– el reelegido parlamentario.
“Tiene liderazgo”, asegura de inicio. Pero, ¿cuál, don Fernando? ¿El de Keiko Fujimori? Pero, ¡por favor!, si eso no es liderazgo sino jafatura. Un líder guía, porque inspira mientras desbroza el camino difícil con la potencia de su segadora doctrinaria y va alumbrando la senda con la luz potente de su pensamiento y de su acción. Pero Keiko Fujimori, en cambio... ¡Bueno! Qué se podría decir de una perdularia consuetudinaria que carece de luz y de brillo propios. ¿Líder ella? ¡Jamás! Ella no guía ni inspira nada. Ella ordena, y sus órdenes se ejecutan. Es una pezzonovante, una capitoste. Es la jefa de la organización. Lo que quieran, pero líder, jamás.
Fuerza Popular, “tiene doctrina”, agrega Rospigliosi a paso de caballo de carrera. ¿Ah, sí, cuál? ¿Cuál es la “doctrina” de Fuerza Popular, senador? ¿Dónde está escrita? ¿La conocen sus militantes? Perdón, ¿la conocen sus empleados? ¿Será acaso aquella que don Alberto Q.E.P.D. rezumaba en tres palabras con las que invocaba “honradez, tecnología y trabajo”, artículos lingüísticos en los que él mismo jamás creyó? ¿O será, tal vez que don Fernando esté vislumbrando esos tres fonemas, vaciados ya de contenido axiológico, conceptualmente sintetizados en un término con el que podría –si se lo propusiera– formular la apuesta ideal de un futuro programa doctrinario: pragmatismo? Como fuere, lo apodíctico aquí es que Fuerza Popular no tiene doctrina.
Una doctrina constituye una concepción científica o, por último, metafísica[2] del mundo que, con organicidad y coherencia lógica, propone una teoría gnoseológica que sirva para conocer, comprender y explicar la realidad en la que se vive. Y una vez desarrollada y puesta a prueba, es sobre esa base que se construye un programa de acción. Ni siquiera el pragma que compone el pragmatismo es ajeno a lo antedicho. Pero Fuerza Popular carece de todo esto porque dentro de sus filas no se encuentra a ningún pensador que se haya propuesto ni mucho menos encargado de formar tales ideas, tales pensamientos.
Con esto no quiero decir –faltaba más– que los empleados de Fuerza Popular no tengan inteligencia. Lo que pasa es que, desde los tiempos aurorales de don Alberto y compañía, para pragmáticos vulgares como los fujimoristas, la contemplación pausada y meditada del cosmos, de la realidad, la reflexión teórica y la formación del pensamiento siempre fueron consideradas idioteces onanistas que sólo servían para perder el tiempo. De allí que, en la enormidad de su pequeñez intelectual, el accionar del fujimorismo haya estado caracterizado, históricamente, más bien, por el cálculo oportunista, crematístico y rentista, sin que jamás haya sido guiado en base a principios axiológicos componentes de un auténtico programa doctrinario que tuviese por objetivo la Patria. Así que decir que Fuerza Popular, la versión actualizada del fujimorismo más acerado, “tenga doctrina”, es un blofeo que sabe a broma de mal gusto.
¡Ah! ¡Y “tiene equipo”!, sentenció concluyente don Fernando que, o funge de ingenuo aquí, o es que su triunfo reeleccionario le emocionó de tal manera que le generó un breve espasmo temporo-espacial de desrealización (véase DSM-5-TR, código 300.6 / F48.1).
De manera que, don Fernando, a pesar suyo, de sus correligionarios y de algunos otros oligofrénicos de los muchos que pululan últimamente en la vida política del país, el APRA no ha muerto porque no haya ganado estas elecciones. Le guste o no, ¡el APRA nunca muere!, sépalo bien. Y esto no es muletilla de arenga placera. Tampoco es haka de guerra. Es condena eviterna.
Que “el APRA nunca muere” no sea una muletilla que nos sirva a los apristas como haka, implica la recepción ontológica de una verdad de fe cuyo conocimiento y comprensión trasciende el ámbito de lo puramente material. Por eso somos militancia, porque somos feligresía. No se trata de ilusión onírica ens a se. Tampoco supone esperanza irracional de quien se ve y asume derrotado en algún momento de su existencia. No. Nada de eso. Se trata de la consigna de combate perenne del hombre de fe moderno en cuyas venas mismas discurre el espíritu que le anima a vivir sirviendo y que, con cada quingo encontrado en el camino, echa una vaharada al paso sin permitirse retroceder, porque el camino de la historia siempre es hacia adelante y no hay espacio ni tiempo para mirar atrás, salvo cuando sea necesario tomar el impulso requerido para dar el salto dialéctico.
No sé lo que irá a pasar con AP y con el PPC. Tal vez con ellos Rospigliosi no se equivoque. Pero sí que lo hace con el APRA de Haya de la Torre, es decir, con el APRA que está de vuelta, o sea, con el APRA que fue arrebatado de las manos de los pícaros y viciosos que lo usufructuaron en crematístico inmoral beneficio propio. En una palabra, se trata del APRA que no va a ser barrido de la historia porque está aquí de nuevo para quedarse, por lo menos, cien años más. Lo juro, lo prometo y lo suscribo, hoy, a 20 de abril de 2026.
Rospigliosi, que en su artículo se comporta como el equivocado y arrogante joven Eurímaco (no el de Tucídides sino el de Homero), ha cometido aquí, como en el resto de su texto, otro grave error. Mal por él.
