domingo, 3 de enero de 2021

Mensaje por Navidad 2020

 

Hoy celebramos la Navidad de Jesús. ¿Cuántas navidades hemos celebrado, realmente, los seres humanos?

Por lo general la Navidad ha sido siempre sinónimo de regalos vistosos, cenas abundantes, fuegos artificiales, vinos y champagne en la mesa, allí entre quienes han podido tener la fortuna de juntarse en familia para unirse en la Nochebuena de cada año, y, con más humildad entre los hogares pobres, el compartir el pan entre todos los miembros de la familia.

No obstante, en medio de toda la bondad que estos actos puedan haber tenido, las preocupaciones por los medios navideños nos alejaron cada vez más de sus auténticos fines.

Quizás hoy, 25 de diciembre de 2020, viviendo en el centro mismo de una pandemia que parece no tener fecha de término y que, por el contrario, se va agudizando cada vez más con las rápidas y extrañas (evidentemente no naturales) mutaciones del virus que nos ataca, señal clara del fin de los tiempos, y que amenaza la existencia misma de la humanidad, muchos cristianos celebraremos por primera vez el sentido mismo de la Navidad.

Y es que la Navidad no está realmente en nada de lo hecho antes si la celebración misma no recuerda el sentido trascendente de esta simbólica fecha: el nacimiento del Mesías, el Hijo de Dios, Dios mismo hecho hombre, quien vino al mundo por el amor del Padre para traernos un mensaje de esperanza junto a su buena nueva. La Navidad no es, pues, una fecha cívica, no es un feriado del calendario. La Navidad es la fiesta de Jesús que se vino al mundo con amor para entregar su vida por nosotros, borrando nuestros pecados y para mostrarnos el camino a la salvación.

Celebremos hoy la Navidad como nunca antes, con los que están con nosotros y con los que se adelantaron en el viaje y nos observan desde las Alturas.

Que el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo sea derramado en cada hogar del mundo para quedarse entre nosotros.

¡Y un muy feliz cumpleaños a nuestro Salvador!



El Derecho como ciencia


El pasado 6 de noviembre de 2020, la Facultad Interamericana de Litigación de México, institución adscrita a la Universidad de la BIA del país azteca, organizó una actividad académica titulada “El Derecho como ciencia”, en la cual intervinieron el Dr. Miguel Ángel León Untiveros, Profesor de Epistemología en el Doctorado de Filosofía de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos; el Dr. Rubén Pacheco Inclán, Rector de la Facultad Interamericana de Litigación, Profesor de Filosofía, Moral y Derechos Humanos en dicha Casa Superior de Estudios y Presidente de la Barra Interamericana de Abogados; y el Dr. H. c. Múlt. Luis Alberto Pacheco Mandujano, Mg. Sc., Profesor de Derecho Penal y Filosofía del Derecho en la Escuela de Posgrado de la Universidad de San Martín de Porres.

En este evento, el Prof. Pacheco Mandujano ofreció una conferencia titulada “Prolegómenos epistemológicos para una definición científica del Derecho” en la cual puso de relieve los rudimentos mínimos necesarios a ser conocidos para una adecuada comprensión científico-social del Derecho. Aquí, el profesor Pacheco Mandujano no abordó el problema desde una perspectiva neopositivista (como suele suceder en exposiciones de esta naturaleza) ni mucho menos desde ángulos teóricos iusnaturalistas (que él mismo condena por la inherente propensión de tal teoría a recurrir a la retrógrada metafísica que sirve de marco teórico especulativo propia de teólogos y no de epistemólogos, y que hoy resucitan los nostálgicos epígonos del medioevo jurídico bajo el nombre de “neoconstitucionalismo”). Fiel a su estilo dialéctico, desarrolló su cátedra a partir de una consecuente línea de pensamiento dialéctico-científico, presentando interesantes conclusiones que, habiendo sido expuestas previamente en diversos trabajos científicos suyos, son tenidas como valiosas por la comunidad de especialistas en esta materia.



Conferencia: "Argumentación Jurídica en las Resoluciones Judiciales"

 

Conferencia ofrecida por el Prof. Dr. H.c. Mult. Luis Alberto Pacheco Mandujano, Mg. Sc., el 16 de octubre de 2020 en la Facultad Interamericana de Litigación de México.

La conferencia disertada por el reconocido profesor peruano llevó por título “Razonamiento lógico y Argumentación jurídica” y se desarrolló en el marco del Ciclo Interamericano sobre Argumentación Jurídica en las Resoluciones Judiciales que fue organizado por la referida entidad azteca, ente integrante de la Universidad de la Barra Interamericana de Abogados, con la participación de representantes de diversos países de América Latina y Europa.




El papel de los medios de comunicación en el proceso político-social

 


El 18 de noviembre de 2020, por invitación de la Escuela de Posgrado "Sophia" de Lima, el Prof. Luis Alberto Pacheco Mandujano, ofreció una conferencia titulada "El papel de los medios de comunicación en el proceso político-social", a propósito del golpe de Estado diseñado por el oligopolio mediático que controla el 83% de la totalidad de los medios de comunicación en el Perú, auspiciado éste por las mafias empresariales que utilizan el instrumento comunicacional en su favor y beneficio político y económico, ejecutado por la izquierda caviar peruana incubada en los denominados (aunque falsos) partidos "Morado" (color con el que el excongresista Daniel Mora dejó los ojos a su aún esposa), "Frente Amplio" (que de amplio no tiene más que el nombre) y "Nuevo Perú" (que por nuevo entiende lo decimonónico) y agitado por un pueblo adormecido convertido en gigantesca mesnada que, creyendo estar despierta y consciente, actuó sufriente de un obnubilado, soporífero y estupefaciente letargo onírico que, en el colmo de la ignorancia histórica, calificó de "héroes" a dos gamberros, sujetos deshonrosamente comparados con Bolognesi y Grau que fallecieron en extrañas y aún no esclarecidas circunstancias (hecho de lo que hábilmente se ha culpado, para desmoralizarla, a la Policía Nacional del Perú, calificada por los medios como "organización de asesinos") durante las refriegas callejeras, y que terminaron imponiendo como presidente interino del Perú al señor Francisco Sagasti.

La comunicación política es el área de la ciencia política que se ocupa de la producción, difusión, inseminación formativa de la psicología de masas y de la consciencia social, así como de los efectos de su introyección en el imaginario colectivo, desplegada tanto a través de los medios de comunicación masiva, cuanto de los medios interpersonales (sobre todo, ahora, redes sociales), en un contexto político. Su objetivo hácese perverso cuando lejos de contribuir en el necesario e impostergable proceso histórico de liberación de consciencias, se encarga de adormecerlo con la característica de hacer creer a la población que se encuentra despierta y alerta, desempeñando un papel ruin, fariseo, en beneficio de las clases oligárquicas y plutocráticas dominantes que, enarbolando las banderas de la democracia y la transparencia, engañan y confunden al pueblo en cuyo regazo adormecido encuentran legitimación de sus latrocinios y genocidios culturales, educativos y humanos.

Esta conferencia pone de relieve y expone, sin tapujo alguno, todo ello con la intención de abrir los ojos y las consciencias de los peruanos.

jueves, 1 de octubre de 2020

30S y 5A: Semejanzas y diferencias

(Para no olvidar)


Se acaba de consumar en el Perú una nueva y remozada edición de la práctica común de las “democracias” latinoamericanas: recurrir al golpe de Estado cuando los argumentos políticos y jurídicos se acaban y al dictador no le queda más remedio que ejercer la fuerza bruta. No es de sorprender.

Tampoco es de sorprender que el pueblo apoye la medida. Esta es, también, característica de los pueblos adormecidos, embrutecidos, obnubilados de Latinoamérica. El del Perú no es la excepción, lamentablemente.


Pero que el pueblo lo sepa de una buena vez: lo que ha hecho el día de ayer Martín Vizcarra Cornejo es un golpe de Estado. Lo es por una simple razón: ha dicho Vizcarra que la elección realizada por el Congreso de la República del señor Ortiz de Zevallos como miembro del Tribunal Constitucional le ha supuesto una “denegación fáctica de la confianza” que el gobierno esperaba de parte del Parlamento hacia el gabinete ministerial de Del Solar. ¿“Denegación fáctica de la confianza”? ¿Qué novedad jurídica es ésta? ¿Qué nuevo aporte a la doctrina del Derecho peruano ha hecho el ingeniero Vizcarra con este neologismo jurídico? ¡Qué va! Esta no es ninguna novedad ni neologismo jurídico. ¡Es un esperpento grosero y ominoso que agravia la inteligencia jurídica y política de la patria! ¿“Denegación fáctica de la confianza”? Ni al propio Vizcarra se le hubiera ocurrido semejante barbaridad. Vizcarra lo ha superado.

Esa “figura” (si así se puede llamar a ese mamarracho) no existe en el ordenamiento constitucional ni legal del país ni de ningún Estado civilizado que se precie de ser un Estado de Derecho. Pero el pueblo, en mayoría, ignorante todo él en materia de Derecho, ha aplaudido la medida. Al pueblo no le interesa en absoluto el sustrato jurídico de las decisiones políticas. Por el contrario, se defeca en él. El pueblo se comporta aquí como masa, como mesnada. Y no se avergüenza de ello. Su rabia, cólera y hartazgo contra la clase política que representan los congresistas peruanos pueden más y son superiores a cualquier consideración racional de Derecho que debiese primar en las decisiones políticas que afectan la vida y el destino del país. Al pueblo no le importa arrasar con todo. Todo, en su paso abrasivo, está justificado por el mandato popular según el cual “vox populi, vox Dei”. Qué tal pueblo tenemos.

El pueblo no sabe –y tampoco le interesa saberlo– que el proyecto de ley presentado por Vizcarra al Parlamento  para  variar   la   forma   de   elección   de   los  magistrados  del Tribunal Constitucional tenía que pasar previamente por un trámite legislativo que suponía la recepción del proyecto, su derivación a la Comisión de Constitución para su evaluación y eventual aprobación de donde, después, debía pasar al debate en el pleno del Congreso. El pueblo no sabe esto. El pueblo sabe de las ubicaciones de los equipos futbolísticos en la tabla del torneo descentralizado; el pueblo sabe que Yahaira Plasencia engañó a “La foca” Farfán con “el Coto” Hernández (y que hay un vídeo que lo demuestra); el pueblo sabe que Kevin Blow golpeaba brutalmente a Michelle Soifer. El pueblo sabe todas estas naderías, pero no sabe lo importante. Ese es nuestro pueblo.

El pueblo no sabe –y tampoco le importa saberlo– que el trámite que legalmente debía seguir el proyecto de Vizcarra iba a tomar un tiempo, como es natural, por lo que era completamente claro que, en el eventual caso de ser aprobado, las nuevas reglas regirían recién para la elección futura de los aspirantes al Tribunal Constitucional, pero no para la que se estaba desarrollando el día de ayer, 30 de septiembre (30S). Eso no sabe el pueblo y tampoco le importa saberlo.

Vizcarra y don Panta, su premier, que sí saben de estos procedimientos, usaron la figura de la “confianza” para argumentar una supuesta “denegación fáctica” de la misma y proceder al tropel con el cierre del Congreso. Esto, por supuesto, desde el punto de vista constitucional y legal –único punto de vista válido en este asunto– deviene flagrante violación a la Constitución con el consecuente quebrantamiento del Estado de Derecho, además de constituir una retahíla de delitos que deberían ser sancionados con la pena que el hecho amerita. Estamos, pues, viviendo los inicios de un golpe de Estado. Pero, ¿le interesa saber al pueblo de esto? ¡No, en absoluto! ¡A la mierda con el procedimiento legal! Nada de ello importa. Por eso es que las catervas gritan en las calles y celebran absolutamente emborrachados de soberbia tumultuosa. ¿Qué celebran, entonces? ¿La consolidación de la democracia o del Estado de Derecho en el Perú? ¡No, para nada! El pueblo celebra el machacazo ejecutado a la prepo contra quienes se considera ahora “enemigos de la honestidad”; el pueblo ovaciona la venganza en turbamulta, aclama el odio instalado en la consciencia popular, ahora victorioso. El pueblo vitorea el triunfo de su rabia.

Vizcarra, como todo buen dictador, buscó desde el inicio de su incompetente y deplorable gestión gubernativa insuflar el espíritu asqueado del pueblo; azuzó desde Palacio y desde las tribunas que le franquearon las inauguraciones de obras inacabadas –que no son de su gobierno, dicho sea de paso, sino de su traicionado líder PPK e, incluso, que fueron iniciadas en la recta final del período de Humala–; caldeó los ánimos de la población, porque sabía lo necesario que es recurrir a la muchedumbre para consolidar su posición y sentirse “legitimado”. ¡Y lo logró! Este señor no era –lo dije desde el principio– sino un oclócrata disfrazado de demócrata. Es más, la máscara ya se la había quitado cuando, raudo, regresó de Brasil a inicios de año, desairando diplomáticamente al presidente Bolsonaro, para interferir, también inconstitucionalmente, en la decisión tomada por el ex Fiscal de la Nación Gonzalo Chávarry –decisión absolutamente legal por ser de su competencia según la Ley Orgánica del Ministerio Público– de remover a los fiscales Vela y Pérez del caso que les ha servido a ambos para operar políticamente, en nombre de la lucha contra la corrupción, a favor del gobierno y de sus aliados comunistas del IDL y de las siempre divididas bancadas izquierdistas de Frente Amplio, Nuevo Perú y Bancada Liberal.

El pueblo apoya a Vizcarra, no hay duda, y ganó definitivamente esta partida. Empero, qué cosa más curiosa sucede en este país: el pueblo elige a quienes poco tiempo después despotrica. ¡Y a eso le llama “democracia”! Qué tal pueblo tenemos. Es un pueblo que, en distorsionada tradición andina, cree que la democracia es un rimanakuy: el pueblo pone, el pueblo saca. “¡Esta es la verdadera democracia!”, gritan en las calles las hordas de adormecidos que están absolutamente convencidos de que ganaron algo. Según ellos, su “gesta” es comparable con la del pueblo alemán que derribó el muro de Berlín en noviembre del ’89. ¡Ja! No hay punto de comparación.

Y como no podía ser para menos, el grito tiene que expandirse necesariamente a través del universo. Es menester viralizarlo, extenderlo, hacerle eco por medio del facebook, del whatsapp, del twitter, del instagram y de cuanto medio de difusión hoy pueda echar mano la mesnada para hacerse sentir en ese mundo alterno en el que todos opinan de todo, no importa de qué trate el tema, porque todos son expertos en todo y todas las opiniones valen. ¡Qué feliz se siente el pueblo! ¡Qué algarabía, qué orgullo!

¡Ay, carajo! Y creíamos que la edad media se había acabado en América Latina tras la fundación de la república y la reforma agraria. Qué equivocados estábamos. Tienen que pasar cosas como estas para constatar lo que a ojos vista se advierte día a día: este país, en el que no importan el Derecho ni la legalidad sino sólo el statu quo, porque todo aquello vale nada cuando se afirma que “vox populi, vox Dei”, es un país medioeval.

Sí señores, un país medioeval. Un país medioeval con gente que goza, encriptada en sus smartphones, de la tecnología más moderna que jamás antes pudimos imaginar; un país en el que su gente se conecta al mundo por internet, ve televisión por cable, se traslada en coches movilizados con combustibles fósil y alternativos, y conversa con amigos que se encuentran en las antípodas de sus ubicaciones gracias a las redes sociales, y, aun así, no deja de ser un país de espíritu medioeval, al fin y al cabo, porque su consciencia es analfabeta social en esencia, sabiendo leer y escribir. Qué paradoja más desgraciada y nefasta la que nos toca vivir.

El pueblo cree, en suma cuenta, que ganó algo importante echando a los congresistas incompetentes y corruptos que ese mismo pueblo eligió. ¡Qué ironía más cruel! Pero ese pueblo no se da cuenta –no podría, porque es analfabeto social y está adormecido– que por sobre encima de las personas, es la institucionalidad la que debe primar pues sólo sobre ella y con ella se construye un Estado de Derecho y un auténtico sistema democrático. Es decir, el pueblo es incapaz de razonar y pensar, siquiera a nivel individual, diciendo: “a mí no me gustan los congresistas que tenemos y los repudio, pero la institucionalidad está primero y, por ello, debo aprender a elegir buenos representantes la próxima vez”. ¡Imposible! El pueblo cumple muy bien su trabajo: es el pueblo.

El pueblo no sabe, en fin de cuentas, que todas las tiranías, todas las dictaduras, comienzan siempre con el “clamor” y el “apoyo popular”. ¡Pero, por supuesto! Qué se puede  esperar  de  un  pueblo  analfabeto  social: el  pueblo no  ha estudiado  historia nacional, mucho menos historia universal, y es por ello que no tiene ni la menor idea de que Mussolini (—¿Muso quién? —diría la bella Milechi) fue adorado por el pueblo italiano al inicio de su dictadura fascista en 1922, al igual que Hitler en Alemania (—¡Ah! ¿El que fue presidente de Francia en 1800, no? —musitaría Chibolín, con su vocecita también operada el día que le practicaron la lipoescultura,  el “candidato del pueblo” que ya se alista a participar en las elecciones), Gadafi en Libia (—¿Libia?... —preguntaría Mario Hart, forzando una cara de intelectual), Pinochet en Chile (—¡Buen presidente! Puso a Chile en un buen nivel económico —afirmaría la siempre linda Karen Schwarz, saliendo de la unidad de cuidados intensivos de la clínica Ricardo Palma tras haber sido lobotomizada para regresar a la tele), Bánzer en Bolivia, Chávez y Maduro en Venezuela (—¡Ay, por favor! Qué ajco me dan esos señores —sentenciaría con remilgo y acento barranquino Vanessa Terkes, que en el mundo de la farándula local es la más experimentada en materia política) y, por último, Fujimori en nuestro país (—¡Con mi presidente, el mejor del Perú, no te metas! —amenazaría la escultural Laura Bozzo).

Como el 5 de abril de 1992 (5A), el pueblo ha salido a las calles a expresar su  respaldo al dictador. Danzan y bailan alrededor de un becerro de oro versión chola, festejando el cierre de un congreso acusado de ser el portador y causante a la vez de todos los males sociales. ¡Y vaya que lo son! Pero pobre pueblo desmemoriado. No aprendió la lección.

Algo singular diferencia, sin embargo al 5A del 30S: no es que ahora no hayan tanques y tropas militares en las calles, o que el dictador actual no despache desde el Pentagonito. No, eso es lo anecdótico. Diferencia la situación que el 5A la población apoyó al dictador sin saber que era él una incubadora de  corruptela y de cuyas acciones criminales sólo se pudieron confirmar sus responsabilidades personales, políticas y penales, tras su caída el año 2000. En este 30S es imposible, en cambio, que el pueblo no sepa que el nuevo dictador es un corrupto que, apoyado por una fiscalía arrodillada ante el Ejecutivo y por una prensa oligárquica y masiva que escondió en siete idiomas sus delitos cometidos como gobernador regional de Moquegua y como Ministro de Vivienda en el caso “Chinchero”, ha puesto al país en piloto automático desde que inició su gobierno, se abstuvo de gobernar y se dedicó, como factótum de la progresía nacional, a perseguir a sus enemigos políticos acusándolos –y con razón en muchos de los casos, qué duda cabe– de corruptos y miembros de organizaciones criminales existentes gracias a la imposición conceptual de la prensa que se aseguró de hacer realidad la existencia de unos “Cuellos Blancos” que, en la pura verdad, nada más existe en la virtualidad de los papeles judiciales y de las redacciones siempre distorsionadas de la prensa de masas.

Pero en fin, ya estamos en este punto de la historia. Las Fuerzas Armadas y las Fuerzas Policiales se han decantado por apoyar al dictador porque, con seguridad, han visto que el pueblo está “de su lado” y los oficiales superiores de los institutos castrenses no quieren contradecir al pueblo porque, en verdad, no sólo le tienen temor, sino que hace ya largo rato que en el ejército, la marina, la fuerza aérea y la policía nacional, ningún oficial tiene pantalones sino mandiles rosas que los visten y exhiben con orgullo.

Cómo debe estar jaraneándose el diablo en el infierno. ¡A caquinos! ¡Las Fuerzas Armadas y Policiales apoyan ahora a un gobierno usurpador que se ha aupado en la oclocracia y que es sostenido por el comunismo de las glaves, los costas, los debelaunde y demás yerbas del campo.

¡Qué indignante! Las fuerzas armadas (y ahora ya con minúsculas, porque con su accionar ellos mismos se han minusculizado) perseguidas por ese comunismo oenegero que los sentó en el banquillo de los acusados tildándolos de genocidas y de ser autores de crímenes de lesa humanidad (¿ya no recuerdan los vergonzosos casos judiciales de Accomarca o de Cayara?), tampoco parecen tener memoria. ¡Qué indignos! Ellos mismos se la están buscando.

Por no apoyar este quiebre de la institucionalidad ya me estoy ganando el mote de “corrupto”. Claro, en un mundo polarizado donde las neuronas generales sólo alcanzan para pensar en un orbe bipolar –pues si se razonase un poco más allá de este espectro de lo “políticamente correcto” se produciría un corto circuito sináptico–, adjetivos así son de esperar. La verdad sea dicha, sin embargo: me importa un soberano bledo lo que me diga la mayoría; esa dictadura a la inversa. Ya antes, a fines de los años ’80, por el sólo hecho de vestir con zapatillas Reebok y pantalones jeans Levi’s, los sicarios del terror me llamaron “burgués”; a inicios de los ’90, cuando mis compañeros y yo enfrentábamos, parapetados en la cofradía del ARE, a Sendero Luminoso, cara a cara, en la Universidad Nacional del Centro del Perú donde cursaba mis estudios de ingeniería química, fui considerado “furgón de cola de la reacción”. Más adelante, a partir de 1997, cuando había que enfrentar a la dictadura fujimontesinista que defenestró a los magistrados del Tribunal Constitucional que declararon inconstitucional la ley que habilitaba la re-reelección de Alberto Fujimori, fui llamado “terrorista”. Hoy, la mentada de madre más espantosa que se puede recibir en el ámbito político no es ser tildado de “terrorista”, sino de “corrupto”. Siempre hay un adjetivo zahiriente, ad hominem, listo para punzar y desacreditar al enemigo. Y ahora soy enemigo del gobierno. Que venga lo que tenga que venir.

La historia nos ha confirmado en repetidas ocasiones que, como diría el celebérrimo poeta y dramaturgo francés Jean-François Casimir Delavigne, desde los tiempos de Adán, los tontos siempre han estado en mayoría. El tiempo, como siempre, se encargará de darnos la razón y el pueblo tendrá que abrir los ojos cuando, como es de suyo común, sea ya demasiado tarde. Y luego se lamentará y después repudiará a quienes hoy “apoya”, y así sucesivamente, en un infinito movimiento pendular de vergüenza  y falta de memoria y dignidad nacional. ¡Ay pueblo! Pueblo que hoy eres “valiente” apedreando a Tubino y a Becerril, aquellos candidatos por quienes tan sólo hace tres años votaste y que recibieron de tu parte, y mayoritariamente, el favor popular. Eres, pueblo, el tátara tátara tátara tátara tátara nieto de aquellos mismos que, a gritos y con furia, pidieron que Jesús fuese crucificado. ¡Ay pueblo, cómo dueles!

En algo, sin embargo, comparto con el dictador Vizcarra: “Estamos haciendo historia  y esto lo recordarán las siguientes generaciones”. ¡Pero claro que sí! ¡A no dudarlo! Estamos construyendo una historia execrable que será recordada por las siguientes generaciones, tan igual como nosotros recordamos la traición de Mariano Ignacio Prado y su casta civilista.


Lima, 1 de octubre de 2019.

 

 


miércoles, 23 de septiembre de 2020

El deformismo izquierdista de la nueva izquierda

Reflexiones marxistas a partir del libro Los derechos humanos en el siglo XXI. Una mirada desde el pensamiento crítico de Manuel Gándara Carballido 


Wer wird Marx nicht loben?

Doch wird ihn jeder lesen? Nein.

Deshalb, Wir wollen weniger erhoben

Und fleissiger gelesen sein![1]

 

 

 

Las ciencias sociales, desde un punto de vista epistemológico, se diferencian de las ciencias formales[2] y de las ciencias naturales[3] por varias razones, ora por el método de estudio ora por la lógica de sus investigaciones ora por la certeza de sus resultados.

En cuanto a lo primero, caracterizan a las ciencias sociales –cuyos objetos de estudios se expanden casi hasta el infinito en tanto y en cuanto se vinculan, básicamente, con acontecimientos de orden cultural[4]– los métodos de estudio e investigación basados, sobre todo, en procedimientos inferenciales de carácter dialéctico (inductivo-deductivo) que obligan al investigador a no prescindir de una observación permanente del facto social sobre el cual trabaja, el mismo que se halla en situación de inalterable transformación. Así pues, construir una “ciencia social” en función de nada más que ideas en lugar de recurrir a la tal observación, implicaría un contrasentido epistemológico que produciría nada más que ideología sazonada y edulcorada con, tal vez, un pseudolenguaje científico mezclado con fraseología social. Este resultado, por supuesto, no es ciencia; es cualquier cosa, menos ciencia.[5]

Esta caracterización básica de la epistemología de las ciencias sociales es la que ha devenido guía permanente para la consolidación teórica y científica de los más encumbrados y serios científicos sociales que, como en el caso de Carlos Marx, se alejaron de aquellas posturas idealistas que, provinieren de Kant[6] o de Hegel,[7] elaboraban complicados intentos de comprensión y explicación de los fenómenos sociales únicamente en función de reflexiones teóricas, todo lo que, al final de cuentas, terminaba produciendo no más que metafísica social que, en el mejor de los casos, cuando no engendraba desbarros, desembocaba en la formación de ideologías diversas que el propio Marx, al igual que su inseparable compañero de vida Engels, condenaron al calificarlas de “falsa consciencia de la realidad”[8] por llevar al investigador a encontrar nada más que realidades que no eran sino –como lo siguen siendo aún hoy– apariencias engañosas, ficciones de la mente.

Frente a estos desvíos de la investigación filosófica y científica, insurgió el materialismo científico, el materialismo marxista, para superar tales concepciones, para lo cual hundió sus raíces en el terreno de lo real concreto para elaborar un totémico edificio teórico de entendimiento de la realidad, edificio teórico según el cual las ideas no son la fuente creadora de dicha realidad sino, por el contrario, sólo constituyen el reflejo de la actividad social en el proceso de producción,[9] entendimiento con el cual la realidad deja de ser sólo un objeto de interpretación de la actividad pensante y, más bien, deviene resultado dialéctico de la labor transformadora que realiza el hombre durante su vida a lo largo de la historia, pero sobre la base de un conocimiento cierto de dicha realidad.

Es en este marco que la XI tesis sobre Ludwig Feuerbach postuló que “los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.[10] Con tan brillante axioma se entiende, ciertamente, la necesidad de que la actividad intelectual sea transformadora y revolucionaria, pero sin desembocar por ello en una tergiversación simplista que convierta esta magnífica sentencia en una agitadora arenga convocante a la construcción de ideologías en función de aparentes concepciones científicas. Muy por el contrario, en dicha tesis debe comprenderse que es sobre la base del conocimiento científico, del conocimiento de la realidad tal como ella es (episteme) y no como nos parece que es (ideología, pura doxa), que el hombre debe realizar su praxis social creadora y transformadora. Este es un aspecto puntual de la epistemología dialéctica que no debe perderse de vista por cuanto los efectos de una y otra interpretación desaguan en resultados analítico-sociales absolutamente diferentes, que es precisamente lo que marca la diferencia fundamental entre un marxismo deformado y un marxismo epistemológico consecuente.

Federico Engels, el mayor marxista del mundo después de Marx y antes que Lenin, precisó al respecto y en forma muy clara y explícita que “el desenvolvimiento político, jurídico, filosófico, religioso, literario, artístico, etc., se basa sobre el desarrollo económico. Pero estos elementos interactúan entre sí y también vuelven a actuar sobre la base económica. No es que la situación económica sea la causa, y lo único activo, mientras que todo lo demás es pasivo. Hay, por el contrario, interacción sobre la base de la necesidad económica, la que en última instancia siempre se abre camino... De modo que no es que, como imaginan algunos por comodidad,[11] la situación económica produzca un efecto automático. Los hombres hacen su propia historia, sólo que en medios dados que la condicionan, y en base a relaciones reales ya existentes, entre las cuales las condiciones económicas –por mucho que puedan ser influidas por las políticas e ideológicas– siguen siendo las que deciden en última instancia, constituyendo el hilo rojo que las atraviesa y que es el único que conduce a comprender las cosas”.[12] Así quedó zanjado el tema relativo a la comprensión del segundo caso mencionado líneas antes: el caso del marxismo epistemológico consecuente.

Por el contrario, en el primer caso, el de los socialismos deformados, encontramos a los falsificadores del marxismo, aquellos que, en diversas formas, han tergiversado, a conveniencia intelectual o política, el gran pensamiento de Carlos Marx.

En el siglo XX, por ejemplo, uno de esos impostores fue Antonio Gramsci, quien acentuó su preocupación en la actividad de la superestructura sobre la base económica de la sociedad, llegándola a considerar ya no relativamente autónoma de esta última, sino activa e independiente de ella. Como consecuencia natural de su accionar, Gramsci inició de esta manera, en Italia, la descomposición confusionista del materialismo histórico con, irónicamente, una fraseología teórica que llevaba la etiqueta de ser “marxista”.

En esta línea de deformación ideológica, influenciado por Benedetto Croce, Gramsci redefinió, desfigurando el sentido orientador dialéctico del materialismo social de Marx, el concepto de superestructura considerándola una “superestructura cultural” en cuyo centro gravitante colocó el concepto del “poder hegemónico”, el cual explicaba como el instrumento de control cultural de las masas y de todas las clases sociales. “Según ese concepto, el poder de las clases dominantes sobre el proletariado y todas las clases sometidas en el modo de producción capitalista, no está dado simplemente por el control de los aparatos represivos del Estado pues, si así lo fuera, dicho poder sería relativamente fácil de derrocar (bastaría oponerle una fuerza armada equivalente o superior que trabajara para el proletariado); dicho poder está dado fundamentalmente por la ‘hegemonía’ cultural que las clases dominantes logran ejercer sobre las clases sometidas, a través del control del sistema educativo, de las instituciones religiosas y de los medios de comunicación. A través de estos medios, las clases dominantes ‘educan’ a los dominados para que estos vivan su sometimiento y la supremacía de las primeras como algo natural y conveniente, inhibiendo así su potencialidad revolucionaria. Así, por ejemplo, en nombre de la ‘nación’ o de la ‘patria’, las clases dominantes generan en el pueblo el sentimiento de identidad con aquellas, de unión sagrada con los explotadores, en contra de un enemigo exterior y en favor de un supuesto ‘destino nacional’. Se conforma así un ‘bloque hegemónico’ que amalgama a todas las clases sociales en torno a un proyecto burgués”.[13]

Este punto resulta centralmente importante en la teoría social gramsciana porque tras lo expuesto, el profesor italiano llegó a plantear que el momento revolucionario aparece, por tanto, en la superestructura y no en la fractura crítica de la base económica, que es lo que la historia ha demostrado que sucede siempre y que Marx, con la agudeza observacional que le caracterizaba, había explicado correctamente en su Prólogo de la Contribución a la Crítica de la Economía Política de 1859: “Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de revolución social. Al cambiar la base económica, se revoluciona, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella.[14]

En este punto debo hacer una necesaria precisión: no es que quiera convertir la palabra de Marx en sacrosactum verbum, pues el hijo de Tréveris no fue precisamente un santo profeta;[15] empero, no podemos dejar de reconocer el gran acierto epistemológico de la evaluación cuidadosamente metódica que, verificada en el estudio de la historia de la humanidad, se encuentra en la gran obra del dúo Marx-Engels, presente entre su mayor producción intelectual individual y conjunta, ratificada además con el innumerable acumulado de cartas en las cuales ambos compusieron fijezas puntuales a sus razonamientos científico-dialécticos.

Hecha esta precisión, nos es posible aseverar que si bien Gramsci advertía el carácter subordinado de la superestructura a la base económica, sin embargo su reconocimiento no fue sino, como todo reconocimiento hipócrita, meramente formal y no substancial, pues finalmente terminó otorgando a lo secundario (la superestructura) un papel primario que, en verdad, no posee, ya que la consciencia social deviene determinada dialécticamente, en última instancia, por las condiciones materiales de existencia, lo cual ha sido comprobado históricamente desde hace ya muchos años.

Salta a la vista y a la razón, por tanto, que al viciar el contenido teórico de la gran obra de Marx, Gramsci cumplió para el marxismo el mismo papel que Liebmann desempeñó para el kantismo: mientras éste centró su atención en una interpretación idealista del fenómeno en la teoría kantiana, llegando así a deformar la obra de Kant, desfiguración a la que se conoce con el nombre de neokantismo; Gramsci formuló una elucidación también idealista de la superestructura,[16] llegando a fundar una tergiversación del marxismo a la cual se le conoce con el nombre de neomarxismo, del cual provienen casi todas las nuevas izquierdas del mundo y sus intelectualoides contribuyentes del confusionismo teórico.

Sobre la base de esta corriente es que reposa el fundamento teórico de pensadores tales como Boaventura de Sousa Santos y su concepto de “descolonización del saber” que no es sino la idea consecuentemente heredera, en línea directa, del “poder hegemónico” de Gramsci. Incluso, desde la misma línea de pensamiento, provienen los desarrollos teóricos surgidos al interior de la Iglesia católica conocidos con el nombre de Teología de la liberación, resultado de la infiltración neomarxista en los claustros eclesiales, fundamentalmente jesuitas, donde el concepto teosociológico de la “maldad estructural” acuñado por Walter Wink y seguido por Leonardo Boff, Ernesto Cardenal y el peruano Gustavo Gutiérrez, llega a ser primo-hermano de la antedicha idea de la “descolonización del saber” e hijo natural de ese ya citado meloso concepto del “poder hegemónico”.

Ahora bien, el problema no radica en lo que los intelectuales quieran pensar. El problema estriba en este hecho: ¿son estos intelectuales objetivos o, para mal, son intelectuales ideologizados? He allí el problema cuya resolución expondrá abiertamente que los primeros nos aproximan más y mejor a la realidad tal cual ella es, mientras que los segundos nos alejan de ésta al arrojarnos al seol donde moran los credos ideológicos, esto es, al mundo de las creencias falsas que, como toda superchería, se encuentran absolutamente apartadas de la realidad –por eso son creencias, ideología–, embelecos que los epígonos del intelectualismo ideológico contrabandean haciéndolos pasar como “conocimiento científico”, no siéndolo realmente. He allí el problema.

Es precisamente en esta línea de alucinación hipnagógica que, para justificar sus productos ideológicos, los súcubos del pensamiento dialéctico que sobrevinieron tras la falsificación del marxismo científico, tergiversaron también el sentido de la finalidad epistemológica de la ciencia, a la que dotaron de un supuesto elemento de “no neutralidad” en la comprensión de la realidad. Así obtuvieron un engendro terrorífico, resultado fraudulento de la ciencia que no llegaría a ser y que, sin embargo, pretendieron hacerlo pasar como científico.

Es de esta manera como estos neomarxistas han querido dotar a la ciencia de una característica extraña a ella: “la ciencia también es la verdad de un tiempo” que, por lo tanto, deviene parte integrante de la superestructura.[17] En consecuencia, como elemento superestructural que supuestamente es, la ciencia no podría ser “neutral” sino tendría que asumir una posición política y social explícita para servir a una clase determinada.[18] Esta posición anticientífica, que no la habría aceptado ni siquiera Marx en su época,[19] es refutada contundentemente por epistemólogos serios, pensadores no ideologizados como, por ejemplo, el profesor Jesús Mosterín, quien desbaratando semejante estulticia neomarxista, con mucha certeza apunta lo siguiente: “el capitalismo no tiene absolutamente nada que ver con la cuestión de la racionalidad teórica. En la Unión Soviética, en donde yo he sido profesor, momentos antes que cayese el socialismo, en los momentos en que era más comunista, se hacía exactamente el mismo tipo de ciencia que se hacía en Occidente. Precisamente en los momentos del régimen soviético, varios de los físicos y matemáticos soviéticos estaban en su etapa de máximo esplendor, más que ahora. Es decir, que el tipo de matemática, de física, de química, de ciencia que se hiciera en la Unión Soviética o en cualquier otro sitio del mundo actual no tiene absolutamente nada que ver con la diferencia entre capitalismo y socialismo. Yo no sé si al hablar de economía, estaríamos de acuerdo o no, pero aquí yo no estoy hablando de economía, sino estoy hablando de racionalidad teórica y de ciencia, y entonces repito que en todos los países socialistas que ha habido en el siglo XX, y no conozco que haya habido países socialistas en otros siglos, no se ha practicado un tipo de ciencia y de racionalidad teórica distinta a la del capitalismo. La racionalidad teórica es una invariante respecto a sistemas económicos”.[20]




Los pensadores pueden, reitero, creer en lo que quieran creer. El asunto no pasa, sin embargo, por sus credos personales, sino por el hecho de que en el momento en el que ellos emprendan una tarea de corte científico deban hacer ciencia, esto es, deban procurar conocer la realidad de manera metódica, metodológica, sistemática y ordenada, bajo guía de parámetros epistemológicos que nos permitan conocer la realidad tal-como-ella-es. Bien dice, por eso, el recientemente desaparecido profesor Mosterín: “El primer deber de los intelectuales es ser intelectualmente honestos y reconocer la realidad tal como es. No es una cuestión de poder, no es una cuestión de sojuzgar a nadie”.[21] Para ello es necesario partir del reconocimiento de los hechos tal como ellos son. Toda interpretación ideológica previa de los hechos conllevará a reflexiones ricas en galimatías y resultados teóricos desbordantes de pus metafísica. Eso, reitero, no es ciencia. La ciencia, pues, es neutra y debe serlo siempre. Sólo así asegurará su poder de conocimiento de la realidad.[22]

La racionalidad gramsciana, catalogada con razón por la epistemología contemporánea como una teoría formal de la racionalidad creencial,[23] es teoría en cuanto a su forma y nada más, por cuanto su contenido –irracional e ideológico como es– adolece de substancia epistemológica al haber remplazado lo real que se encuentra en los hechos, con reflexiones y análisis teóricos altamente cargados de creencias ideológicas. Del falsificador Gramsci habría que concluir, pues, con Engels, diciendo que: “si este hombre no ha descubierto todavía que si bien la forma material de la existencia es el primum agens (causa primera) esto no excluye que los dominios ideales vuelvan a actuar a su vez sobre ella, aun cuando con efecto secundario, entonces posiblemente puede no haber entendido el tema acerca del cual escribe”.[24]

Los herederos intelectuales de este caballero, los neomarxistas, como manifiestamente lo es Manuel Gándara Carballido, autor del libro Los derechos humanos en el siglo XXI. Una mirada desde el pensamiento crítico, se incluyen en un mismo catálogo de fariseos. De manera bastante particular, este señor, cuyo pensamiento en torno a la economía y a la politización de los derechos humanos sigue la ya advertida línea de fracaso, llega a obtener resultados que no son sino más que una magnífica retórica encendida con palabrerías sensibles que pretenden llegar al corazón de “los más necesitados del mundo, los olvidados de la tierra”, desatendiendo el hecho de que el hacer científico no es asunto de sensiblerías porque la ciencia no es poesía, ni novela de drama: la ciencia verdadera es “un sistema de conceptos acerca de los fenómenos y leyes del mundo externo o de la actividad espiritual de los individuos... cuyo contenido y resultado es la reunión de hechos orientados en un determinado sentido, de hipótesis y teorías elaboradas y de las leyes que constituyen su fundamento, así como de procedimientos y métodos de investigación [todo lo cual] permite prever y transformar la realidad en beneficio de la sociedad”,[25] o, como diría con mucha precisión, también, Ander-Egg, “la ciencia es un conjunto de conocimientos racionales, ciertos o probables, que, obtenidos de manera metódica y verificados en su contrastación con la realidad, se sistematizan orgánicamente haciendo referencia a objetos de una misma naturaleza, cuyos contenidos son susceptibles de ser transmitidos”.[26]

A las falacias en las que incurre Gramsci para fundar la corriente del neomarxismo debe sumarse, asimismo, la teoría del criticismo que tiene su origen en la Escuela de Frankfurt, brillantemente representada por Theodor Adorno y Max Horkheimer, quienes, de modo similar al profesor italiano, distorsionan la teoría marxista al fusionarla con sus orígenes hegelianos, llegando a producir una suerte de hegeliano-marxismo teórico que recurre al uso de un discurso dialéctico que, en última instancia, como el perro que muerde su propio rabo, resulta contradictorio, pues sabido es que la dialéctica de Hegel y la de Marx difieren no sólo en el método sino “en todo”.[27]

Uno puede adherirse o no a los referentes teóricos que desee, pero, reitero, no será honesto –intelectualmente hablando– quien pretenda hacer pasar como científico lo que no es sino guirigayez ideológica.

 

 

Luis Alberto Pacheco Mandujano

Lima, primavera del 2020

 

 

 

 

 



[1] Parafraseo del exordio que se encuentra en el prólogo de la primera edición del libro Karl Marx’ Oekonomische Lehren de Kautsky (1886): Wer wird nicht einen Klopstock loben? / Doch wird ihn jeder lesen? – Nein. / Wir wollen weniger erhoben, / und fleißiger gelesen sein.

[2]  Lógica y matemática.

[3]  Física, química y biología, entre otras, principalmente.

[4] Considérese que la cultura no es una entidad autónoma, ahistórica ni atemporal, sino, en síntesis, es el fruto de la intervención transformadora de la naturaleza que el hombre ejercita en su proceso social de producción creadora.

[5] Y, sin embargo, en la “Entrevista del siglo”, el señor Guzmán se empecinaba, con la fuerza de su autoridad de “Presidente Gonzalo” –es decir, con ninguna autoridad científica, amén de la fuerza de terror que ejercía sobre sus acríticos adeptos–, en asegurar que “la ideología del proletariado, la gran creación de Marx, es la más alta concepción que ha visto y verá la Tierra; es la concepción, es la ideología científica que por vez primera dotó a los hombres, a la clase principalmente y a los pueblos, de un instrumento teórico y práctico para transformar el mundo… Quisiera resaltar de paso esto: es ideología pero científica. Sin embargo deberíamos comprender muy bien que no podemos hacer concesión alguna a las posiciones burguesas que quieren reducir la ideología del proletariado a un simple método, pues, de esa manera se la prostituye, se la niega” (sic. El Diario, Entrevista en la clandestinidad. Presidente Gonzalo rompe el silencio. Año IX, N° 490, Lima, 24 de julio de 1988, página 7). Qué más se podía esperar de la “Cuarta espada de la revolución” que no fuera sino pura inepcia, presentada con maoísta lenguaje encrispado.

[6] Para quien la realidad se reduce a la aprehensión del fenómeno que, si bien surge por impulso del noúmeno (la cosa en sí), viene a ser determinado por la actividad apriorística mental que forma juicios de conocimiento en forma aislada de la realidad externa. Dicho de otra manera, para Kant la realidad no es la cosa en sí (la materia); la materia, según su parecer, no determina la realidad en sí misma, pues si bien ella existe objetivamente, sin embargo carece de sentido –Kant dixi– sin una mente que la piense, con lo cual es el pensamiento el que determina la realidad de la cosa, de la materia. El ser de las cosas, por tanto, no está en las cosas en sí mismas, sino en el pensamiento que las define.

[7] Cierto es que el gran genio de Hegel redescubrió el valor gnoseológico de la dialéctica; no obstante, la dialéctica en él, como bien lo reseñaba Marx, se encontraba “cabeza abajo”, pues asumía que la realidad es el resultado del espíritu en movimiento, espíritu que es la fuente, el demiurgo del que surge dicha realidad que no es más que la forma fenoménica de la idea (cfr. Marx, Carlos, El Capital, tomo I, traducción de Floreal Mazía, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1973, página 31). No se equivoca, pues, Eduardo Vásquez, al precisar que “Hegel muestra la derivación del concepto del contenido total de la ciencia. El objeto está inmanente en la conciencia, es espíritu en sí mismo en su exteriorización progresiva sacando diferencias de sí mismo en virtud de la negatividad intrínseca a la identidad. Es la contradicción inherente al concepto que produce un nuevo objeto al sustituir el anterior y al mismo tiempo mantiene la verdad sostenida” (sic. Vásquez, Eduardo, La ciencia según Hegel, en: Revista Filosofía, Nº 19, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 2008, ISSN: 1315-3463, página 91).

[8] Sic. Marx, Carlos, Carta de Engels a F. Mehring, en: Marx, Carlos y Engels, Federico, Obras escogidas en dos tomos, tomo II, Editorial Progreso, Moscú, 1955, página 499.

[9] El gran descubrimiento de un Marx consecuente con su materialismo dialéctico aplicado a la realidad social (de donde surge el materialismo histórico) estriba en haber descubierto que “... en la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción, que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se erige la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia...” (sic. Marx, Carlos. “Prólogo de la Contribución a la Crítica de la Economía Política”, en: Marx, Carlos y Engels, Federico, Obras escogidas en dos tomos, tomo I, Editorial Progreso, Moscú, 1955, página 343).

[10] Sic. Marx, Carlos, “Tesis sobre Feuerbach”, en: Marx, Carlos y Engels, Federico, Obras escogidas en dos tomos, tomo II, Editorial Progreso, Moscú, 1955, página 403.

[11] Marcadamente los denominados marxistas economicistas y los detractores y falsificadores del marxismo.

[12] Sic. Marx, Carlos y Engels, Federico, Correspondencia. Editorial Cartago, página 412. El agregado aclaratorio y el resaltado en negritas son míos.

[13]  Sic., Gramsci, Antonio, en: https://es.wikipedia.org/wiki/Antonio_Gramsci#Materialismo_hist%C3%B3rico, consultada el 08 de julio de 2020.

[14] Sic. Marx, Carlos. “Prólogo de la Contribución a la Crítica de la Economía Política”, en: opus cit., página 343. El resaltado en negritas es mío.

[15] Como le llamaba, sarcásticamente, el charlatán Schumpeter. Al respecto, cfr. Schumpeter, J. A., Capitalismo, socialismo y democracia, tomo I, Ediciones Orbis, S. A., Barcelona, 1986, páginas 29 a 32.

[16] Producto de la influencia que recibió de Croce.

[17] Según Gramsci, el marxismo era “verdadero” en un sentido pragmático social, esto es, en que, al articular la consciencia de clase del proletariado expresaba la “verdad” de su época mejor que ninguna otra teoría. “El marxismo también es una superestructura –proclama el traidor Gramsci, lo que quiere decir que no es exactamente la verdad, sino un punto de vista que, como todo punto de vista, puede tener sus falacias”. Con semejante pensamiento, Gramsci se presenta así como un marxista que reconoce su militancia marxista de palabra, negándola de hecho. Es un fariseo.

[18] No puedo dejar de recordar en este punto a Guzmán Reynoso, quien hablaba de la ideología científica que por vez primera dotó a los hombres, a la clase principalmente y a los pueblos, de un instrumento teórico y práctico para transformar el mundo” (sic. El Diario, ídem).

[19] La ciencia no es un instrumento de conocimiento superestructural, pues al buscar el conocimiento de la verdad tal como la verdad es, se encuentra exenta de cualquier influencia ideológica, política, jurídica, social o económica. En una carta dirigida a Starkenburg el 25 de enero de 1894, ya Engels decía con mucha propiedad y verdad que: “Cuando la sociedad tiene una necesidad técnica, esto impulsa más a la ciencia que diez universidades. Toda la hidrostática (Torricelli, etc.) surgió de la necesidad de regularlos torrentes de las montañas en la Italia de los siglos XVI y XVII. En electricidad no se hizo nada importante hasta que no se descubrió su aplicabilidad técnica. Pero desgraciadamente, en Alemania se ha tomado la costumbre de escribir la historia de las ciencias como si éstas hubiesen caído del cielo” (sic. Marx, Carlos y Engels, Federico, Correspondencia. Editorial Cartago, página 412).

[20] Sic. Mosterín, Jesús, Epistemología y racionalidad, Fondo Editorial de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega, Lima, junio de 1999, páginas 39-40.

[21]  Sic. Mosterín, Jesús, opus cit., página 36.

[22] Pero diferente es el camino por el cual el científico, como todo zoon politikon, puede y debe transitar para asumir el punto de vista político, social, cultural, económico y humano que más prefiera.

[23] La teoría formal de la racionalidad creencial indaga las condiciones formales que tiene que satisfacer el conjunto de todas las creencias de un agente (o creyente) dado x para que digamos que x es racional en sus creencias. Y puesto que las creencias varían con el tiempo, las condiciones han de ser relativizadas a un instante determinado.

[24]  Sic. Marx, Carlos y Engels, Federico, Correspondencia. Editorial Cartago, página 377.

[25] Sic. Kédrov, M. B. y Spírkin, A. La Ciencia, Colección 70, tomo 26, Editorial Grijalbo, México, 1968, página 7. El agregado aclaratorio es nuestro.

[26] Sic. Ander-Egg, Ezequiel, Técnicas de Investigación Social, página 33. Cit. Arce, A. C., Conceptos, Métodos y Modelos de la Investigación Científica, página 17. El agregado aclaratorio es mío.

[27] Cfr. Marx, Carlos, El Capital, tomo I, traducción de Floreal Mazía, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1973, página 31.