lunes, 2 de agosto de 2021

La innegable influencia de los medios de comunicación masivos sobre la conciencia social

 

El pasado 31 de julio de 2021, el Prof. Dr. H. c. Múlt. Luis Alberto Pacheco Mandujano, Mg. Sc., fue el invitado especial del mes del Club de Periodistas de Manizales (Caldas, Colombia) que es presidido por el distinguido periodista y abogado colombiano Eduardo Aristizábal Peláez.

En esta ocasión, el Prof. Pacheco Mandujano ofreció una charla magistral a los miembros del referido gremio de periodistas colombianos, la misma que versó sobre "Criminología Mediática: La criminalización subjetiva desde los medios de comunicación".

La disertación se transmitió remotamente, en vivo, desde la ciudad de Columbus, capital del Estado de Ohio, en los EUA, donde se encuentra radicando el jurista peruano, y estuvo dirigida tanto a los integrantes del Club, quienes participaron de la sesión a través del GoogleMeet, como a un diverso y amplio público interesado, el cual participó a través de la plataforma facebook de propiedad del gremio periodístico. Gracias a ello, al menos trescientas personas, entre estudiantes de Derecho, abogados, periodistas y juristas de diversas partes de América Latina (Argentina, Chile, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Ecuador, Paraguay y México) y de Europa (Portugal, España e Italia)  pudieron acceder a la conferencia.

Al final de la actividad, el Prof. Luis Pacheco fue entrevistado por Eduardo Aristizábal. La entrevista fue íntegramente publicada en el diario Observador y Eje21, dos diarios de circulación regional y nacional, respectivamente, en Colombia.

A continuación, transcribimos la entrevista por ser de interés general:



Es innegable la influencia de medios masivos de comunicación sobre la conciencia social.

Manifiesta el juris-filósofo peruano, Luis Alberto Pacheco Mandujano

1 de agosto de 2021

Por Eduardo Aristizábal Peláez


El jurista y filósofo peruano Luis Alberto Pacheco Mandujano, abogado en el grado magna cum laude, Magister en Derecho Constitucional de la Universidad de Castilla – La Mancha, España, profesor de Criminología, Filosofía del Derecho, Derecho Penal y Argumentación jurídica, fue el invitado especial a la conferencia mensual del Club de Periodistas de Manizales para hablar del novedoso tema conocido con el nombre de Criminología Mediática y tuvo la deferencia de atender las inquietudes de Observador, sobre esta interesante cuestión.


Criminología Mediática.

“La expresión ‘criminología mediática’ es, en realidad, un juego de palabras usado por el profesor Eugenio Raúl Zaffaroni quien, a la vez, es su creador”, señala Pacheco Mandujano.

“Para comprender la noción de este neologismo jurídico introducido por Zaffaroni, así como la idea que la inspira, es necesario comprender, en primer lugar, que la criminología, consolidada como una verdadera ciencia recién a partir de las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado, procura explicar las causas que motivan a que el ser humano delinca, para cuyo efecto se vale de estudios multidisciplinarios, biológicos, antropológicos, sociológicos, psicológicos, psiquiátricos, etológicos. En segundo término, es menester también reconocer que casi paralelamente a lo anterior, durante los últimos años del siglo XX, en la década de los noventa y sobre todo a lo largo de estos veintiún años iniciales del siglo XXI, con la explosión de los medios de comunicación, convertidos en medios de comunicación masivos de alcance absoluto, el poder influenciador de éstos sobre la conciencia social de los diferentes pueblos en el mundo deviene realidad innegable y es por ello que, ahora, los omnipresentes y omnipotentes mass media son capaces de definir, entre otras cosas, qué es el delito y quién lo comete, aunque por supuesto, sin importar si tales ‘definiciones’ se encuentran deformadas o distorsionadas, lo significativo está determinado por el público al que se dirige la comunicación informativa, generalmente un público ignorante en materia jurídica y todo ello al compás de intereses corporativos, económicos y políticos. Esto último es, precisamente, aquello a lo que Zaffaroni denomina ‘criminología mediática’, es decir, una especie de criminología creada por los medios de comunicación masiva”, agrega el profesor peruano.


Descubrimiento.

“¿Cuándo se descubrió el poder político y cultural de los medios de comunicación de alcance masivo para dar forma a la consciencia social?”, se pregunta el Doctor Pacheco  y se responde: “Pues, en verdad, se trata de un descubrimiento que data de hace muchísimos años; sin embargo, creo que es fundamental recordar que, en los campos político y cultural, fue en los albores de la constitución del Tercer Reich alemán de Adolf Hitler cuando el uso de los medios de comunicación para ‘informar’ a la sociedad fue empleado como patente de corso por el Estado nazi y su despreciable ideología. El término ‘informar’, cuyo origen etimológico lo dice todo (del latín ‘in’, que significa ‘en’ o ‘con’; y, ‘formare’, que se identifica en el castellano con el verbo ‘formar’), implicó desde entonces ‘dar forma’ a la consciencia social, al espíritu del pueblo, lo que fue una cuestión palmaria durante el gobierno de Hitler. Recuerde usted a su Ministro de Propaganda Joseph Goebbels, el genio de la utilización política y cultural de la propaganda a través de los medios de comunicación, en aquel entonces, fundamentalmente, la prensa escrita y la prensa radial, ambas de difusión masiva, a través de los cuales se logró alcanzar los objetivos deseados del régimen nazi. Goebbels es también recordado por un lema: ‘una mentira dicha mil veces se convierte en una verdad’, y fue precisamente con esta proclama casi de nivel axiomático con la que se redescubrió, a fines del siglo pasado y durante los inicios del presente, el poder político y cultural de los medios de comunicación. Si no, pregúntele usted a los políticos más perversos de estos tiempos. Maduro y compañía en América Latina, Trump y sus amigos en los Estados Unidos y hasta los más ingenuos e idiotas Andrés Manuel López Obrador en México, Evo Morales en Bolivia, Alberto Fernández en Argentina o Vizcarra en Perú. Todos ellos, de una u otra forma, han retomado la definición goebbelsiana de los medios de comunicación entendidos como generadores de una realidad paralela que dista de ser la realidad real de la sociedad,” sentencia con seguridad y firmeza el profesor Luis Pacheco.


Hoy.

“Lo que pasa, sobre todo en el día de hoy en este aspecto de la realidad social, es francamente patético. Vea usted, la televisión, por ejemplo, que es uno de los tres principales medios de comunicación todavía importantes de la prensa masiva, los otros dos son la prensa escrita y la prensa radial, tiene un impacto psicológico profundo, tremendísimo y muy fuerte en la conciencia social de los seres humanos. La variedad multiforme de las imágenes, el uso impactante de los colores y sonidos y la ausencia de un lenguaje elevado en la pantalla, más bien, el uso de un lenguaje ordinario y fraseoclasta, son características comunicacionales que se utilizan en la televisión de hoy y todo ello confluye para ingresar, y de una manera fácil y sin restricciones, hasta lo más profundo del consciente e inconsciente de cada individuo, determinando su pensamiento, no influenciando, sino determinando su pensamiento en torno a la realidad. De ahí el éxito de las propagandas televisivas que están basadas, precisamente, en este fenómeno psicológico. Ahora bien, la política, muy sutilmente, ha utilizado en un sentido soft, suave, los medios de comunicación para que desde los programas noticiosos se creen realidades paralelas habitadas por ángeles y demonios, haciendo creer a la sociedad que el mundo se divide simplista y simplonamente en sólo dos bandos: el de los ‘buenos’ y el de los ‘malos’, cada uno el enemigo del otro. La realidad es mucho más compleja que esta pobre reducción al bilateralismo ingenuo que propone, crea y consolida la televisión, pero como es la ‘realidad’ que se repite mañana, tarde y noche, en cada desayuno, almuerzo y cena, es decir, ‘es la mentira que se repite mil veces’, es la realidad que se convierte en una verdad por fuerza de la imposición mediática. El pueblo acepta esta realidad sin cuestionamiento porque está adormecido, embrutecido, adormilado, en un clamoroso y psiquiátrico estado de catatonia social gracias a los mass media”, advierte el juris-filósofo peruano.


“Indudablemente es la televisión, centralmente la televisión entre los tres medios de comunicación principales, con la radio y la prensa escrita, la que influye determinantemente en la formación del pensamiento social, de la conciencia social, y es por eso que se convierte en un poder; un poder por ahora en manos diabólicas, porque si se usara para educar a las masas, otra sería la historia de nuestros países, pero lamentablemente no es esto lo que sucede. El artículo 14 de la Constitución Política del Perú, por ejemplo, dice que ‘los medios de comunicación social deben colaborar con el Estado en la educación y en la formación moral y cultural’. ¿Se cumple en el Perú con esta disposición constitucional? ¡Vaya que sí! Al Estado, copado por corruptos, por ladrones, por embrutecedores profesionales, por incompetentes y por genocidas, le interesa mantener adormecida y estupidizada a la sociedad, y es por eso que los medios de comunicación social colaboran con la ‘educación y formación moral y cultural’ que le conviene a este modelo de Estado fallido. Pero esta es la anécdota; fíjese usted en cuán importante son los medios de comunicación de la prensa masiva para el poder político, que tienen su propio sitial nada menos que en la misma Constitución. He allí lo importante de este asunto. No estoy hablando, por tanto, de una irrealidad”, manifiesta con tono de decepción el doctor Pacheco Mandujano e inmediatamente agrega: “son ellos –los medios de comunicación– los que determinan y definen, como ya dije, qué es el delito en primer lugar y luego quién delinque. Entonces, si el medio de comunicación dice que tal acción es un delito, aunque no lo sea jurídicamente hablando, esa definición queda grabada en la conciencia social de la gente porque lo dijo el medio y su imbatible poder de determinación psicológica. Y cuando los medios identifican a una persona o a un grupo homogéneo de seres humanos caracterizados por determinadas definiciones étnicas, biológicas, políticas o culturales, entonces la televisión crea para ellos esa forma de comprensión que explica, entre comillas, qué delito han cometido ésos, porqué es que han delinquido y qué es lo que merecen a continuación. He aquí en todo su esplendor el sentido de lo que viene a ser la criminología mediática. Pregúntele sobre ella al señor Gonzalo Chávarry, aquí en Perú, el ex Fiscal General que por investigar los latrocinios pasados del ex dictador Vizcarra fue duramente atacado por los medios adictos al régimen vizcarrista y no pararon hasta convertirlo en un sujeto odiado por casi todos los peruanos tras habérsele creado situaciones inexistentes, propiciando su destitución en el cargo. Los peruanos, aborregados tan sólo en un año, 2019, llegaron a odiar y despreciar al señor Chávarry sin saber realmente por qué. Los medios hicieron un maravilloso trabajo con él y libraron a Vizcarra de las investigaciones que quedaron truncadas con la destitución de dicho fiscal. Después Vizcarra pagó el favor legalizando la llamada ‘publicidad estatal’ con la cual el Poder Ejecutivo financia a los medios de comunicación de la prensa masiva, con erario público, so pretexto de una publicidad que es absolutamente innecesaria. En realidad, se trata de una coima hecha ley. Entre enero de 2018 y abril de 2020, el gobierno de Vizcarra pagó 175 millones 205 mil 533 millones de soles, es decir, alrededor de 53 millones de dólares. ¡Qué buen negocio!”.


Sociedad – política.

“Evidentemente, todo este nauseabundo andamiaje ha terminado colocando a los medios de comunicación en la posición de siervos de la política y ya no se encuentran al servicio de la sociedad. Los medios se encuentran al servicio rentado de la política que proviene del Estado que está controlado por un partido de turno. Se trata, por tanto, de una renta partidaria. Quien entre al Gobierno se encargará de definir la línea editorial de los medios de comunicación; ya sabe usted cómo es eso. El problema es que esta forma de actuación de los medios se encuentra contrapuesta con el sistema democrático, pero es la realidad que estamos viviendo el día de hoy. En eso consiste la criminología mediática. Entonces, como juristas y como periodistas somos conscientes de esta situación y la combatimos, o somos conscientes de todo ello y entonces tomamos partido para ponernos verdaderamente al servicio de la sociedad o para ponernos al servicio ramplón y rentado de la política partidaria de turno que se encuentre en el Gobierno. O, finalmente la otra disyuntiva: o hacemos el papel de unos idiotas muy parecidos a clones humanos en quienes se han practicado experimentos biológicos con trepanaciones craneanas incluidas, o nos hacemos ingenuos idiotas y seguimos realizando nuestro trabajo, peor aún, dejándonos llevar cándida y amoralmente por la ola, lo cual siempre termina generando un servicio por culpa, negligencia o por descuido, a la política partidaria que se encuentra de turno en el Gobierno y, más aberrante aún, cumplimos el servicio de manera gratuita. Ese es el sentido de la criminología mediática”, concluye el doctor Luis Pacheco Mandujano.



Doctor honoris causa por la Universidad Nacional Autónoma de México en 2020, por la Facultad Interamericana de Litigación en 2017, por la Universidad Ada Byron en 2013, y autor de textos de reconocida importancia científica como la Teoría dialéctica del Derecho, ¿Es la ecuación algebraica una proposición lógica?, Critica a la teoría tridimensional del Derecho, entre otros, el abogado Luis Alberto Pacheco Mandujano es un verdadero maestro del Derecho que no escatima ningún esfuerzo para compartirle a la sociedad todos sus conocimientos y vasta experiencia.





jueves, 10 de junio de 2021

¿Es el género lo que el feminismo dice que es?

 


 

“La metafísica sucumbirá para siempre frente a la acción del materialismo, que coincide con el humanismo”.

 

Karl Marx, La sagrada familia[1]

 

 

 

 

 

Hoy se habla de género en cuanto lugar quepa y no quepa el uso de este término. En todos los casos, sin embargo, y en el contexto de la imposición de un establishment políticamente correcto, tal uso resulta siempre equivocado porque la onomasiología del vocablo de marras ha sido deformada, distorsionada, cuando no falsificada. Los publicistas, fomentadores y esparcidores de la cazurra y palurda ideología de género,[2] ideología de vocación disgregante, disociante, difractante y de orientación gnoseológica profundamente subjetivista, se apoderaron de esta palabra para transfigurarla –y cumplir así un objetivo por demás abyecto: desnaturalizar al ser humano[3]– al atribuirle un significado que no le correspondió, que no le corresponde y que no le corresponderá jamás.

 

En efecto, según los más avanzados zoo-oclócratas representantes de ese estulto movimiento ideológico, todos ellos arremolinados siempre en torno a diversas ONG envidiablemente financiadas por gestores internacionales del holocausto cultural y del establecimiento del neo-obscurantismo que se cierne sobre la humanidad, como, v. gr., el Institut Gomà de Barcelona, haciendo una –innecesaria, por inexistente– diferencia entre sexo y género, dicen que “mientras que el término sexo hace referencia a la condición de nacer hombre o mujer, el género constituye una construcción cultural, y por lo tanto un aspecto modificable, a través del cual se transmiten las creencias y valores sociales vinculados con ser hombre o mujer, es decir, se describe y ejemplifica lo masculino y femenino en forma de estereotipos, mensajes y creencias que interiorizamos a lo largo del proceso de socialización”. Dicho en otras palabras, el género vendría a ser una cualidad personal e ideal determinada por la influencia cultural que se ejerce, dominante y en función de estereotipos, sobre los seres humanos, limitando su libertad; empero, ni bien éstos decidan ingerir la píldora roja, se abrirán paso a la verdad, verdad según la cual el género no es lo que la cultura les ha dicho que aquél es, sino lo que las personas emancipadas de las cadenas de opresión superestructural determinen individualmente lo que el género es para-ellas, autodeterminación que constituye el culmen de la libertad. En una palabra, la realidad natural es nada, el pensamiento subjetivo –que define (construye) la realidad– lo es todo.

 

La violenta irrupción[4] de esta cuestionable forma de concebir al ser humano no es, sin embargo, nueva. Desde el punto de vista de fondo, es decir, desde la perspectiva del análisis de las estructuras teóricas que soportan el mamotreto discursivo que los adeptos de la ideología de género transmiten, los toscos adobes que conforman sus rústicas construcciones especulativas devienen verdaderamente provectas. Lo único novedoso aquí tiene que ver con las jerigonzas pomposas, impertérritas y altisonantes[5] que se suelen usar en los discursos monocordes que pronuncian, de memoria y sin pensamiento reflexivo, los epígonos y cofrades de esas torpes sectas ideológicas para referirse a asuntos político-sociales que, más bien, podrían ser descritos con palabras mucho más adecuadas si realmente se refiriesen a cosas verdaderamente existentes y no a objetos oníricos. Sobre semejante engañifa teórica, la bienquista criminóloga peruana Rosa Mavila León, maestra de múltiples generaciones de juristas, dice con razón que se trata de “vino viejo en odre nuevo”. Por tanto, nihil novum sub sole.

 

En efecto, nada nuevo se dice ni se encuentra en las argumentaciones de los predicadores de esta estupidez ideológica que se ha venido diseminando como pandemia desde, aproximadamente, el año 2012, puesto que al reducir la realidad toda (biología, sociedad, cultura) a la concepción puramente personal y convenida de los individuos que construyen o definen la realidad conforme a sus intereses, se nos invita a espectar  la resurrección del viejo idealismo subjetivo de Berkeley, Hume y Mach, filósofos para quienes, en común, la realidad concreta no puede ser considerada sino como el resultado de una abstracción mental, de lo que se deduce, finalmente, que todo conocimiento del mundo se obtiene a través de la percepción individual.

 

Además de constituir ésta una argumentación refutada por la realidad de los hechos[6] y por los avances de la ciencia, semejante argado incurre en una ineludible y nefasta consecuencia filosófica: el solipsismo, ese agujero negro del que no escapa su propio creador, el idealismo subjetivo, y que revela el carácter autofagocitante y autodestructivo de sí mismo. Metafóricamente hablando, esta necia concepción de la realidad se dispara a los pies.

 

Esto último es precisamente lo que sucede cuando se asegura que el género es una construcción social: el individuo no se siente feliz, conforme ni realizado con lo que es y por ello desea cambiar la realidad; pero, ¿cómo hacer posible tal cambio? Es allí, en ese escenario de alienación personal, donde este individuo encuentra el placebo teórico de la ideología de género que crea un contenido semántico ajeno a la realidad de la palabra “género”, a la que le asigna una aplicación plástica, convenida y funcional al interés del espíritu frustrado del usuario de este término que termina siendo resultante del fraseoclasismo tan en boga contemporáneamente. Así, el individuo asume que su género es aquel que él dice que es, con lo cual tuerce la realidad de los hechos a su favor, pues niega su condición biológica de nacimiento pretendiendo eliminarla y asumiendo afirmar sobre ella su creencia personal al respecto; dicho de otra manera, si habiendo nacido varón dice después que se autopercibe él como mujer, impone su creencia sobre su realidad concreta, y al exigir que la comunidad le reconozca como él cree que se ve, no construye realmente ningún género pero sí edifica un sueño de opio, una sombra, una ficción, en suma cuenta confecciona una irrealidad que le devora: es la mentira autoimpuesta que el mismo individuo quiere creer y que, de hecho, llega a creer.

 

Consolidado ese momento de autoengaño al que se le ha bautizado con el eufemismo de transición, el alucinado busca inmediatamente después que la comunidad entera también crea, como lo hace él consigo mismo, ese engaño. Que todos asuman como verdadero lo que manifiestamente no es. ―¡Yo soy yo, tal como me percibo! ―dirá el creyente de su propio fraude, pretendiendo parafrasear, aunque muy mal, a Ortega y Gasset. Empero, como es natural, la comunidad, ora desde su silencio lastimero ora a través de su voz directa y firme, no aceptará sino la realidad tal cual ella es porque res est et non potest aliter se habere.[7] Y entonces sucederá que el individuo timado por sí mismo, sufriente y desgarrado por su imposibilidad de hacer ver a los otros lo que él ve, y en su afán de imponer y hacer valer su ficción sobre el resto, negará a cualquier precio a quien le niegue su fantasía, culpándole primero de intolerante, acusándole después de odiador y terminando, finalmente, por organizarse en grupos de presión que buscan anular socialmente a sus naturales detractores, esto es, a la gente sensata, recurriendo al uso de los mecanismos de persecución del ius puniendi estatal, lo que supone la legalización previa de los conceptos centrales de la ideología[8] y de su programa político de acción,[9] implementando normas jurídicas creadas estrictamente para cambiar la sociedad en su favor,[10] programa de alcance nacional e internacional.[11]

 

Estas prácticas que se expresan desde las más simples, pasando por los retorcidos y provocadores bochinches públicos a los cuales hoy llaman “marchas del orgullo”, hasta llegar al uso ilegítimo, pero ya legal, de los institutos del Estado en su favor, revelan el feroz, desesperado, necesario e inquietante afán de adecuar, a cualquier costo, la realidad concreta al pensamiento, dejando traslucir así, de esta manera, su renegado y patético solipsismo: ―¡Al diablo con todo y con todos los que se oponen a mí! ¡Nada más que yo soy real y sólo importa lo que yo piense sobre mí! ―dirán, rabiosamente encendidos, los ardorosos defensores de esta ideología. Esto es solipsismo puro. ¡Aleluya, aleluya! ¡Berkeley, Hume y Mach han resucitado!

 

Mas, empero, a pesar de la resurrección de Berkeley, Hume y Mach, lamentablemente para los acólitos de la dislocación y de la tergiversación, por más gritos que lancen al cielo, por más injurias que esparzan al aire, por más organizados que se encuentren, por más que hayan logrado infiltrarse exitosamente en el aparato estatal, en una palabra, hagan lo que hagan, la cosa no será jamás como ellos quisieran que fuera, pues el asunto es al revés: no es la realidad la que se adecua al pensamiento; es el pensamiento el que se conforma a la realidad.

 

Pero así como la enfermedad consiste en negar empecinadamente la sanidad, es de la misma manera que la estrafalaria cosmovisión de la ideología de género se encapricha en negar la rectitud del pensamiento y la realidad de los hechos. Es, pues, esta ideología una enfermedad, una infección desbordante de pus, que, al alimón, hacese acompañar, además, para terminar de completar su deformada imagen, de una cuasimoda teoría del lenguaje que tiene como antecedente –aunque, para variar, también deformándolo– al pensamiento neopositivista de Wittgenstein, cuyo apotegma descrito en la proposición 5.6 de su Tractatus, “los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo”,[12] llevan los partidarios de la ideología de género al extremo imposible para justificar la percepción (construcción) de la realidad.

 

Con una infectante dosis de desfiguración teórica, entienden erróneamente que el lenguaje puede visibilizar o invisibilizar la realidad, pues ésta es consecuencia de una construcción social que puede ser descrita de manera total o parcial por el lenguaje que canaliza tal construcción porque “una proposición es un modelo de la realidad tal como nos la imaginamos”.[13]

 

Semejante comprensión de la realidad deviene falsa, pues, como lo precisáramos en otro lugar, con línea epistemológica:

 

“El lenguaje materializa el pensamiento, sin lugar a dudas; pero el pensamiento, a su vez, ha sido formado, definido, consolidado y estructurado, asimismo, de manera significativa por las innumerables formas de relación social actuantes entre los hombres, como también gracias a la relación de éstos con el mundo que los contiene y rodea, en el activo proceso de transformación de la naturaleza operado a través del trabajo, donde la [re]acción del lenguaje define aquel cosmos y desempeña un manifiesto papel en la formación de la cultura. Por lo mismo, resulta lógico considerar… que en el lenguaje subyacen estructuras del pensamiento más o menos complejas que, al mismo tiempo, son también más o menos sólidas y de contenidos más o menos ricos o pobres, dependiendo de cada sujeto, grupo humano y del entorno social que los condiciona, obviamente en el marco de un espacio y tiempo determinados.”[14]

 

Además, por su cuestionable contenido de carácter anticientífico resulta siendo una teoría manifiestamente absurda, descabellada, inadmisible de ser aceptada como una teoría en la dimensión epistemológica de la palabra y, por ende, imposible de ser digerida intelectualmente. Es, en buena cuenta, una abominación, un esperpento en toda la extensión de la palabra.

 

¿Qué es el género, entonces? Dos son las líneas generales de significado de este término: la primera de ellas se orienta al taxón al que pertenecen las diversas especies de seres vivos que comparten ciertos caracteres, mientras que la segunda se erige como una categoría gramatical inherente a los sustantivos y pronombres, codificada a través de la concordancia en otras clases de palabras y que en pronombres y sustantivos animados puede expresar sexo.[15]

 

En el primer caso, podríamos emplear como ejemplo el siguiente: el hombre es un miembro del reino animal, del filum de los cordados, del subfilum de los vertebrados, de la clase de los mamíferos, de la subclase de los euterios, del grupo de los placentarios, del orden de los primates, del suborden de los pitecoides, del infraorden de los catarrinos, de la familia de los hominoides, de la subfamilia de los homínidos, del género homo y de la especie sapiens. Por su parte, será ejemplo del segundo caso uno como el siguiente: “La mesa está sucia”, escritura en la cual se aprecia una manifiesta y natural concordancia de género presente en la relación que opera entre el artículo, el substantivo y el adjetivo que lo sucede. Contrario sensu, no podría escribirse, v. gr., así: “El mesa está sucio”, redacción en la que resulta notorio el dislate gramatical por una clamorosa falta de concordancia de género actuante en la escritura.

 

¡En esto consiste el género! El género no significa ninguno de los gatazos que, trans-formados desde sus orígenes como los propios cultores de la demente ideología que los sustenta, quieren hacer pasar como conocimiento y, encima, como conocimiento verdadero.

 

 

Prof. Luis Alberto Pacheco Mandujano

Magister iuris constitutionalis

Lima, enero de 2021

 

 

 

 



[1]  Sic. Marx, Carlos y Federico Engels, La sagrada familia. Título de la edición original en alemán: Die Heilige Familie. Versión al español de Wenceslao Roces de la edición de MEGA: Marx-Engels Gesamtausgabe, Berlín, 1932. D. R. © sobre la versión española por Editorial Grijalbo, S. A., México D. F., México, 1958, páginas 191-192.

 

[2] Ideología que, así como la conducta de sus fomentadores que se oculta en las medias tintas de sus jerigonzas, se agazapa en un eufemismo esparcido virulentamente en todo el Estado: “enfoque de género”.

 

[3] En un artículo publicado por la ONG peruana Promsex, se hace público este objetivo, como si de un avance de la “evolución social” se tratara. El cinismo y la sinvergüencería de estas personas dicen al respecto que “en el campo de la sexualidad, el enfoque de género ha permitido desnaturalizar la heterosexualidad como la única forma de afecto y relación amorosa”. A confesión de parte, relevo de pruebas. Al respecto, cfr: https://promsex.org/columnistas/significa-la-ideologia-genero/, consultada el 23 de enero de 2021.

Uno de los más importantes financistas de Promsex es la multinacional Planned Parenthood Federation of America (PPFA),  organismo norteamericano que defiende la despenalización del aborto para, sobre esa base, implementar su política de negocios abortista consistente en instalar clínicas bien equipadas destinadas de manera exclusiva a la práctica del aborto. Las ganancias que, en la práctica, resultan de esa defensa del “derecho a decidir de las mujeres”, no sólo se reducen a las ganancias obtenidas por los “servicios médicos” abortistas; van más allá. Planned Parenthood trafica con órganos de bebés abortados en sus instalaciones tal como fue dado a conocer en 2015 por el Center for Medical Progress a través de varios vídeos conteniendo declaraciones reveladoras de los médicos y funcionarios de PPFA (vid., v. gr., https://www.youtube.com/watch?v=uLXngNLqTV4&feature=youtu.be, consultada el 23 de enero de 2021).

Según informe de la Agencia Peruana de Cooperación Internacional (APCI), entre Planned Parenthood Federation of America y su matriz, la International Planned Parenthood Federation (IPPF), financiaron a Promsex con más de 648,000 dólares (579,554 euros) en proyectos ejecutados durante 2015. Al respecto, cfr. https://www.actuall.com/vida/promsex-en-peru-recibio-mas-de-medio-millon-de-dolares-de-planned-parenthood-en-2015/#:~:text=Nuevos%20reportes%20de%20la%20Agencia,d%C3%B3lares%20en%20el%20%C3%BAltimo%20a%C3%B1o. (web consultada el 23 de enero de 2021).

He aquí el origen de una parte de los fondos con los cuales Promsex, a la par que promueve la desnaturalización de lo natural e invierte con su bazofia intelectual lo recto, defiende el asesinato de seres humanos no natos, asesinato que oculta tras el eufemismo de “interrupción voluntaria del embarazo”.

 

[4] Por la forma como se viene imponiendo un novus ordo seclorum mundial, a fuerza de legalización de esta sandia ideología introducida en los aparatos estatales tras varios años de una exitosa operación política de infiltración cultural, lo cual se puede apreciar con patética claridad en Argentina, Chile o Canadá, entre otros países más del orbe.

 

[5] V. gr., enfoque de género, heteropatriarcado, lenguaje inclusivo, violencia simbólica, etc.


[6] Sabido es que, para desmentir el núcleo central de la filosofía idealista subjetiva de Berkeley, el poeta, ensayista, biógrafo y lexicógrafo inglés Samuel Johnson le propinó una patada a una roca exclamando “¡La refuto así!”.


[7] Sic. Aristóteles, Organon, Segundos Analíticos, I.

 

[8] Cfr. v. gr., Ley N° 30364, en cuyo artículo 3°, inciso 1., se aprecia la legalización de la ideología de género, encubierta bajo el eufemismo de “Enfoque de género”, del cual se predica que se trata de “Reconoce la existencia de circunstancias asimétricas en la relación entre hombres y mujeres, construidas sobre la base de las diferencias de género que se constituyen en una de las causas principales de la violencia hacia las mujeres. Este enfoque debe orientar el diseño de las estrategias de intervención orientadas al logro de la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres”.

 

[9] En el párrafo quinto de la Presentación que se encuentra en el ítem I. (Antecedentes) de la Política Nacional de Igualdad de Género aprobada mediante Decreto Supremo N° 008-2019-MIMP, se encuentra una de estas clásicas definiciones deformadoras del término “género”. Se lee en dicho documento lo siguiente: “La Política Nacional  de Igualdad de  Género, según la Recomendación General N° 28 del Comité CEDAW (2010), conceptualiza el término género como las identidades, las funciones y los atributos  construidos socialmente de la mujer y el hombre, así como al significado social y cultural que la sociedad atribuye a esas diferencias biológicas, situación que da lugar a relaciones jerárquicas entre hombres  y mujeres en las que se distribuyen facultades y derechos  en favor del hombre y en menoscabo de la mujer” (sic. Diario Oficial El Peruano, Política Nacional de Igualdad de Género – Decreto Supremo N° 008-2019-MIMP. Separata Especial de Normas Legales. Lima, 4 de abril de 2019, página 6). La misma estolidez se repite, ad pedem litterae, en el Glosario de Términos que se encuentra en la página 44 del documento de marras. En este mismo retorcido Glosario, se “define” el concepto Identidad de Género como “la vivencia  interna e  individual  del género,  la cual podría corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal del cuerpo (que podría involucrar la modificación de la apariencia o la función corporal a través de medios médicos, quirúrgicos o de  otra índole, siempre que la misma sea libremente escogida) y otras expresiones de género, incluyendo la  vestimenta, el modo de hablar y los modales” (sic. ídem).

 

[10] Ajustadas a la nociva y peligrosa implementación y concreción internacional de la llamada “Agenda al 2030” de la ONU.

 

[11] Cfr. ONU Mujeres, Glosario de Igualdad de Género, en: https://trainingcentre.unwomen.org/mod/glossary/print.php?id=150&mode=letter&hook=ALL&sortkey=&sortorder=asc&offset=-10, consultada el 25 de enero de 2021. En esta web, se encuentra una jocosa “definición” de la idea de Identidad de Género, según la cual: “La identidad de género se refiere a la experiencia de género innata, profundamente interna e individual de una persona, que puede o no corresponder con la fisiología de la persona o su sexo al nacer. Incluye tanto el sentir personal del cuerpo, que puede implicar, si así lo decide, la modificación de la apariencia o función física por medios quirúrgicos, médicos u otros, así como otras expresiones de género que incluyen la vestimenta, la forma de hablar y los gestos”.

[12] Sic. Wittgenstein, Ludwig, Tractatus lógico-philosophicus. Traducción, introducción y notas de Luis M. Valdés Villanueva. Editorial Tecnos, tercera edición, Madrid, 2008, página 234.

 

[13] Ibídem, § 4.01, página 147.

 

[14] Sic. Pacheco Mandujano, Luis Alberto, “Quodlibetum IX. Breves consideraciones sobre la relación existente entre lenguaje y Derecho”, en: Díaz Revorio, Francisco Javier y María Elena Rebato Peño (Directores), La justicia constitucional en Iberoamérica: Una perspectiva comparada”. Editorial Ubijus, Ciudad de México, 2016, página 102.

[15] Cfr. Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, tomo X, 22ª edición Q. W. Editores S. A. C., Lima, 2005, página 765.


martes, 9 de febrero de 2021

Un camino para Tomás

Backstage de grabación para un necesario y merecido homenaje a Martín Agudelo Ramírez















Quodlibetum ontológico sobre un cortometraje de Martín Agudelo Ramírez: youtu.be/2tHLlG6ZrUU

Grabado en los estudios de Intercutmedia.

Dirección técnica : Rubén Bonilla, Director Intercutmedia.
Locución en off    : Luis Alberto Pacheco Mandujano.

© Luis Alberto Pacheco Mandujano
www.luispachecomandujano.blogspot.com
 
© Intercutmedia
www.intercutmedia.com
https://vimeo.com/intercutmedia
 
© Rubén Bonilla



Lima, jueves 4 de febrero de 2021.

Un camino para Tomás

Quodlibetum ontológico sobre un cortometraje de Martín Agudelo Ramírez 


“Todas las mañanas salto de la cama y piso una mina.
La mina soy yo.
Después de la explosión, me paso el resto del día juntando los pedazos.
Ahora les toca a ustedes. ¡Salten!”


Ray Bradbury, Zen en el arte de escribir

  


Martín Agudelo Ramírez, cineasta colombiano que se ha abierto –y legítimamente ganado– un importante espacio en la cinemateca latinoamericana, ha presentado no hace mucho en su ciudad de origen, Medellín, su reciente producción fílmica titulada Un camino para Tomás.[1]

 

No soy especialista en el análisis de producciones del séptimo arte, acaso sí un aficionado motivado por la estética y temática del buen cine. Desde mi adolescencia me jacto de ser poseedor –gracias a Dios– de un buen gusto por las buenas películas. No suelo, por eso mismo, asistir a los cinemas, encender el televisor o, ahora, abrir el Netflix en el ordenador para ver películas comerciales, sobre todo si se trata de aquellas que son portadoras de excesos de toda índole. Esa clase de filmes que generalmente gustan a tutti quanti me empalagan hasta causarme mareos cuando no vaguidos existenciales, lo cual, hasta cierto punto, suelo pasar por alto porque, al fin de cuentas, puedo solucionar el problema apagando la tele o ingiriendo un gravol, y ya. Pero lo que me resulta a peor en tales producciones, y que definitivamente no puedo tolerar, mucho menos perdonar, es su manifiesta vocación por acribillar un ars magna tan bello como lo es el cine. Por esto, y por razones de higiene mental, voy al cine –quiero decir iba, pues ahora resulta imposible hacerlo por culpa de la pandemia– sólo cuando merece la ocasión y, de la misma manera, no veo televisión desde hace poco más o menos tres lustros. Lo poquísimo que veo en ella, en todo caso, es fruto de una necesaria e ineludible pretería.

 

De manera que cuando, por esas excepciones de la vida, encuentro algo bueno para pensar, meditar, entender –sobre todo– y ver, celebro el acontecimiento hiperbólicamente. Y es esto, precisamente, lo que me ha sucedido siempre con las producciones (entre trípticos y cortos) que nos ha venido regalando don Martín, como en el caso de Un camino para Tomás que ahora, desde mi condición de lego en la materia, he de comentar.

 

Desde mi posición profana, entonces, y tan sólo como espectador –un buen espectador, eso sí–, me animo a lanzarme al ruedo de los conceptos como un espontáneo que no pretende hacer pasar sus consideraciones como si fuesen expresiones de un crítico profesional de cine; lo que no soy. Me lanzo al ruedo como poseedor de un espíritu sensible que reacciona ante aquello que es axiológicamente valioso.

 

Siendo esto así, comienzo, pues, comentando lo mucho que me satisfizo, de inicio, el uso del formato IMAX en el film, formato cuyo empleo permite visualizar una película mucho más claramente, con imágenes de considerable mayor amplitud y de mejor resolución que los sistemas de películas fotográficas convencionales. El cuadro fílmico y la luminiscencia presente en él, incluso durante las escenas de menor brillo, combinan en esta cinta, para mi gusto, en un amalgama de saque que acaricia suavemente el detalle de la perfección visual, fuertemente llamativo, que, al presentar –además– figuras y sonidos de naturaleza, preparan un ambiente epicéntrico en el que hace su aparición un Tomás adulto, manifiestamente desubicado, no sé si temeroso, pero ciertamente sí confundido y perdido en el cosmos pletórico de un éter que –se advierte– densifica el ambiente, que asfixia el alma del protagonista y con la de él, la nuestra. Y mientras ello acontece, el fondo musical de nota ataráxica y resonancia calina, nos evoca en kunderiana paleta gris la insoportable levedad del ser de nuestro protagonista.

 

Ya aquí mismo, y tan sólo por lo antedicho, he de confesar impertérritamente que todo este holismo flogista me atrapó de inmediato –como en su momento hicieron conmigo las novelas de Gabo–, absorbiéndome subsuntivamente al interior del ánima del personaje.

 

Secuestrado así en el ex-sistente de nuestro sufriente, casi me resultó posible sentir el aura insufrible, sumamente pesada, que rodeaba la coronilla de este Tomás inicial, cuyo avance a tientas en el camino de un paisaje boscoso, con caminar lento y rengo, como quien da pasos en un sendero de iluminada obscuridad, daba cuenta de la búsqueda de un algo indefinido, desconocido, de un sabrá Dios qué. Tomás, evidentemente, no sabía qué buscaba, pero aun así iba al encuentro de ese algo, de un ápeiron, quizás.

 

Semejante búsqueda, me parece, atisbó de a poco y mucho, en un proceso de lenta rapidez fotográfica (si se me permite el oxímoron que se me acaba de ocurrir), el pasaje que habría de llevar, in crescendo, del Tomás que nacería de golpe a un mundo real, imperfecto, doloroso y más tarde sufriente por la –traicionera– muerte de su padre, al Tomás joven que seguiría padeciendo, ahora, desde la traición que la vida jugaría perversamente con él, hasta llegar al Tomás adulto que se verá compelido a responder negativamente a la pregunta que, según Camus, deviene la más importante de todas las cuestiones: ¿vale la pena vivir la vida? Tomás siente que no. Por eso tomará la decisión fatal que le llevará de un –literal– tiro a la presencia de una muerte blanca, sedosa, femenina, covachera y osca, pero decrépita y aun así extrañamente complaciente; tanto así que, incluso, le regalará la aporética oportunidad de decidir cuándo vestir su mortaja.

 

Tras la ofertada posibilidad, Tomás será incitado a salir, pero no huyendo, sino más bien resoluto, templado y firme a dejar atrás las indecisiones que definieron y caracterizaron su badulaque personalidad, para comenzar a vivir, dejando atrás su patética y tanática existencia, e incluso hasta su propio suicidio, para, tal vez –se me antoja pensar así–, despertar a una primera vez en todo... y vivir. Tomás se holometabolisa aquí, entonces, pareciéndonos Diógenes. El de Sínope, claro.



Me parece, sin embargo, que la metáfora de la autoeliminación, con ese símbolo tan violento pero significativo del disparo en la sien, constituye en esta magnífica película el momento, la situación límite (diría Kierkegaard), que empuja a Tomás a decidir vivir realmente y por primera vez. La muerte simbólica es aquí antinómica, paradójica y dialécticamente evidente: se trata del acto mayestático, revelador, con el que despide a su yo pretérito, en tanto da la bienvenida a la vida. ¿Es ésta una contradicción difícil de comprender? En verdad, no. Baste recordar aquí el sentido significativo del bautismo cristiano que supone morir al pecado como condición indispensable para nacer a la vida verdadera, esa misma que la muerte ya no le puede arrebatar de ninguna manera el alma de nadie a Dios, porque ella se ha alejado del pecado (al menos del pecado original). Tal vez sea esta la razón –digo, es un decir– por la cual se encuentra en esta parte de la historia la letanía de 1 Cor. 15: 54-56, recitada dramáticamente por la madre de Tomás: —Cuando lo corruptible se revista de lo incorruptible y lo mortal, de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que escrito está: «La muerte ha sido devorada por la victoria». «¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» Pues, ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley.

 

Hasta ese punto, empero, cierto es que lo contado deviene narración en tercera persona: él. Pero, ¿qué hay del nos? Pregunta pertinente que surge espontáneamente porque no obstante el dolor que a corazón abierto nos presenta en una sola persona el protagonista del corto, acontezca quizás que, de alguna manera, todos llevamos algo de Tomás en el alma. ¡Sí! De alguna extraña forma llegamos a crearnos, para sentir dolor –como Tomás lo hace consigo mismo–, desgracias sólidamente autoinfligidas que agarrotan el ser en primera instancia, que parecen trabas escatológicas insuperables, imposibles de remontar, y que nos extraen de la claridad inmanente a la luz para hundirnos en la sombría oquedad de la soledad, hasta que la razón y el espíritu maduran y, de consuno, las desenmascaran y descubren como meros medios –que es lo que las tribulaciones, con sus desesperanzas, realmente son–, medios que nos catapultan con robustez a encontrar la senda que lleva al inicio del verdadero camino. Al final, todo lo sólido se desvanece en el aire –Alles Ständische und Stehende verdampft, Marx dixit–; qué duda cabe.

 

Y si esto es así, el sentido teleológico del film –todos los buenos film tienen uno– conlleva una apodíctica lección: el tropo de marras, que no es metonimia ni sinécdoque, nos obliga a aprehender la distinción ontológica que separa y distancia el hecho de elegir vivir de veras, de la circunstancia natural del alumbramiento con el que, como en la reminiscencia de Tomás, nacemos de nuestras madres, circunstancia de la cual no tenemos –como no la habría podido tampoco tener él– capacidad de elección alguna. En efecto: una cosa es ser dado a luz a la vida, pero otra muy distinta es nacer a ella. Uno es el significado del dolor con el que se pasa a vivir de veras al mundo y otra antagónicamente diferente es aquella punzada que se causa a la madre al nacer. Podría, por tanto, decir Tomás, sintiéndose genésico veterotestamentario: —Ahora elijo lo primero; lo segundo no lo elegí, por eso compensé la injusticia de la inconsulta causando dolor de alumbramiento a mi madre.

 

Se trata entonces de cómo es que el parto representa en esta historia el sueño –por ahora profundamente dormido– que todo ser humano, si de veras es humano, posee: no es la libertad per se lo que se anhela (mucho menos en una era de libertinaje como la nuestra); lo que apetece es encontrar, conocer y asir el sentido de la existencia, en una palabra, traer para nos, y en concreto vital, aquel ser-para-sí del que nos hablaba con magistral elocuencia Jean-Paul Sartre. En una palabra: necesitamos saber no tanto por qué sino para qué estamos aquí. Es imposible, cuando no absurdo, pretender conocer algo tan incognoscible como aquello; lo segundo implica un poder: el poder de la transformación. Sólo conociendo la respuesta a la segunda cuestión, o creyendo al menos que la conocemos, podremos diseñar, dirigir y señalar el curso de nuestra existencia. Sin este significado ontológico de la vida, ¿realmente tendría sentido alguno ser portador de libertad? Sin la concreción de tamaño sueño, definitivamente no. Es un error creer que libertad es ens a se. ¡Es que no! No es ella noúmeno; es accidente del ser en tanto éste es descubierto, conocido y dominado por quien es.

 

Por eso siento que era de todo punto de vista necesario que la película culminase con algunas profundas reflexiones referidas a los sueños y a la realidad. Paradójica relación ésta, ¿cierto? Y es que, en efecto, como nos lo recuerdan los últimos versos de la Jornada Segunda que dan el título a la célebre obra de Calderón de la Barca: “Yo sueño que estoy aquí destas prisiones cargado, y soñé que en otro estado más lisonjero me vi. ¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”.



Tomás ya no es, al final, Diógenes; es Segismundo. Y es precisamente esto último lo que toca en las fibras más íntimas de mi espíritu, porque sientome también así: Segismundo. Es lo que me acerca mucho a Tomás: es mi komorebi (木漏れ日), esa metafísica y gorgiana experiencia vivencial que aprehendida y comprendida únicamente por el alma más sintiente que cogitante se hace, a pesar de lo que se quisiera, imposible de transmitir, imposible de comunicar.

 

Por último, no obstante la feliz y grata impresión que este cortometraje ha causado en mí, debo admitir que parte del puzzle del relato sub examine me ha quedado aún incompleto. Mas no por falta de piezas en el juego. En verdad, debo decir que me ha quedado así truncado porque no logré articular las piezas finales que me sobraron en la narración. Verán: si en la recitación de la epístola paulista se silogisa que el aguijón del pecado es la muerte y, a su vez, ésta es la ley, de lo que llanamente se sigue que el aguijón del pecado encarna en la ley, reflexión a la que se suma que en determinado momento Tomás maldice enérgicamente al Derecho (la ley), me pregunto entonces si acaso en esta particular escena hemos presenciado la insinuación de un sentimiento que, por alguna razón para mí desconocida, proviniendo de don Martín Agudelo, al alimón jurista y jusfilósofo de polendas, trasunta en boca de Tomás –notorio alter ego suyo, al menos en lo que aquí respecta–, por medio de quien reniega de la carrera abrazada, despreciando sin tapujos y con conmovedor estremecimiento su pasión original: el Derecho. Si así fuere, no me atrevo a especular sobre las causas de semejante apostasía intelectual que comparece aquí, tardía y dantescamente. Posiblemente no sea necesario meditar más de lo debido sobre el particular, amén de suponer que se trata no más que del grito liberador de un alma que, acaso freudianamente, se autoexorciza de algunos demonios internos que, azotando el alma desde los campos romano-germánicos incubadores del Jus, deben ser expulsados, pues su presencia no encuentra más sentido en su vida que el que otrora –y no ya más– tuvo.

 

Muy probablemente en lo anterior no tenga posibilidad de encontrarme en lo cierto; sin embargo, conociéndolo en cierta medida como lo conozco, creo que no me equivocaría si por otro lado asevero que las figuras de la madre doliente y el padre ausente efluvian de la propia vivencia de don Martín Agudelo. El cameo suyo poco antes del término de la película confirman mi sospecha. Tomás es una parte de Agudelo y Agudelo está muy presente en Tomás. Pero si yerro también en esta conjetura y no opera biyección alguna entre ellos, tal vez se acepte que sí, al menos, se encuentra en aquellas figuras reflejos pálidos y más o menos cercanos entrambos.

 

En suma cuenta, pues, me encantó la película. La recomiendo con ardor. Me recordó la punzante y profundizadora genialidad de Tarkovsky, la angustia complicada, desgarrada y cínica de Kieslowski y el incomprendido auxilio gemido por un Cioran densamente pesimista, rayano deletéreo, necrofílico. Además –y es lo más importante–, en Un camino para Tomás se encuentra la madurez del cineasta que, en la combinación de figuras oníricas como la desnudez del alma (reflejada en la desnudez de un ensueño onanista), en el acopio de experiencias personales poseedoras de dolores, satisfacciones y esperanzas, en la tratativa discordante de la vida y su ausencia, y siendo dueño de una notable visión proyectiva que lo define como un gnoseólogo profesional, siente el cine, el verdadero cine, indesligable, inextricable e indisolublemente unido al alma. La vida y la muerte son por tanto, en la estética docente y clarificadora de Martín Agudelo, innegables estadíos reales, contradicciones no antagónicas del ser. Es idealismo objetivo, idealismo que, en medio de un subjetivismo invasivo y degradante de la condición humana que desde los establishment políticamente correctos del mundo se nos ha impuesto por la fuerza y que hemos aceptado mansa–y mensa–mente, merece ser reconocido y valorado por el peso específico de su meritorio e inestimable contenido existencial. Como cineasta, Martín Agudelo Ramírez se muestra listo y preparado para entregarnos un largometraje. Personalmente, lo espero con ansias.