domingo, 27 de octubre de 2013

Prof. Luis A. Pacheco Mandujano comenta libro del Gral. EP (r) Edwin Donayre Gotzch

En el mes de agosto de 2009 se llevó a cabo la presentación del libro del Gral. EP (r) Edwin Donayre Gotzch, titulado "El silencio de los inocentes", en el Auditorium "Nuestra Señora del Valle", en la ciudad de Huancayo.
 
El acto académico fue patrocinado por la Universidad Alas Peruanas, representada por su Vicerrector, el Dr. Johan Ramírez Chávarry, quien nos invitó a comentar la obra del reconocido y célebre General Donayre, en nuestra condición de profesor de Filosofía del Derecho y Sociología Jurídica de la Universidad Peruana "Los Andes".
 
La conferencia, desarrollada sobre la base de un marcado enfoque socio-antropológico, puso de relieve el carácter histórico y político del libro comentado, que mostraba los graves efectos personales que vinieron a padecer los ciudadanos más pobres de la patria (entre soldados y civiles), tras la guerra interna que sufrió el Perú entre 1980 y 1995.
 
 
 

jueves, 18 de julio de 2013

Teoría dialéctica del Derecho

El pasado 28 de junio de 2013, fue presentado en Lima el libro “Teoría dialéctica del Derecho” del doctor Luis Alberto Pacheco Mandujano, reconocido y destacado jurista y filósofo peruano, profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega y miembro de diversas organizaciones académicas a nivel nacional e internacional. El libro, cuyo contenido pretende explicar el proceso de nacimiento, desarrollo y evolución del fenómeno jurídico en el mundo, plasma por escrito lo que desde hace poco más de media década atrás ya se había constituido en lo que vendría a ser la mayor obra –hasta el momento– del profesor Pacheco.

El libro ha sido prologado por el doctor Miguel Polaino-Orts, connotado académico y jurista de la Universidad de Sevilla, España, quien a la sazón es uno de los más sobresalidos discípulos del renombrado maestro alemán, profesor del Seminario de Derecho Penal y Filosofía del Derecho de la Universidad de Bonn, Günther Jakobs, autor de la teoría del Derecho Penal del Enemigo, tan en auge actualmente en los Estados Unidos, Europa continental y en Sudamérica desde inicios del presente siglo. En su presentación, Polaino-Orts se ha referido del profesor Pacheco Mandujano diciendo que “la vehemencia argumentativa y el rigor lógico del autor dan cuenta en esencia de la realidad de su talento”.


Con esta importante publicación, se ha quebrado en el Perú una línea de continuidad de inactividad intelectual en este rubro del conocimiento humano, de poco más de sesenta años. La última vez que se presentó en el país una teoría del Derecho fue en 1950, año en el cual el profesor sanmarquino Carlos Fernández Sessarego sustentó y defendió su tesis de bachiller titulada “Bosquejo para una determinación ontológica del Derecho”, publicada más tarde bajo el título de “El Derecho como libertad”, con el cual disputó con el paulista Miguel Reale la autoría de la teoría tridimensional del Derecho.

Durante la primera mitad del siglo XX se produjo en América Latina una importante producción científica en el campo de la teoría del Derecho de alcance mundial, encontrándose al referido brasileño Miguel Reale con la formulación de su célebre “Teoría Tridimensional del Derecho”, Carlos Cossio en Argentina y su “Teoría Egológica del Derecho” y Luis Recaséns Siches, español exiliado en México, quien desarrolló la “Teoría Integrativa del Derecho”. Ahora, el profesor peruano Luis Alberto Pacheco Mandujano, que ya había dado qué hablar en 2007 con la formulación de su tesis gnoseológica de la “ceguera del animal humano” (compartida en 2010 por el físico teórico inglés Stephen W. Hawking), ha vuelto a colocar al Perú en el pináculo de la producción teórica en el mundo del Derecho.

domingo, 19 de mayo de 2013

Otorgan reconocimiento académico a jurista peruano


LIMA.- En ceremonia privada llevada a cabo el pasado 29 de marzo, el reconocido jurista Luis Alberto Pacheco Mandujano recibió la Resolución N° 013-2013-SPD que lo eleva a la condición de Consejero de la Sociedad Peruana de Derecho (SPD), en mérito a su importante y valioso trabajo intelectual desarrollado en favor de la ciencia del Derecho.
 
El acto solemne, al cual asistieron miembros de la referida organización de juristas, entre ellos destacados académicos del foro limeño, estuvo presidido por el doctor José Enrique Jerí Oré, Director de Proyectos de la Sociedad Peruana de Derecho, quien hizo entrega de la resolución a Pacheco Mandujano, la cual lleva la firma de su presidente Pinkas Flint Black.
 
El homenajeado, quien ya ostentaba la condición de Miembro Honorario de la SPD desde 2010, es un destacado profesor de las cátedras de Filosofía del Derecho, Lógica Jurídica y Derecho Penal en importantes universidades peruanas desde hace catorce años, por lo que este nuevo reconocimiento le ha sido otorgado en mérito a su “exitosa trayectoria académica y profesional y a su importante aporte al desarrollo del Derecho”.
 
Como acto de fondo, Luis Alberto Pacheco Mandujano, conocido en el medio jurídico como autor de la teoría dialéctica del Derecho, pronunció la “lectio gratiae” (discurso académico de gratitud) titulada “Sobre un punto de vista heurístico concerniente al entendimiento convenido (aunque no conveniente) del sistema teórico de los Derechos Humanos”, que recibió la ovación general de los asistentes y fue calificada por los especialistas como una sobresaliente contribución del nuevo Consejero de la SPD al Derecho Constitucional desde la perspectiva de la epistemología jurídica aplicada, la que al mismo tiempo refleja la madurez intelectual del joven jurista.
 
Pacheco Mandujano cerró su discurso recordando las famosas palabras de Ammonio de Hermia, “amicus Plato, sed magis amica veritas”, dejando entender que se considera un acérrimo defensor de los derechos humanos, aunque más lo es de la verdad, arrancando fuertes palmas de los asistentes a la ceremonia.

martes, 8 de enero de 2013

Cuestión de causa y efecto

(Vid.: http://www.voltairenet.org/article177103.html?var_mode=calcul)


Cada vez que leo o escucho noticias de repudio y reclamo contra ciertos representantes de la clase política nacional, sean éstos alcaldes, alcaldesas, congresistas o eventualmente hasta contra el propio Presidente de la República, me pregunto si la “opinión pública” no habrá advertido ya que al reclamarles lo que fuere (como sucede ahora con el caso de la revocatoria de Susana Villarán o el incremento de sueldos congresales), se reclama, en verdad, a sí misma en una relación de causa y efecto.

Y es que si pensamos un poco más al respecto, nos daremos cuenta sin demasiado esfuerzo que los reclamados, aunque fuesen ciudadanos de dudosa condición política, social y/o económica, no llegaron a ser alcaldes o congresistas por arte de magia o voluntad propia, sino que fueron llevados a municipios y Congreso Nacional, respectivamente, por causa y obra de los electores; es decir, por quienes hasta hoy no saben elegir, sino sólo sufragar.

Sin ánimo de formular sofismas para liberar a los representantes de nuestra cuestionada clase política de sus graves y profundas responsabilidades morales y funcionales, pienso, con la razón y no con el hígado, ni danzando al ritmo cadente de  la mona y su baile, que tal raza de gente –la de los reclamados, por supuesto– no constituye sino el efecto de una causa previa: los mismos electores.

Es probable que quienes lean esta lacónica reflexión, a estas alturas de su lectura podrían afirmar que dada la virtual desaparición de los partidos políticos, la oferta electoral de candidatos en período eleccionario es bastante pobre, por lo que no se ofrece gran cosa para elegir y, por tanto, mejor conformarse con lo que se tiene, porque “preferible es votar por malo conocido, que por malo por conocer”, o, mejor aún, “elijamos a éstos antes que salgan electos aquéllos”.

Pero pienso que, aún fueren estos los casos, si existiera entre los peruanos consciencia social verdadera, su electorado, haciendo gala de ciudadanía, pulverizaría tan grande farsa desde el inicio y se negaría a legitimar con su voto lo que ellos mismos llevan, al final de cuentas, al horno de cocción social. Pero, ¡oh el pueblo!, su cargada labor es la de ser pueblo y lamentablemente asiste, la mayoría de veces, ovejunamente al proceso electoral, tan solo para no pagar la multa de omisión al sufragio.

Cada vez me convenzo más que para combatir a los descarados y pícaros que hicieron de la política –otrora considerada el medio por excelencia para el servicio social– instrumento material de empresa para acrecentar riquezas particulares, o gestar otras nuevas en un santiamén, deberíamos combatir previa y urgentemente la ignorancia del electorado nacional, tan burdo, procaz, ordinario.

Pero combatirlo no con la diatriba que constituye lugar común, verdad de perogrullo que se vocifera con estridente ruido de latón, sino proponiendo sistemas de solución. Hacer únicamente lo primero, se ve que no contribuye sino sólo a asistir a una piñatería en la que el palo de golpes se hace cada vez más cansado, débil y frágil, mientras las tundas no duelen más y lo anormal muta para normalizarse.

No es que no comparta la indignación popular por los escándalos e inmoralidades acometidas por nuestros grandiosos “padres de la patria” (que se elevan sueldos a nivel estratosféricos para que después del escándalo generalizado se los reduzcan, no por fuerza de alguna loable forma de convicción ética, sino de la aplastante presión social). Todo lo contrario, la comparto y hago mía. Pero comprenderán que, para crecer como personas y como país, menester es trasuntar meros epifenómenos. En lo que a mí respecta, no deseo, pues, hacer maestría en técnicas de cargamontón.

Los aludidos por el reclamo, maestros de la sinvergüencería, han hecho oídos sordos del clamor popular y rechazo a sus acciones. Era de esperar. ¿Lo seguirán haciendo también sus causantes, los electores? Pregunto porque siendo el tema cuestión de causa y efecto, sencillo es entender que si no quiere usted más robacables, comepollos, lavapiés, comeoros, mataperros y demás mutantes tipo “X-men” en el Congreso y municipios a nivel nacional, la próxima vez no vote por votar; aprenda a elegir. Y cuando reclame e insulte a congresistas y/o alcaldes de cualquier nivel, medite antes quién hizo posible que esta gente llegase a ocupar tales cargos, porque como solía decir mi madre cuando me ganaba algún tipo de agravio por negligente gestión propia, “sarna con gusto, no pica”.

lunes, 17 de diciembre de 2012

(Des) Elogio a un juez ateo

Confesiones de un abogado reconverso




El juez ateo, firme, impertérrito, altisonante, con irónica y paradójica glosa y sorna, ha dicho hace poco: “¡Gracias a Dios, soy ateo!”. Y con tono enérgico y sin gesto alguno –no había necesidad de ello–, agregó:

–El Dios de la Biblia está a la altura de un tirano caprichoso. El Dios de la Biblia castiga a los bebés por los pecados de sus padres (Éxodo 20:5, 34:7; Números 14:18; 2 Samuel 12:13-19); castiga a la gente haciendo que se vuelvan caníbales y se coman a sus propios hijos (2 Reyes 6:24-33, Lamentaciones 4:10-11); le da a la gente malas leyes, incluso requiriendo el sacrificio de sus propios primogénitos, para que puedan llenarse de horror y saber que Dios es su Señor (Ezequiel 20:25-26); hace a la gente mentir para poder enviarlos al infierno (2 Tesalonicenses 2:11); y muchas otras atrocidades, demasiadas para dar una lista aquí. No sería difícil llegar (y eventualmente exceder) a tal nivel de “pureza” moral. Los ateos lo sobrepasamos todos los días.

–No creo en Dios –completó– y no me hace ninguna falta. Por lo menos estoy a salvo de ser intolerante. Los ateos somos las personas más tolerantes del mundo. Un creyente fácilmente pasa a la intolerancia. En ningún momento de la historia, en ningún lugar del planeta, las religiones han servido para que los seres humanos se acerquen unos a los otros. Por el contrario, sólo han servido para separar, para quemar, para torturar. Pienso, pues, como Lennon: “Imagine there’s no religion too”. No creo en Dios, no lo necesito y además soy buena persona.

Lo dijo así todo. ¿Había algo más que agregar? Definitivamente nada.

Cuando algunos pocos años atrás me aferraba a un hiperbóreo ateísmo, mi razón y mi credo, para convencerse, se sujetaban fuertemente de una verdad naturalística de carácter axiomático: la incuestionable Ley de la conservación de la materia de Lavoisier. Aplicado al mundo real, el silogismo derivado de él, sin mayor esfuerzo, se reduce a una elemental conclusión lógica: si el universo es materia, y la materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma, entonces el universo no ha sido creado, sólo se está transformando. Por tanto, siendo así, el universo no ha necesitado de ningún Dios para llegar a ser. Todo no es más que infinita e inagotable materia en movimiento.

Cuando algunos pocos años atrás me aferraba a tan inconmovible base científica del ateísmo moderno, de haber oído en ese momento tan robustas reflexiones del juez, lo habría reforzado yo mismo –secundándolo– con mi antiguo pensamiento. Mas, ¡oh juez de ciencia moderna!, lamento ya no poder hacerlo. Existe una bisagra en mi vida que une dos tiempos diferentes y contrapuestos. Es una que, ¡bendita sea!, me vino a llegar a los treinta y tres. ¡Y de qué modo vino! Si bien mi alma transita hoy en relativa paz, reconciliada consigo misma y su Divino Hacedor, tengo, no obstante, cual hombre de Tagaste, miles de interrogantes que satisfacer, con, probablemente, un millón de sinrespuestas por advenir. Cuestiones sobre Dios, el universo, los hombres, la vida, la sociedad y sus componentes. Más preguntas y súbitas interrogantes que multiplican sinrespuestas que generan, en dialéctico proceso ascendente, millones de sinrespuestas añadidas. ¿Existe acaso solución para este problema?

Sin embargo, a pesar de todo, creo haber logrado la posibilidad de extraer conclusiones contrarias más sólidas y firmes que las que ha afirmado el sabio magistrado. Al fin y al cabo, recuerdo que aún soy abogado. He sido entrenado para el trabajo dialéctico. Pero, ¡un momento! ¿Quién me llama? ¿En verdad soy abogado? ¿De qué y de quién lo soy?... Te veo.

Cuando el abogado, hablando ante el juez, tiene la impresión de que la opinión de éste sea contraria a la suya, no puede afrontarlo directamente como podría hacer con un contradictor situado en el mismo plano. El abogado se encuentra en la difícil situación de quien, para refutar a su interlocutor, debe primeramente ablandarle; de quien para hacerle comprender que no tiene razón debe comenzar por declarar que está perfectamente de acuerdo con él. De este inconveniente deriva, en la clásica oratoria forense, el frecuente recurso a la preterición, figura retórica de la hipocresía; la cual aflora por fin en ciertas frases de estilo, como en aquella tan torpe y de que tanto se ha abusado, con la que el letrado, cuando quiere recordar al juez alguna doctrina, dice muy suavemente quererla “recordar a sí mismo”.

Empero, dado que esa es justamente una práctica que no hago mía, temo que he dejado de ser un letrado. No soy (no quiero serlo) hipócrita. ¿Igitur sum? ¿Quo vadis Domine?

Típico es –se repite siempre como ejemplo de incidente denigrante– el exordio de aquel defensor que debiendo sostener una determinada tesis jurídica ante una Sala que había ya resuelto dos veces la misma cuestión contradiciéndose, comienza su discurso así:

–La cuestión que yo trato no admite más que dos soluciones. Esta Ilustre Sala lo ha resuelto ya dos veces, la primera en un sentido, la segunda en sentido contrario...

Pausa; después, con una inclinación:

–... ¡y siempre admirablemente!

Entonces, ¡qué extraño! Veo y veo, y advierto que ni ese juez ni este abogado, a pesar del medio en el que moran, se comportan ya como tales.

La mirífica fortaleza reflexiva del magistrado: “Gracias a Dios, soy ateo”, me convence, a la vez antitética y sintéticamente, de lo contrario, precisamente porque, como proposición, contiene en sí misma la negación de una afirmación que es falseada con elegante ironía.

Releía esta tarde a Popper. Releía, afanoso, sus Conjeturas y refutaciones, riquísima obra en la que, de repente, encontré una afirmación que antes había pasado por alto (y no sé por qué). Trátase de una que, cual luz al final del túnel platónico, me encegueció por lo portentoso de su reveladora iluminación que llegó hasta mí, luz yuxtapuesta a la oscurísima negritud del estadío alúmine característico del enjambre humano: “para cada conjetura existe, ha existido y siempre existirá una refutación, lo que significa que si algo tiene la posibilidad de ser falso puede ser cierto. No obstante, cuando algo no puede ser falso es tan utópico que nunca podría ser verdadero, ya que para que exista la posibilidad de que sea real, necesita su contraparte de ser falso o, lo que es lo mismo, para que exista algo real debe existir su lado irreal”.

Si Tedoro viviese aún, celebraría con Sofía y conmigo la reafirmación de su insólito esfuerzo. ¿Ya lo ves? ¡Sí, es cierto! ¡Deus est! Y por eso, tal vez al oírnos desde las Alturas, lo esté haciendo. Después de todo, 2007 no está tan lejos de hoy. ¡Vade retro insipiens!

Así que, ¿qui tunc ego sum? ¿Qui estis vos Iudica? ¿Quo vadis Domine? ¿Quo vadis fratris? Miren que gracias al ateísmo, he sido tocado y soy creyente reconverso. ¡Qué extraño!

¿Tan igual que el hijo ilegítimo de Madame de Tencin y del caballero Destouches, dices tú?

Uhmmm... A esta hora de la madrugada, se me antoja pensar que el “señor S” tenía, después de todo, mucho de razón en sus coléricas –aunque enfermizas y hormonales– afirmaciones: quizás, tal vez, sí estoy loco. ¿Et vos, Iudica?

Pax vobiscum tuum.

sábado, 3 de noviembre de 2012

29 de octubre




Luis A. Pacheco Mandujano[1]


El 29 de octubre de cada año ha sido para mí motivo de dos celebraciones dignísimas de recordar: primero, porque es el día inolvidable del cumpleaños de mi queridísimo abuelito, don Lucio Pacheco Pozo, cumpleaños que, en otros tiempos, solíamos celebrarlo unas veces más alegres y jaraneras que otras, como ahora, algo más austeras, pero siempre con el cariño familiar que nos ha unido. Y, segundo, porque es el día del paso cercano a mi casa de la procesión del Señor de los Milagros. 

Mis recuerdos de este día en los años de mi niñez (el tránsito entre los inolvidables setenta y ochenta del siglo pasado), traen a la memoria el majestuoso ingreso, para recibir un merecido homenaje, del Cristo de Pachacamilla a la entonces existente fábrica textil “Los Andes”, a una cuadra de la casa en la que crecí, lugar donde trabajaba mi abuelito (nunca pude decirle “abuelo” a secas) como obrero de telar.

Más o menos entre las 2 y 3 de la tarde de este día en esos años, la procesión entera, rebosante de gentes de todas las edades y clases, integrada por numerosas cuadrillas de saumadoras y hermanos cargadores, todos ellos vestidos con sus imponentes (así me parecían entonces) hábitos morados y cordones blancos, abundantes humos de saumerios, flores por doquier, gente que pugnaba por llegar al anda, turroneros, coloridas alfombras, la banda que entonaba marchas egregias, sol abrasante, clima seco y todos los demás elementos que componen el cuadro general de esta manifestación de religiosidad y fe, iba girando desde la avendida Uruguay hacia la derecha, por la avenida Ferrocarril, en la urbanización San Carlos, de la ciudad de Huancayo donde crecí, para disponerse a ingresar en esa fábrica que, por aquel entonces, con sus grandes máquinas de telares, enormes y calientes calderos de lavanderías, pulcras y bien ordenadas oficinas administrativas y su siempre bien abarrotada mercantil, me resultaba gigantesca, magna y hasta cierto punto misteriosa. 

Recuerdo con nitidez que, en este día y a esa hora, bajo el característico cielo azul intenso de mi tierra, era jalado de la mano de mi abuelita, para seguirla en su paso forzado hasta llegar lo más cerca posible a la sagrada imagen, donde orábamos brevemente y esperábamos recibir unas flores de cambio, mientras yo procuraba recoger en algunas bolsas de plástico el aserrín teñido de las alfombras ya pisoteadas para luego replicar en casa mis propias versiones de una mini procesión privada. Y a pesar de la barahúnda y entre la muchedumbre, de alguna forma destacaba para mí la figura de mi abuelito, a quien yo veía tan grande, bien erguido, de porte imponente, con su chompa marrón de lana de alpaca al hombro, su periódico enrrollado bajo el antebrazo izquierdo, un cigarrillo encendido en la mano derecha y portando una sonrisa que, bajo su espeso y bien cuidado bigote de estilo “Luis Aguilar”, supo transmitir siempre alegría, a pesar de todo, y gran seguridad. Se me antoja considerar que, con esta experiencia de vida, ese concepto husserliano de la reducción fenomenológica resulta ser totalmente válido. 

Después del esperado homenaje, cuando la procesión se alejaba y quedábamos sólo nosotros y uno que otro vecino del barrio esparcidos por el lugar, regresábamos a casa: era hora de almorzar con mi abuelito, si su turno en el trabajo lo permitía, para celebrar su cumpleaños. Por la noche nos acompañaban unos amigos y la familia: Olinda y Armando, amigos de toda la vida, mis tíos Jesús, Eugenio y Julia (que ya no está con nosotros), los hijos de ésta, mis también tíos Juan y Chabuca y los obreros compañeros de trabajo: don Román y don “Beni”. Eran infaltables. Eran mi familia.
 
Veo sentado en su sillón rojo a mi abuelito, con una botella de cerveza en la mano, sirviéndose en un vaso con ella. Cerveza espumante y dorada que sólo servía para amenizar, no para emborrachar. La fiesta nunca degeneraba, por eso mismo, en escándalos ni bochinches. Eran definitivamente otros tiempos. Y la celebración, por supuesto, era merecida.

Hoy, mi abuelito, proletario pugnaz en otros tiempos, yace en cama, adolorido y cansado. No puede caminar más. Sus ya casi noventa años bien trajinados, reflejados en cada una de las arrugas que luce con orgullo en el rostro, así como en sus ojos de mirada profunda y taciturna, cubiertos con sus característicos párpados achinados, ojos que han visto de todo, le están negando cada vez más su autonomía. Sus años dan cuenta de una existencia de lucha sin tregua, de una vida difícil pero muy digna. Estos años contienen el relato de una existencia de obrero que hizo todo lo mejor que pudo, y más aún, por hacer posible que su familia surgiera y emergiera. Sin duda lo logró.

Cuando yo era niño, escuchando la nostalgia de Gardel, pero sobre todo las voces alegres de Bienvenido Granda, Daniel Santos, Carlos Argentino y Celio González, creía que personajes como mis abuelitos adorados nunca envejecían. Estaba seguro que serían iguales para siempre, que eran eternos. Pero el paso del tiempo es ineluctable y deja huella imborrable. Mas con todo, estoy seguro que Lucio Pacheco, sin embargo, ha dejado también su huella en el tiempo. Éste no se ha ido impoluto, sin probar de esta suerte de singular sincretismo.

La vida actual nos dice que también hay días spam; seguramente es cierto. Pero particularmente el 29 de octubre es un día que tengo profundamente grabado en el corazón. Se trata de un día que me trae recuerdos que perviven, jamás morirán en mí y me hacen sentir vivo. Debo mucho a mis abuelitos, mi vida entera, y temo que ella misma no sea suficiente para darles gracias por todo lo que han significado, y siguen significando aún para mí. Les rindo homenaje y les expreso mi sentimiento de amor, mientras ruego a Dios los bendiga siempre.




[1] Profesor de Filosofía del Derecho y Lógica Jurídica en la Universidad Inca Garcilaso de la Vega y de Lógica en la Universidad Tecnológica del Perú (UTP). Estudios de posgrado realizados: i) Maestría en Derecho con Mención en Derecho Penal (EUPG-UNCP, 2004-2005); ii) Maestría en Derecho Penal y Derecho Procesal Penal (ESN-UC, 2009-2010). Ganador de la beca nacional para cursar estudios en la Maestría en Filosofía e Investigación (EPG-UAP, 2007-2008). Website: www.luispachecomandujano.blogspot.com

Incorporación de intelectual huancaíno a importante Instituto de Derecho



Lima.- El pasado viernes 26 de octubre, en ceremonia solemne llevada a cabo en la “Sala Baquíjano y Carrillo” del Ilustre Colegio de Abogados de Lima, el Dr. Luis Alberto Pacheco Mandujano, reconocido profesor universitario e intelectual huancaíno, fue incorporado al Instituto Iberoamericano de Derecho Procesal Penal en la condición de “Miembro Honorario”.
Al acto académico asistió un numeroso público compuesto por letrados limeños y estudiantes universitarios de la carrera de Derecho de diversas universidades capitalinas, así como juristas de amplia trayectoria, entre quienes se pudo apreciar la presencia de los doctores Iván Noguera Ramos y Frank Almanza Altamirano, connotados doctrinarios del Derecho Procesal Penal contemporáneo.
Pacheco Mandujano, conocido en el medio por ser el creador de la “Teoría dialéctica del Derecho”, difundida en estos últimos años en Sudamérica y recientemente presentada en importantes universidades de España, ha sido incorporado, en el contexto de la reforma procesal penal que se despliega en este momento en el país, a una de las más distinguidas y prestigiosas ligas de especialistas en Derecho Procesal Penal de América Latina, la que cuenta entre sus miembros a los más selectos juristas del Perú, entre quienes sobresalen César San Martín Castro (Presidente del Poder Judicial en ejercicio), Arsenio Oré Guardia y Luis Roy Freyre, así como los ya desaparecidos maestros Luis Bramont Arias y Florencio Mixán Mass.
La Resolución de incorporación detalla en su parte considerativa que esta inclusión obedece a los “destacados aportes científicos del profesor Luis Alberto Pacheco Mandujano a la enciclopedia de las ciencias penales, que engrandecen el Derecho peruano y a la universidad iberoamericana”.