lunes, 24 de agosto de 2020

Discurso de agradecimiento en el Acto Académico Internacional de Desagravio al Prof. Dr. H. c. Múlt. Luis Alberto Pacheco Mandujano, Mg. Sc.

 

Discurso de agradecimiento en el

Acto Académico Internacional

de Desagravio al

Prof. Dr. H. c. Múlt.

Luis Alberto Pacheco Mandujano, Mg. Sc.

 

México, 7 de agosto de 2020

 



·         Señor Dr. Rubén Pacheco Inclán, Presidente de la Barra Interamericana de Abogados de México

 

·         Señora Dra. Adriana Arroyo Cuevas, Decana de la Facultad Interamericana de Litigación.

 

·         Apreciados y queridos colegas académicos, científicos sociales, amigos míos.

 

·         Damas y caballeros.

 


En la parte final de las Palabras Preliminares que preceden a su libro Instituciones de Derecho Penal Parte General, el insigne maestro Miguel Polaino Navarrete, extraordinario y notable jurista sevillano, recordó, por causas personales que afligieron su vida en algún momento de su fecunda existencia, el viejo principio que Cicerón atribuye, en su tratado De amicitia, a Quinto Ennio: Amicus certus in re incerta cernitur. A los amigos de verdad se les conoce en las situaciones difíciles. Es una gran verdad.

 

Por eso, al iniciar esta breve intervención, quiero que mis primeras palabras sean de gratitud a mis grandes amigos y colegas que han organizado este acto académico público de desagravio con el que me han honrado enormemente. Mi expreso saludo y agradecimiento a la Prof. Elena Núñez Castaño y al Prof. Miguel Polaino-Orts, ambos, magníficos juristas españoles a quienes me une no sólo una intensa correspondencia académica sino, sobre todo, una muy grande y estrecha relación de amistad. También, mi sentimiento de gratitud encendida y emocionada a la Maestra Adriana Arroyo Cuevas, Directora de la Facultad Interamericana de Litigación, y al Dr. Rubén Pacheco Inclán, Presidente de la Barra Interamericana de Abogados de México y Rector de la Universidad de la BIA, ambos, personas que forman parte de mi vida y trayectoria intelectual, académica, amical y, sobre todo, familiar. Ellos son la familia que elegí y que, para fortuna mía, me acogió con cariño y afecto. Gracias por ello. Mi saludo, asimismo, al Dr. Walter Zevallos Arango; una amistad de larga data es la que nos une desde los años iniciales del presente siglo, merced al interés común en la literatura y el Derecho, su siempre fraterna presencia es un dichoso y bendito regalo de la vida para mí.

 

Mi gratitud amplia, por supuesto, a mis queridos colegas y amigos la Dra. Silvia Verdugo Guzmán, notable penalista chilena profesora de la Universidad de San Pablo en Sevilla; al Dr. Franco Marcelo Fiumara, hermano argentino de muchos años, jurista y profesor de la Universidad de Buenos Aires a quien siempre reconozco, celebro y valoro enormemente esa inusual sensibilidad humanista demostrada por él e identificada con el pueblo hebreo y la defensa del mismo frente al anti-semitismo nazi increíblemente supérstite en pleno siglo XXI; al Doctorando Diego Fernando Palomino Flórez, discípulo de mi caro amigo y colega Miguel Polaino-Orts, en la Universidad de Sevilla; al Dr. Juan Carlos Manríquez Rosales, a quien me une una amistad fraterna, de hombres libres y de buenas costumbres, desde hace poco más de tres lustros, maestro sin par del Derecho Penal chileno y litigante de polendas ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos y ante la Corte Penal Internacional; y, por supuesto, al Dr. Julio Rodríguez Delgado, destacado profesor de la Maestría de Derecho Penal de la Universidad de San Martín de Porres en Lima, gran colega y bienquisto amigo; todos ellos participantes en esta conferencia internacional y acto académico de desagravio realizada para este sincero y dedicado servidor.

 

A todos ellos, muchas, pero muchas gracias, en nombre propio y en nombre de mi mujer, la brillante Dra. Mónica Bustamante Rúa, magnífica profesora de Derecho Procesal en la Universidad de Medellín, Colombia, a quien también agradezco por todo su apoyo y presencia desde el primer momento, y que se encuentra presente en este acto. Mi gratitud, por último, a mis hijos y, por supuesto, a mi familia entera.

 

La gran corporación mediática, sirviente del poder político corrupto peruano, cuyos hilos iniciales de control provienen de Europa y de Brasil, ha pretendido satanizarme y convertirme en un odioso representante de ese sector creado por ella misma: el de "los malos" de la sociedad; y en su afán de desdibujarme con el poder de su influencia psicológico-social, no escatimó esfuerzo alguno para destruirme. ¿Por qué? Pues porque, como dijera el Amauta José Carlos Mariátegui a inicios de la década de los años ’30 del siglo pasado, “pensar y enseñar a pensar, en el Perú, es un peligro para los intereses de los dueños del país”.

 

Esto es lo que ha pasado conmigo: fui a dar una conferencia académica sobre Criminología Mediática al Ilustre Colegio de Abogados de Arequipa; la di en ejercicio de mi rol social de profesor universitario y jurista –que es lo que soy–, y la di de manera gratuita, en el afán de colaborar con la academia arequipeña y con su gremio de colegas; pero mientras yo demostraba una actitud asertiva con la verdad y con el Derecho, algún máncer malnacido, de esos que nunca faltan y por el contrario sobran, organizó, "horrorizado" por lo que escuchó en mi conferencia, un escándalo con tinaja de latón para ganar notoriedad. ¿Y qué escuchó que yo dijera? Pues nada más que la pura verdad sobre el papel incultural que desempeñan los medios de comunicación de la prensa masiva para adormecer las consciencias de los hombres y mujeres del mundo. Pero ésta, ¡que no es una verdad mía ni nueva!, es la verdad que ha sido objeto de un juicioso análisis crítico de parte de los más reconocidos filósofos y sociólogos del siglo XX a quienes seguimos porque, como dijese bien Juan de Salisbury en su Magna Metalogicon de 1159, si somos alguien es porque nos sumus sicut nanus positus super humerus gigantis. Figuras académicas mundiales como Jean-Paul Sartre, quien ya en 1973 descubrió inequívocamente que “en los tiempos actuales, el arma fundamental de las clases dominantes es el arma de la estupidez, la cual se implementa, irónicamente, a través de los sistemas de educación y medios de comunicación social”; o Giovanni Sartori, quien en su libro Homo videns mostró cómo es que la televisión viene desplegando desde fines de los años ’90 del siglo pasado una estrategia de estupidización masiva, lograda a través de los contenidos que esparcen los canales de señal abierta las 24 horas del día; son los pensadores a quienes, fundamentalmente, recurrí para ofrecer consistencia y valor racional a mi conferencia, pues ellos, y otros más a quienes cité en mi discurso, nos han demostrado con rigor epistemológico cuál es el objetivo de esa estrategia mediática: adormecer las consciencias de los hombres y mujeres para anular en ellos la capacidad de enjuiciamiento abstracto y crítico que, si la tuvieran, les permitiría comportarse como ciudadanos y no como masa, que es lo que lamentablemente conforman hoy.

 

Gracias a este mecanismo de esparcimiento de basura y de cultivo de la cacosmia, ha dicho bien el recientemente desaparecido polígrafo peruano, Marco Aurelio Denegri: “En épocas de depresión como la nuestra, en que todo está hundido y deshecho y en que reina soberano lo que se ha llamado «el resentimiento atávico de la bestia contra la cultura», razón por la cual la oligofrenia es meritoria, la animalidad cotizadísima y el embrutecimiento galopante… la verdad [es] muda y la mentira trilingüe, según frase gracianesca; [vivimos una] época de absoluta bajura existencial…”.

 

Y en esta época de absoluta bajura existencial, lograda merced a esa estrategia de embrutecimiento masivo, la cereza del pastel viene a ser la que han colocado los medios informativos de la prensa masiva que, como bien lo ha señalado el profesor argentino Eugenio Raúl Zaffaroni en base a los estudios sociológicos de Peter L. Berger y Thomas Luckmann, crean una falsa realidad que origina un estrecho y fútil mundo dicotómico de buenos y malos, donde, despertando las más bajas pasiones humanas de odio, racismo y mezquindad, son esos medios los que establecen quiénes son los buenos y, de la misma manera, quiénes los malos, los otros, es decir, aquellos a quienes los medios configuran y desfiguran para destruirlos, movilizados por intereses inconfesables del cartel político-mediático que busca anular a sus opositores y enemigos, sean éstos culpables o no, convirtiéndolos en malos, enjuiciándolos paralelamente, e influenciando, sutil pero eficazmente, a los jueces y fiscales que actúan de tal o cual forma, atemorizados por el reproche mediático que podrían sufrir si es que no procedieren conforme ese cártel mediático, esa criminología mediática, quiere que ellos actúen. ¿He dicho, por tanto, alguna mentira? ¡Ninguna!

 

Eso fue lo que dije; no he dicho ninguna mentira. Y no solamente no he dicho ninguna mentira, sino que, además, por decir esta verdad, se pretendió hacerme aparecer como defensor de un sector de sujetos cuestionados por ciertas acciones que son materia de investigación y quisieron incluirme en ese conjunto de odiados sociales, como si yo también fuese el “delincuente” que esa prensa ha creado, calificado y definido. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, a pesar de su poder, no lo lograron. Y no sólo no lo lograron, sino que el efecto fue absolutamente inverso a lo que ellos buscaron: la comunidad académica y jurídica peruana e internacional reaccionó de inmediato movilizándose y expresando públicamente su apoyo y solidaridad conmigo, manifestándose en defensa de este servidor a través de comunicados que llegaron desde España, Italia, México, Nicaragua, Panamá, Ecuador, Colombia, Chile, Argentina, Paraguay y Brasil, y expresando su preocupación por la manifiesta censura de que fui víctima, irónicamente, por parte de los que se autodenominan los baluartes y defensores de la libertad de expresión. Qué cosa más curiosa.

 

En Mi guerra civil española, integrante de su libro Homenaje a Cataluña (publicado en España en 2017 por Ediciones Debate, con la traducción de Miguel Temprano García), George Orwell afirmaba en 1937 que “ya de joven me había fijado en que ningún periódico cuenta nunca con fidelidad cómo suceden las cosas, pero en España vi por primera vez noticias de prensa que no tenían ninguna relación con los hechos, ni siquiera la relación que se presupone en una mentira corriente. (...) En realidad vi que la historia se estaba escribiendo no desde el punto de vista de lo que había ocurrido, sino desde el punto de vista de lo que tenía que haber ocurrido según las distintas «líneas de partido». (...) Estas cosas me parecen aterradoras, porque me hacen creer que incluso la idea de verdad objetiva está desapareciendo del mundo. A fin de cuentas, es muy probable que estas mentiras, o en cualquier caso otras equivalentes, pasen a la historia. ¿Cómo se escribirá la historia de la guerra civil española? (...) Sin embargo, es evidente que se escribirá una historia, la que sea, y cuando hayan muerto los que recuerden la guerra, ella se aceptará universalmente. Así que, a todos los efectos prácticos, la mentira se habrá convertido en verdad. (...) El objetivo tácito de esa argumentación es un mundo de pesadilla en el que el jefe, o la camarilla gobernante, controla no sólo el futuro sino también el pasado. Si el jefe dice de tal o cual acontecimiento que no ha sucedido, pues no ha sucedido; si dice que dos y dos son cinco, dos y dos serán cinco. Esta perspectiva me asusta mucho más que las bombas, y después de las experiencias de los últimos años no es una conjetura hecha a tontas y a locas”. Qué actualidad más omnipresente la de estas palabras, hoy. Pareciera que Orwell no hubiera sido escritor revolucionario, sino profeta. También apelo a él para hablar a través de su sapiencia y autoridad.

 

Por esto, por ser firme al decir las cosas, todas las manifestaciones de apoyo, solidaridad y afecto que han llegado hasta mí, hasta mi correo electrónico y por medio de otras redes sociales, ya no por cientos sino por miles, constituyen muestras colectivas e individuales que me han fortalecido enormemente como ser humano, como jurista, como científico-social que, además, ha tenido el agridulce beneficio de haber logrado verificar en carne propia y viva la verdad y validez de las dos hipótesis centrales de su conferencia: primero, es verdad que los medios de comunicación de la prensa masiva in-forman (es decir, dan forma a) la consciencia social de los hombres, para adormecerlos e introducirlos en realidades que siendo falsas se convierten en verdades pueriles e insoportables pero sólidas para beneficio de sus creadores; segundo, en el Perú sólo existen instituciones formales, pero no existe institucionalidad.

 

Esto último se verificó en el momento en el que, sometido al asedio y a la presión de esa misma prensa que pretendió destruirme, el presidente del Poder Judicial, sin expresión de causa decidió apartarme de mi puesto de trabajo como Coordinador General del Gabinete de Asesores de la Corte Suprema de Justicia. Si hubiera primado la institucionalidad, otra habría sido la decisión. Pero ya ven que con instituciones de papel, esto y más es posible.

 

Son épocas difíciles las que vivimos. Y no me refiero precisamente a la guerra viral que sufre el planeta por el esparcimiento del COVID-19 que es asunto de otro análisis. Me refiero a la presentación evolucionada –si así podemos llamarla– de las dictaduras y autocracias que hoy no actúan como tradicionalmente solían hacerlo en los años ’60 y ’70 del siglo en el que nacimos, sacando los tanques a las calles y las tropas de soldados para avasallar al pueblo. No. Hoy día el método es mucho más sutil: en lugar de hacer rodar los tanques, se esparce bazofia incultural a través de la televisión; en vez de fusilar a los disidentes del statu quo, para dar escarmiento al pueblo, se adormece la consciencia colectiva a fuego lento por medio de la programación difundida a través de las microondas comunicacionales (lo cual es otra forma de fusilar, aunque ya no a los cuerpos sino directamente a las almas) por espacio de tres décadas; y, finalmente, con las consciencias absolutamente anuladas, sin necesidad de implementar un totalitarismo cultural a lo Mao, se induce ovejunamente a los seres humanos a actuar aceptándolo todo, irónicamente, “en nombre del pueblo”, creando falsos demócratas, ídolos de barro que expresan la aspiración voluble, ciega, simplona y relativizada de las jóvenes generaciones a quienes se les ha privado del deber –placentero y sano, además– del autocultivo personal y cultural e institucionaliza un democratismo demagógico que deforma la democracia verdadera para convertirla en una oclocracia. Este sistema de control social es infinitamente más efectivo e inmediato –además de barato– que el que desplegaron el SINAMOS velasquista en el Perú o la revolución cultural en China. 

 

En pleno año 2020, habría que reescribir, por eso, ese maravilloso tango argentino compuesto en 1934 por Enrique Santos Discépolo que se estrenó a fines de ese año en el Teatro Maipó de Buenos Aires donde, a pedido de Discépolo, lo interpretó por primera vez Sofía “La Negra” Bozán. Yo diría, por eso:

 

“Pero que el siglo veintiuno es un despliegue

de maldad insolente ya no hay quien lo niegue,

vivimos revolcaos en un merengue y

en un mismo lodo todos manoseaos.

 

Hoy resulta que es lo mismo ser

derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro,

generoso, estafador.

 

¡Todo es igual, nada es mejor, lo mismo

un burro que un gran profesor!

No hay aplazaos ni escalafón, los inmorales

nos han igualao...

 

Si uno vive en la impostura y otro roba en

su ambición, da lo mismo que si es cura,

colchonero, rey de bastos, caradura o polizón.

 

Siglo veintiuno, cambalache, problemático y febril,

el que no llora no mama y el que no afana es un gil.

¡Dale nomás, dale que va, que allá en el horno

nos vamo a encontrar!

 

¡No pienses más, sentate a un lao, que a nadie importa

si naciste honrao!

 

Es lo mismo el que labura noche y día como un buey

que el que vive de los otros, que el que mata o el que cura

o está fuera de la ley.”

 

 

La generación de hombres y mujeres que nacimos a finales de los años ’60 y durante los ’70, hoy más que nunca, tenemos un compromiso contraído con la historia, con nuestras patrias, con la patria grande de Indoamérica. Es, incluso, un compromiso con la propia humanidad. Tenemos que oponer decididamente nuestros esfuerzos liberadores de consciencia contra el gran despliegue neo-obscurantista que se cierne sobre nosotros y que busca crear e imponer una segunda Edad Media en la que se persiga –como ya se viene haciendo– al científico social sobre todo, porque como ya nadie entiende (gracias al embrutecimiento creado) al científico de las ciencias naturales, con éstos no hay problema alguno pues su lenguaje resulta oportunamente ininteligible. El problema para el establishment son los científicos sociales por ser quienes revelan la verdad de la sociedad. Es por eso necesarísimo para el sistema, de todo punto de vista, anular a estos pensadores y, más bien, enaltecer y encumbrar al formalismo cortesano y vedettero de los zamarros de siempre; resulta  imprescindible volver a quemar libros en las plazas públicas mientras las mesnadas de idiotas bailen alrededor del fuego lanzando aullidos ataráxicos y taradáxicos. Frente a esta realidad distópica cuyo inicio ya lo padecemos, aquel deber liberador es, por eso mismo, actual. No es futuro. Es más, es impostergable. ¡Es un deber insoslayable e inclaudicable! De nosotros, la última generación de la humanidad educada libremente que no sufrió el embate demoledor del neo-obscurantismo adormecedor que ha devorado el espíritu de las jóvenes generaciones, depende el devenir del mundo que éstos y sus sucesores habrán de heredar en no más de cuarenta, setenta y cien años. Los hombres y mujeres de esos tiempos, un día, dirigirán su mirada hacia nosotros, y ya en pretérito nos juzgarán de la misma manera como nosotros juzgamos a nuestros antecesores históricos y a quienes, generalmente, reprochamos con severa justicia sus omisiones, cobardías y traiciones. No repitamos esta historia y hagamos lo contrario, para que cuando llegue el momento de enfrentarnos al tribunal de la historia, nos sintamos serenos y tranquilos de sabernos alejados del mensaje guillotinero que contiene la voz estruendosa, potente y todopoderosa del destino que habrá de recitarnos los versos de Juan en el capítulo 3 de su libro de las Revelaciones: “Yo conozco tus obras y sé bien que no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero como sé que eres tibio y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”.

 

El reto es muy grande, pero las energías que nos definen y nuestras fuerzas también lo son. No nos van a derrotar. No vamos a sucumbir. Y seguiremos haciendo brillar la luz liberadora de la cultura, de la libertad de opinión científica, la libertad de expresión, la libertad de cátedra y la libertad de consciencia, en favor de la democracia, del Estado de Derecho y de los ciudadanos. Por eso, como Camilo José Cela, parafraseándolo, también diré, finalmente, que “dedico estas palabras a mis enemigos que tanto me han ayudado en mi carrera”.

 

¡Reluzca sempiterna la verdad!


¡Viva la Academia!

 

Muchas gracias.

 

 

 

Prof. Dr. H. c. Mult. Luis Alberto Pacheco Mandujano, Mg. Sc.

Lima, 7 de agosto de 2020.

lunes, 27 de julio de 2020

COMUNICADO




El Prof. Dr. H. c. Mult.
Luis Alberto Pacheco Mandujano, Mg. Sc.

A la Comunidad Académica Nacional e Internacional y
al Pueblo Peruano


Por invitación del Ilustre Colegio de Abogados de Arequipa, ofrecí una conferencia académica virtual y gratuita el pasado 8 de julio de 2020 titulada “Criminología Mediática. La criminalización subjetiva desde los medios de comunicación” en la cual, en línea epistemológica con los postulados desarrollados por penalistas de la más connotada y reconocida estirpe científico-social latinoamericana y europea (entre ellos el laudado profesor argentino Eugenio Raúl Zaffaroni, hoy juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos), puse de relieve el papel confusionista y distorsionador que cumplen ciertos medios de comunicación, en la deformación de la consciencia cultural, educativa, moral y política del país.

El objetivo de crear realidades paralelas construidas en base a especulaciones procaces y distorsiones provocadas de propósito, sirven para orientar la forma de pensamiento colectivo de la nación en beneficio de grupos de poder con intereses inconfesables, generalmente económicos y políticos, ganando así para ellos una falaz legitimidad de acción que, legalizada por su propio proceder controlista estatal, les permite perseguir a cierto sector de la sociedad, sector manifiestamente opuesto del orden establecido e integrante de lo que ellos consideran una “masa desechable”, para hacerse del dominio absoluto de los Estados, hecho que sucede en diversas partes del mundo, como en el Perú.

En dicha conferencia, disertada con el uso de un lenguaje y de categorías propias de la antropología jurídica y de la sociología del Derecho, precisé que con base a la implementación de una estrategia comunicacional que implementa una cultura inculta, acrítica y de mesnada, y destruyendo el verdadero sentido del rol que debe cumplir el sistema educativo del país, se ha creado una realidad dicotómica en la cual sólo existen dos clases de personas: las buenas y las malas, donde los buenos y los malos son aquellos quienes los aparatos de poder comunicacional y educativo enseñan y pregonan que son los justos y pecadores.

Esta conferencia fue ofrecida en el ejercicio de mi rol de profesor universitario de pre y posgrado que ostento, con mucho honor, desde hace veintiún años, y no en desempeño de mis funciones como asesor del gabinete de asesores de la presidencia del Poder Judicial, institución a la que, respetándola y reconociéndola como un ente conformante del Estado peruano y del sistema de gobierno democrático del Perú, no representé en ese –ni en ningún otro– momento en que actué en condición de profesor universitario y en un escenario eminentemente académico.

Sin embargo, a raíz de ello, el programa dominical “Cuarto Poder” que se transmite a través del canal 4 que, dicho sea de paso, forma parte del conglomerado mediático más grande del país (el que concentra el 85% de la totalidad de medios de comunicación del Perú), difundió este domingo 26 de julio del año en curso un reportaje en el cual, descontextualizando mis palabras que corresponden a una entrevista que, con una duración de 1 hora y 8 minutos, me realizó la señora Anuska Buenaluque, se me ha presentado como defensor del señor Gonzalo Chávarry Vallejos, hecho total y absolutamente falso.

Mostrar con claridad quiénes son las personas que forman parte de ese producto de la cultura oficial, adormecedora e idiotizante que ha creado una cosmovisión estrecha en la polaridad buenos y malos, cosmovisión lamentablemente generalizada gracias a la pobreza de cultura y conocimiento que se ha cultivado miserablemente en el país, no significa defender a ninguna persona; por el contrario, significa presentar los hechos tal y como realmente son para proporcionar luz donde gobierna la oscuridad. ¡Quienes hayan cometido delitos contra el Estado que sean juzgados debidamente y que paguen sus culpas!; pero ni siquiera ello puede justificar la realización de juicios paralelos de responsabilidad, puesto que los juicios auténticos únicamente corresponden ser realizados por los jueces de un Poder Judicial independiente, autónomo y libre de presiones e influencias mediáticas. Lo contrario, invalida la existencia del Estado de Derecho y del orden democrático. El caso del juez Moro en la República del Brasil da cuenta palmaria de este proceder condenable, proceder que desgraciadamente se viene repitiendo en el Perú.

Los postulados de orden fáctico, sociológico-jurídico, antropológico-jurídico y filosófico que caracterizaron mi conferencia, verificados en el terreno de los hechos reales, evidentemente no fueron del agrado de ciertos detentadores del poder mediático en el Perú. Por eso deformaron la entrevista, editándola a su antojo, y presentando un vergonzoso producto informativo que, sin embargo, para despecho de los promotores de esta perversidad, no ha producido el efecto que buscaban: involucrarme en hechos inexistentes, revivir refritos noticiosos acerca de la vida personal del señor José Luis Lecaros Cornejo y distraer la atención pública para encubrir la tragedia que vive el país gracias a la poco menos que mediocre gestión de la crisis sanitaria que padecemos, escenario en el cual, además, se ha festinado con actos de corrupción que, precisamente, provienen de esos sectores sociales y políticos que financian a los promotores de la cacosmia bajo el ilegítimo concepto de “publicidad estatal” (manifiesto cohecho encubierto bajo un manto de legalidad), y a quienes nadie investiga y nadie los denuncia, como es de esperar en un régimen como el que se vive en el Perú.

Mi voz ha representado la voz de millones de hombres y mujeres inteligentes, cultos y librepensantes del Perú que, sin embargo, conociendo la realidad y la verdad de los hechos que acontecen en el país, temen decir de viva voz lo que en verdad sucede, porque saben del actuar reactivo del poder de ciertos medios de comunicación que con su fuerza envolvente tienden a destruir a quienes osan insurgir develando la realidad. Y por eso mismo, lo que ha hecho el día de ayer “Cuarto Poder” a través de su cuestionable reportaje, ha sido distorsionar el sentido objetivo y el propósito central de mi conferencia, censurando ideas y pensamientos estrictamente académicos, lo que conlleva a una negación de mis derechos a la libertad de opinión, de consciencia y de expresión.

Por eso mismo, por respeto a mi patria que está próxima a cumplir 200 años de independencia, por respeto a las ciencias sociales, a las que he dedicado con pasión, ardor y pujanza alrededor de la mitad de mi propia existencia, por respeto al Poder Judicial, por respeto a la comunidad académica nacional e internacional a la cual pertenezco desde hace varios años, y creyente en el sistema de gobierno democrático, manifiesto que no voy a retroceder en mi manera de pensar ni en mi forma de transmitir el conocimiento, porque no soy un mero repetidor de aprendizajes, sino soy un hombre dialéctico que enjuicia severa y críticamente la realidad a partir de los instrumentos teóricos que nos proporcionan las ciencias sociales y, en especial, la criminología mediática, escuela de pensamiento que nació en Argentina con el dilecto Profesor Eugenio Raúl Zaffaroni.

Por tanto, alerto a los académicos de la comunidad académica nacional e internacional, así como al pueblo peruano que la acción ejecutada por los realizadores del programa “Cuarto Poder” constituye una censura que ha tergiversado mis ideas así como también ha mutilado mi pensamiento, grave circunstancia por la cual ha sido develada la naturaleza antidemocrática con que vienen operando las fuerzas político-mediáticas del poder en el Perú, las que amenazan con denunciar, enjuiciar y destruir socialmente a quienes venimos a constituir un peligro para el sistema impuesto, tan sólo por cumplir el liberador papel histórico de la enseñanza universitaria con base en valores democráticos y científicos.

El pensamiento se debate en el escenario académico que es el lugar al que corresponde la polémica científica, y no en medios periodísticos notablemente sesgados. Los académicos debemos oponernos tenazmente a cualquier amenaza contra la libertad de cátedra, porque si no hacemos nada para evitarlo, se pone en riesgo una parte muy importante y trascendente del funcionamiento del sistema democrático y del Estado de Derecho, pues se amenaza la dignidad de las personas de la cual una de sus formas de manifestación es la libertad de consciencia, de opinión y de expresión.

Rechazo, pues, la censura ejercida en mi contra por razón de mi pensamiento y de mis opiniones académicas y condeno enérgicamente al poder mediático que me convierte en víctima de sus ligeros, constantes y acostumbrados, aunque reprochables, juicios paralelos. No me van a destruir y, antes bien, me vienen ofreciendo sobradas razones para confirmar la veracidad de mi discurso y para reafirmarme en mi pensamiento.

Lima, 27 de julio de 2020.





“Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversas formas el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”.

Karl Marx.


martes, 14 de julio de 2020

La estulticia del llamado "lenguaje inclusivo"


3.4.       La necesaria interpretación lingüística de su tratamiento especial[1]

El lenguaje, independientemente del idioma que adopte, no sólo implica un uso funcional expresado en la comunicación destinada al proceso de socialización entre seres humanos, sino que, por sobre encima de tal fin práctico, tiene una connotación ontológicamente determinada en un sentido mucho más profundo, porque el lenguaje es directamente proporcional a nuestros pensamientos; esta es una verdad tan hondamente cierta que, entendido en su manifestación proposicional, es posible por ello afirmar que el lenguaje es el reflejo mismo del mundo o, como mejor lo precisara el propio Wittgenstein, “es una figura de la realidad”.[2] En efecto, el lenguaje refleja en palabras (orales y escritas) lo que el pensamiento, a su vez, viene a ser: el reflejo del mundo, el reflejo de nuestro entorno.

Siendo esto así, sea de manera oral o escrita, el lenguaje revela el pensamiento que nos define como seres humanos, como personas, a la par de materializar el enorme conjunto de conceptos, juicios y raciocinios que cotidianamente producimos[3] hasta el infinito.

En una palabra, el lenguaje revela el grado de desarrollo eidético –desde el punto de vista de sus estructuras– de una persona. Por tanto, la corrección del lenguaje no viene a ser un tema de exquisitez ni de vana soberbia personal. La corrección del lenguaje implica, de manera sinalagmática, la corrección del pensamiento y de sus estructuras ontológicas. Por eso mismo Denegri decía que “las cosas dichas tienen que ser bien dichas porque toda lengua tiene una normatividad, un estatuto, un conjunto de reglas y principios, y por eso uno no puede hablar como le parece, o como se le ocurre, o como le da la gana”.[4]

En ese marco de naturaleza lógica, semiótica y lingüística, cabe preguntar, por tanto, ¿de qué sombrero salió ese estilo de escritura tan estólido y también mal llamado lenguaje inclusivo según el cual debe[5] hablarse y escribirse “evitando las definiciones de género o sexo, abarcando a mujeres, varones, personas transgénero e individuos no binarios por igual”?[6] Obviamente, salió del sombrero negro de propiedad de los militantes de una ideología que, para sobrevivir e imponerse socialmente, se guarece bajo el manto protector de un concepto inventado por ellos mismos que responde al nombre de criterio de lo políticamente correcto, concepto, a juicio propio, que constituye la expresión más palurda de una diplomacia tremendamente hipócrita, farisea, que concibe al mundo como el escenario donde sólo se perciben dos colores políticos, jurídicos, lingüísticos, culturales en general: blanco y negro, y donde, si no se forma parte de ese criterio de vida, entonces se está en contra de lo correcto. ¡Qué manera más estrecha de ver al mundo! Pero es lo que se nos ha impuesto a viva fuerza.

Un día, convirtiendo este criterio en dogma de fe, un citadino irresponsable consigo mismo y con la cultura, contratado en el sector público no para beneficiar a la sociedad con un sano ejercicio productivo de mayores dosis de sinapsis, sino para ejecutar órdenes sin dudas ni murmuraciones, publicó en la intranet del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos del Perú, por encargo de su Oficina General de Administración, un mensaje de saludo institucional que decía así: “El trabajo en equipo, las metas altas, la perseverancia en el esfuerzo de servir a nuestras/os hermanas/os y la honestidad, nos ayudarán a construir el país que todos queremos. Está en nuestras manos. El Ministerio de Justicia y Derechos Humanos hace llegar un caluroso saludo a todas/os[7] sus servidoras/es al conmemorarse el Día del Servidor Público el próximo 29 de mayo…”

El escritor de marras, de la misma manera que casi todos aquellos sujetos que tienen la misión de redactar todo tipo de textos oficiales, ignoró con supina contumacia, que en el idioma castellano, el adjetivo posesivo plural en primera persona nuestro, descendiente directo del latín noster, incluye semánticamente en la oración –como sucede de igual manera con muchos otros términos del idioma castellano– tanto al género masculino como al femenino, y precisamente ello hace que resulte inadmisible escribir en una sola proposición, v. gr., “Convocamos a nuestros y nuestras…”, como tampoco es lícito redactar un texto de la siguiente forma: “Convocamos a nuestros/as…”

Algo similar sucede con el adjetivo indefinido plural todos,[8] del latín totus, cuyo significado es, precisamente, “todo entero”. En consecuencia, cuando en la oración se dice, por ejemplo, “Saludamos a todos los trabajadores de esta institución”, la partícula todos, como en el caso anterior, incluye significativamente en sí misma a los trabajadores de ambos sexos, varón y mujer. Por tanto, no es necesario ni admisible escribir, en la línea del ejemplo anterior, “Saludamos a todas y todos los trabajadores de esta institución”[9] porque, como en el caso relievado en el párrafo precedente, con semejante forma de escribir, lo único que hacemos es colaborar con la producción de un literal barbarismo fraseoclasta y logocida que avergonzaría y llenaría de rabia al propio Cervantes al verificar lo que ciertas gentes están haciendo con su lenguaje.

Las mismas anteriores reglas operan en el caso del término servidor, de manera que basta con escribir “Saludamos a los servidores de nuestro centro de labores”, siendo incorrecto hacerlo así: “Saludamos a las y los servidoras y servidores de nuestro centro de labores”.[10]

Si en el idioma castellano, por ende, quisiese hacer usted una diferenciación precisa, desde el punto de vista del género –dicho sea de paso, inextricablemente vinculado a la naturaleza sexual del individuo–, para distinguir al varón de la mujer, lo correcto sería escribir, por ejemplo, “En este importante día, saludamos de manera especial a las damas y caballeros que, como servidores públicos, laboran en nuestra institución”.Por el contrario, la forma escritural “En este importante día saludamos de manera especial a todas y todos las y los trabajadoras y trabajadores que laboran en nuestra institución”, además de constituir una flagrante violación a las reglas del idioma, revelando la desorganización conceptual que se tiene del mundo a la hora de construir y fijar las estructuras del razonamiento, el pensamiento y las ideas, semejante redacción deviene, como solemos decir muy bien en el Perú para casos como estos, una auténtica huachafada.

El sandio –y mal llamado– lenguaje inclusivo, bajo el que se cobija y en el que se sustenta la redacción de ese comunicado oficial en comentario, además de ser procaz e irrespetuoso con el lenguaje debido, es en esencia tautológico, pues todo lenguaje, desde el más simple hasta el más complejo, en cualquier parte del mundo, es inclusivo; por lo tanto, semejante engendro no contribuye en ninguna mejora de ninguna clase. Por el contrario, sólo perjudica el buen y correcto sentido del hablar y del escribir; y como el lenguaje es reflejo del pensamiento, deformando y perjudicando al lenguaje se deforma y perjudica también al pensamiento.[11]

Además, desde una perspectiva ontológica, no existe ningún lenguaje que sea exclusivo;[12] ni siquiera en las sociedades de castas más reaccionarias, aún supérstites en algunas latitudes del orbe. En términos generales, pues, el lenguaje es inclusivo.

Que se sepa entonces, y de una vez por todas, que cuando se trata de usar términos verdaderamente inclusivos, todos los términos que en el lenguaje castellano aparentemente se manifiestan neutros, todos ellos nombran intrínsecamente al varón y la mujer. De manera tal que es torpe la percepción según la cual el no nombrar un artículo, un sustantivo o un verbo en versión de género femenino, implica invisibilizar a la mujer. Eso no es cierto, pues el lenguaje no tiene ninguna intención de tal índole. Contrario sensu, semejante variación, irregular de todo punto de vista, constituye una deformación fraseoclasta del lenguaje, además de resultar convenidamente ignorante de las normas y significados que lo rigen.

De esta manera, cuando, v. gr., el artículo 106° del Código Penal, disposición normativa que inaugura el libro segundo de dicho código y, con él, da inicio al catálogo de crímenes que el Estado peruano pena, prescribe que:

“El que mata a otro, será reprimido con pena privativa de la libertad no menor de seis ni mayor de veinte años”


el artículo el, actuante en esta fórmula legal ab initio, constituye un artículo neutro de apariencia que involucra, sin embargo, por igual razón y sin discriminación de ninguna especie, al varón y a la mujer en la condición de potenciales sujetos activos del homicidio simple. Lo mismo sucede en todos los casos que siguen el estilo de redacción de dicho dispositivo legal. No cabe ni pensar siquiera, por tanto, una redacción como la que figura a continuación:

“El/la que mata a otro u otra, será reprimido/a con pena privativa de la libertad no menor de seis ni mayor de veinte años”


Ahora bien, sin embargo a todo lo demostrado en este acápite de mi trabajo y por las razones expuestas poco antes, téngase claro que cuando el artículo 108-B° del Código Penal prescribe que:

“Será reprimido con pena privativa de libertad no menor de veinte años el que mata a una mujer por su condición de tal,…”


no cabrá sino entender que el artículo determinativo el, presente en el texto del tipo penal, se refiere únicamente a el varón que mata a la mujer por su condición de tal.[13] No cabe pues, en dicho artículo lingüístico, por todo lo ya explicado en este trabajo, una comprensión inclusiva de los géneros masculino y femenino. Además, de haber sido esa la idea de quienes redactaron el texto legal,[14] o sea, de haberse querido implicar que el artículo de marras incluyese indistintamente al varón y a la mujer, como sucede con el artículo determinativo que da inicio a la redacción del tipo penal del delito de homicidio simple, entonces, con ayuda de su adelantado lenguaje inclusivo, las autoras del texto legal lo habrían redactado en los siguientes términos:

“Será reprimido/a con pena privativa de libertad no menor de veinte años el/la que mata a una mujer por su condición de tal,…”


Pero el texto, como bien sabemos, no fue redactado así, hecho evidente que da cuenta ens a sé que ni en el pensamiento feminista de las autoras de este tipo penal pasó la idea de que el delito de feminicidio contemplase la posibilidad de tener por sujeto activo del mismo a la mujer.

Esa pérfida ideología, pues, que, siendo inconsecuente consigo misma, y que se ha propuesto destruir valores e instituciones que llevan avanzando con la humanidad misma siglos y siglos de historia –y que, con y por ello, contienen sólidas razones dialécticas, axiológicas y naturales[15] en las cuales sustentan su existencia– quiere también ahora destruir el lenguaje. ¿Lo vamos a permitir? Evidentemente que no. Pero, qué hacer ante semejante acción extremista, fanática y violenta que dirige su batería destructora contra el λóγος. Pues bien, por lo pronto en este punto, respondamos con el mismo maestro Denegri, polígrafo sin par, reiterando que “las cosas dichas tienen que ser bien dichas porque toda lengua tiene una normatividad, un estatuto, un conjunto de reglas y principios, y por eso uno no puede hablar como le parece, o como se le ocurre, o como le da la gana”. Y, después, ofrezcamos la razón contra la barbaridad. Esta ha sido siempre, y seguirá siendo, una buena medida de lucha contra la misología.

Tengamos consciencia, además, que, desde la existencia de los australopithecus, a  la naturaleza le ha tomado alrededor de 4.5 millones de años para realizar exitosamente el proceso de hominización. Básicamente, han sido 4.5 millones de años los que han tenido que pasar para que se logre desarrollar la evolución del muy bien organizado cerebro humano. Este es el mismo tiempo que la madre natura invirtió para crear y evolucionar el lenguaje humano. Con qué derecho, pues, aparecen esos gaznápiros anticultura que vienen a maltratar y querer destruir uno de los más grandiosos logros del universo, el lenguaje, desnaturalizándolo con guarradas creadas por gestores de la inversión,[16] que convierten lo malo en bueno y viceversa.

Integrantes de enfermas corporaciones, tales administradores de la podre y de la bajeza intelectual no son sino expertos en crear la falsa imagen según la cual lo correcto es sinónimo de decrepitud y que ésta, la decrepitud, a la cual temen por su cercanía al juicio final en el cual deberán rendir cuentas por sus dolosos desórdenes vitales, es merecedora del desecho. Personajes ajenos a la verdadera intelectualidad que, errando con tan falaz lógica, identifican confusionistamente (de la misma manera como identifican sus [in]consciencias morales con acomodadas posiciones rentistas en sus quehaceres cotidianos de supuesta –pero falsa– labor de reivindicación social[17]) el concepto de lo clásico por el de reaccionario, mientras construyen –agazapados en galimatías llenas de palabrejas tremendistas y de terminejos carentes de contenido vital– verdades que terminan siendo mentiras. Comerciantes de derechos, traficantes de esperanzas ajenas, obran en procura de intereses propios, mas no de intereses realmente colectivos ni sociales. Con su despreciable presencia nos advierten que los tiempos actuales, definitivamente, ¡son tiempos del homo stupidus![18]




Bonus episteme




[1] Tomado de: Pacheco Mandujano, Luis Alberto, Contribución a la crítica dogmático-penal del delito de feminicidio. Prólogo de Elena Núñez Castaño, Profesora Titular de Derecho Penal de la Universidad de Sevilla. Editorial A&C, 1ra. edición, tiraje 1000 ejemplares, Lima, febrero de 2019.

[2] Sic. Wittgenstein, Ludwig, Tractatus lógico-philosophicus, § 4.01 y § 5.6, traducción, introducción y notas de Luis M. Valdés Villanueva, 3.ª edición, Editorial Tecnos, España, 2007, páginas 147 y 234, respectivamente.

[3] Aunque, por cierto, cada vez menos, para desgracia de la raza y de la cultura humana. Denegri parificó axiomáticamente esta insólita circunstancia involucionante del ser humano sosteniéndose en las demostraciones efectuadas por el premio Nobel de Medicina de 1960, Sir Peter Brian Medawar, quien concluyó que “desde la década de 1940… la inteligencia está disminuyendo en el mundo y consiguientemente está aumentando la estupidez” (sic. Denegri, Marco Aurelio, Esmórgasbord, Fondo Editorial de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega, Serie Obras escogidas / Humanidades, Lima, 2011, página 136), “sobre todo, la estupidez activa y no tanto la estupidez pasiva ni la estupidez crónica” (sic. Denegri, Marco Aurelio, en: El Comercio, edición del 8 de enero de 2015). He allí, precisamente, lo peligroso del problema: el incremento de la estupidez activa. Peligroso y problemático este fenómeno porque la estupidez activa es, por la brutalidad inherente a su naturaleza, inmovilizante. Dice también al respecto Denegri, en clave de sorna desgarrada, que “la brutalidad pesa toneladas; y la brutalidad paraliza y detiene absolutamente” (sic. Denegri, Marco Aurelio, Esmórgasbord, página 117); y ahondando en profundidad su análisis de la brutalidad y del bruto, dice el desaparecido polígrafo en su artículo “El mayor mal de los males”: “En un escrito de Antonio Sánchez Pérez, incluido en el Parnaso Español, en edición de Bastinos, hallé un excelente refrán de la sabiduría popular que dice así: «El mayor mal de los males es tratar con animales.» Mi tía Carolina, que en paz descanse, solía repetir un refrán que se emparienta (no que «se emparenta», como creen los ignorantes), que se emparienta, repito, con el anterior y que a la letra dice: «Si quieres morir sin saber de qué, amárrate un bruto al pie.» (Esto mismo consta en la Ña Catita, de Segura, sólo que don Manuel Ascencio no dice bruto, sino tonto.) Miguel Agustín Príncipe, insigne fabulista zaragozano (1811-1863), refiere en su fábula «El hombre y el burro», que un buen día convinieron un hombre y un burro en enseñarse el respectivo idioma, y el burro, ¡suerte impía!, en dos años de estudio y de porfía, no aprendió ni un solo vocablo, mientras que el hombre, en un sólo día, aprendió a rebuznar perfectamente. Moraleja: «No trates con el burro ni un minuto, / pues no conseguirás la alta corona / de hacerle tú persona y puede suceder que él te haga bruto.» Es casi perogrullesco afirmar que los brutos, necios e insensatos pululan, y su pululación abruma y marea juntamente. En cambio, los juiciosos, inteligentes y sabios escasean mucho, hasta el punto de que ya comenzamos a figurárnoslos miembros de una sociedad secreta o individuos de una especie en extinción…” (sic. Denegri, Marco Aurelio, Esmórgasbord, páginas 59-60). Cuánta verdad, entonces, la expresada por Medawar, sin duda alguna: la inteligencia está disminuyendo en el mundo y está aumentando la estupidez. Con esta clase de gente, ¿cómo combatir la disminución de la inteligencia, la brutalidad, en un sistema que, además, enseña a ser bruto?

[4] Sic. Denegri, Marco Aurelio, en: El Comercio, edición del 19 de enero de 2015. Esta determinación, sin embargo, no opera para el lenguaje chabacano, porque, como precisaba el mismo Denegri, “en el lenguaje coloquial, en las conversaciones, en las charlas de café, las permisiones lingüísticas son mayores. Los lingüistas alemanes llaman a esto Ungebunde Rede, el habla sin trabas” (sic. ídem).

[5] Según los aniquiladores de la cultura, el lenguaje debe hablarse como lo plantea, no la tendencia ni el desarrollo de la lengua misma que usa una sociedad dada, sino una ideología en particular: la ideología de género, una ideología que impone a patadas al nuevo establishment mundial el deber de hablar y escribir como esta ideología dice que tenemos que hacerlo. Por eso es que, por semejante brutalidad, y con justa razón, como muchos otros especialistas en el tema, Mario Vargas Llosa también ha calificado, correctamente, ese engendro bastardo llamado lenguaje inclusivo, de aberración (vid. https://www.youtube.com/watch?v=kgoW0jtXZdU, revisada el 28 de marzo de 2019). Se trata de una aberración porque, en las propias palabras del nobel de literatura, “la lengua necesita de la libertad, ejercita la libertad, la lengua se va renovando, se va adaptando, y no se la puede forzar sin provocar traumas lingüísticos y a eso me refiero y sobre eso la Academia de la Lengua Española ha sido consultada por el gobierno y se ha pronunciado de una manera, yo creo, muy sensata, sabia y efectiva. La Academia de la Lengua dice ‘las Academias no crean el lenguaje, las Academias recogen un lenguaje que lo crean los hablantes y los escribientes’…[por tanto] no podemos forzar el lenguaje desnaturalizándolo completamente por razones ideológicas; eso no funciona así, porque los lenguajes no funcionan de esa manera y entonces el llamado ‘lenguaje inclusivo’ es una especie de aberración dentro del lenguaje que no va a solucionar el problema de la discriminación de la mujer al que sí hay que combatir, pero de una manera que sea realmente efectiva” (sic. ídem; la aclaración es mía). Mejor dicho, imposible.

[6] Sic. https://definicion.de/lenguaje-inclusivo/, revisada el 28 de marzo de 2019.

[7] Ahora, los misólogos que propician ese deformado y mal llamado lenguaje inclusivo ya ni siquiera se preocupan de forzar el uso diferenciador de los pronombres indefinidos todos y todas. En estos momentos, a esos cultores de la estupidez se les ha ocurrido fusionar ambos términos, de lo que les ha resultado el pseudoglifo “todxs”, esperpento que, resultando manifiestamente impronunciable, pretenden vocearlo con el sonido “todex”, aunque evidentemente no le corresponda. Empero, a pesar de ello, quienes así escriben y hablan aseguran que con esa amorfa mezcla de grafemas obtienen un término neutro que permitiría incluir en su semántica a varones, mujeres, transexuales, transgéneros, travestis, etc. ¡Qué dialécticos habían resultado esos sujetos! No, en absoluto; en verdad, en semejante idiotez no existe ninguna dialéctica y, constituyendo más bien una auténtica huachafada más, no merece siquiera darle mayor atención.

[8] No sin extrañeza, quiero hacer notar que, en relación a dicho adjetivo, el redactor del saludo terminó apuntado en su texto lo siguiente: “nos ayudarán a construir el país que todos queremos”, expresión con la que desechó, en la lógica de su lenguaje –si acaso alguna lógica tuviera y si, siendo así, cupiese la calificación epistemológica de lógica a la pautación aberrante que ilumina ese lenguaje–, la inadmisible construcción gramatical “nos ayudarán a construir el país que todas/todos queremos”. Es decir, en el texto del saludo encontramos que, además de aberrante, es al mismo tiempo inconsecuente.

[9] Sobre el particular, el Diccionario Panhispánico de Dudas dice bien al precisar que “por razones de corrección política, que no de corrección lingüística, se está extendiendo la costumbre de hacer explícita… la alusión a ambos sexos: «Decidió luchar ella, y ayudar a sus compañeros y compañeras»…  en el ejemplo citado pudo –y debió– decirse, simplemente, «ayudar a sus compañeros»” (sic. Real Academia Española, Diccionario Panhispánico de Dudas, 5.º texto consensuado por la Comisión Interacadémica, 5 - 10 de julio de 2004, Santiago de Chile, página 184).

[10]  Cfr. ídem.

[11] Esto es así no porque la exigencia del escribir y hablar correctamente implique una vanidosa expresión de exquisitez y refinamiento escritural; no, más bien, como ha quedado establecido de manera objetiva por la ciencia contemporánea especializada en estos menesteres, se trata de lo siguiente: si bien el lenguaje resulta ser el instrumento materializador del pensamiento, sobre éste, a su vez, reacciona el lenguaje para generar en el ser humano una adecuada comprensión dialéctica del mundo. En mi noveno quodlibetum titulado “Breves consideraciones sobre la relación existente entre el lenguaje y el Derecho”, sobre la base de consideraciones dialécticas científicas, sostuve, y no sin razón, que “el lenguaje materializa el pensamiento, sin lugar a dudas; pero el pensamiento, a su vez, ha sido formado, definido, consolidado y estructurado, asimismo, de manera significativa por las innumerables formas de relación social actuantes entre los hombres, como también gracias a la relación de éstos con el mundo que los contiene y rodea, en el activo proceso de transformación de la naturaleza operado a través del trabajo, donde la [re]acción del lenguaje define aquel cosmos y desempeña un manifiesto papel en la formación de la cultura” (sic. Pacheco Mandujano, Luis Alberto, “Quodlibetum IX: Breves consideraciones sobre la relación existente entre el lenguaje y el Derecho”, página 102, en: López de Lerma Galán, Jesús y Wendy Mercedes Jarquín Orozco (coordinadores), La justicia constitucional en Iberoamérica: Una perspectiva comparada, Ubijus Editorial, S. A. de C. V., México, 2016, páginas 97-113). En el mismo lugar, desarrollando el sentido relacional de dependencia presente en el lenguaje hacia el pensamiento, ya había ampliado el asunto señalando que “no se trata de una dependencia causal mecánica, por supuesto, sino dialéctica, donde el lenguaje [instrumento mediador por excelencia que le permite al ser humano darse cuenta de que es un ser social porque puede comunicarse con los demás] es condición necesaria del pensamiento [construcción social que se hace posible, en el plano de lo abstracto, a través de la interacción con el medio que nos rodea], pero no suficiente, pues éste, a su vez, sin llegar a tener una cualidad de bicondicionalidad, reacciona influyente y hasta determinante en otras tantas ocasiones sobre el lenguaje, lo que permite al ser humano completar el conocimiento que posee del mundo que lo rodea, construyendo esquemas mentales en espacio y tiempo determinados por factores sociales históricamente determinados” (sic. Pacheco Mandujano, Luis Alberto, ibídem, §14, página 101).

[12] En el caso del idioma castellano, dice por eso –y con suma precisión lingüística– el Diccionario Panhispánico de Dudas, que “en la lengua está prevista la posibilidad de referirse a colectivos mixtos a través del género gramatical masculino, posibilidad en la que no debe verse intención discriminatoria alguna, sino la aplicación de la ley lingüística de la economía expresiva” (sic. Real Academia Española, Diccionario Panhispánico de Dudas, ídem).

[13] En el mismo sentido, el f. j. 33 del Acuerdo Plenario Nº 001-2016/CJ-116 señala con certeza que “… En el tipo penal vigente, el sujeto activo es también identificable con la locución pronominal ‘El que’. De manera que una interpretación literal y aislada de este elemento del tipo objetivo, podría conducir a la conclusión errada que no interesaría si el agente que causa la muerte de la mujer sea hombre o mujer. Pero la estructura misma del tipo, conduce a una lectura restringida. Sólo puede ser sujeto activo de este delito un hombre, en sentido biológico, pues la muerte causada a la mujer es por su condición de tal. Quien mata lo hace, en el contexto de lo que es la llamada violencia de género; esto es, mediante cualquier acción contra la mujer, basada en su género, que cause la muerte. Así las cosas, sólo un hombre podría actuar contra la mujer, produciéndole la muerte, por su género o su condición de tal. Esta motivación excluye entonces que una mujer sea sujeto activo”.

[14] Que fueron las más preclaras representantes del feminismo peruano más reactivo y radical que conocemos.

[15] Un conocido comunista activo peruano, Vladimir Cerrón, presidente del Gobierno Regional de Junín, ha mostrado recientemente su abierto rechazo y desprecio contra el denominado “enfoque de género”, eufemismo con el que las activistas radicales del post-feminismo llaman a lo que en verdad constituye una auténtica ideología de género (cfr. Correo, edición Huancayo, 18 de febrero de 2019). La decisión del señor Cerrón da cuenta de dos cosas concretas: en principio, su consciencia ética marxista –seguramente enraizada en las tradiciones y valores más profundos del pueblo que no necesariamente son la expresión de posiciones reaccionarias y tampoco se oponen con ninguna revolución social– le impide aceptar un programa tan antihumanista, retorcido y deformado como el que propone el minúsculo –pero escandaloso– grupúsculo de sus camaradas más radicales; y, en segundo lugar, no todos los comunistas aceptan mansamente y como corderos las apuestas de un sector tan pequeño de la izquierda radical que, con singular capacidad para escandalizar con la bulla que hacen, enarbola postulados que avergonzarían a los mismos Marx, Engels y Lenin. Es que, como diría don Camilo José Cela, ciertamente “es siempre mayor el número de los escandalizables que el de los escandalizadores”.

[16] En el sentido de la segunda acepción que el DRAE 2014 le reconoce a esta palabra.

[17] Lo acabamos de verificar con el vergonzoso caso de Susana Villarán.

[18] Cuánta razón tenía M. A. Denegri cuando denunciaba, indignado como nosotros, que “en épocas de depresión como la nuestra, en que todo está hundido y deshecho y en que reina soberano lo que se ha llamado «el resentimiento atávico de la bestia contra la cultura», razón por la cual la oligofrenia es meritoria, la animalidad cotizadísima y el embrutecimiento galopante… la verdad [es] muda y la mentira trilingüe, según frase gracianesca; [es decir, vivimos una] época de absoluta bajura existencial…” (sic. Denegri, M. A., opus cit., página 93; el agregado aclaratorio es mío).

jueves, 21 de mayo de 2020

Despedida de la entrevista-homenaje al Dr. Carlos Fernández Sessarego




Elogiosas palabras de despedida expresadas por el Dr. Carlos Fernández Sessarego al finalizar la entrevista-homenaje conducida por el Prof. Luis Alberto Pacheco Mandujano en agosto de 2017, manifestaciones absolutamente honrosas para su interlocutor.

La entrevista fue difundida en el programa "Referente Jurídico", el miércoles 30 de agosto de 2017, a través del Canal 516 de Movistar cable, Canal JNE-TV, en Lima, Perú (vid.: www.youtube.com/watch?v=z95opxBUuUY&t=164s).

Descanse en paz, querido y gran maestro.